Yes es atrevida y extraña, dos adjetivos que suelen ser sinónimos de interesante cuando se habla de cine. La película de Nadav Lapid es una sátira demoledora sobre el criminal gobierno israelí y sobre las ansias de venganza de parte de la población de aquel país tras el execrable atentado terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023.
La película, que fue premiada en el Atlàntida Mallorca Film Fest y que puede verse hasta hoy en Filmin, comienza fuerte, con una escena de baile desenfrenado, con aire nihilista y decadente en una fiesta de la élite israelí, y mantiene el tono en las dos horas y media de metraje. Hay escenas realmente delirantes, con mucha originalidad, planos surrealistas, imágenes un tanto psicodélicas, bruscos cambios de plano y mucha, mucha música, con una selección de lo más variada y llamativa, en la que hasta se cuela el Asereje de las Ketchup.
Yes es una película extraña, muy extraña. Por su atrevimiento formal, por su mezcla de géneros y tonos, por el punto de vista adoptado para narrar una guerra y porque hay muchos monentos del metraje que desconciertan al espectador. Es una película excesiva, con altibajos, que está lejos de la perfección, pero cuyos méritos y aciertos superan a sus errores. Es, ya digo, sobre todo, una sátira salvaje sobre el Israel actual, sobre la forma en la que demasiadas personas conviven con el horror cotidiano o, incluso, jalean lo que la mayoría de los observadores consideran un genocidio.
Impresiona que la película tenga una base real. Y no me refiero a los atentados de Hamas y a la respuesta del gobierno israelí, que están permanentemente de fondo en toda la historia, sino a un hecho concreto, una canción tradicional israelí que a alguien le pareció buena idea cambiar la letra para alentar los bombardeos en Gaza y la limpieza étnica. Con ese alucinante hecho real como inspiración, la película fabula el encargo de crear un nuevo himno nacional a Y (Ariel Bronz), un músico de vuelta de todo que desbarra siempre que puede con su mujer (Efrat Dor).
La pareja protagonista, su extraña química, su forma de estar en el mundo, el modo de relacionarse con el horror que los rodea y con la decadente, corrupta y violenta élite con la que entran en contacto, es uno de los puntos fuertes de la película. El retrato de los gobernantes israelíes no puede ser más demoledor, pero la película se centra, sobre todo, en los dilemas éticos, las contradicciones y el escapismo nihilista de este músico venido a menos. La gran fuerza de la película, más allá de la crítica demoledora a las autoridades israelíes, es que interpela al espectador, al ciudadano israelí medio que, como este músico, se tiene que posicionar ante las atrocidades cometidas por su gobierno y su ejército.
En un momento de la película se escucha al protagonista afirmar que sólo hay dos palabras, “sí” y “no”. El filme, entre escenas de baile imposibles y una estética delirante, habla en el fondo del dilema de cada ciudadano que asiste a una atrocidad diaria, de la cobardía de quien mira hacia otro lado o, peor aún, se aprovecha de ello, aunque sabe que está mal, que es indecente. Habla del clima social en el que es tolerable poner a unos niños a cantar una letra violenta y agresiva que celebra una limpieza étnica.
“No hay peor sitio que el hogar”, se escucha también en otro momento de la película, que reflexiona sobre lo que implica ser israelí hoy en día, sobre la percepción de este país en el extranjero, pero también sobre cómo gestionar esa identidad. Aunque la guerra lo ocupa todo, las diferencias de clase también juegan un papel relevante en la película, porque en gran medida la motivación de la pareja protagonista para decir que sí a según qué cosas cuestionables es, precisamente, salir de su situación de apreturas económicas. El hecho de que tuvieran un hijo que naciera justo el día después del ataque de Hamas también es algo que los mueve y que condiciona sus decisiones.
Hace unos años vi otra película de Nadav Lapid, Sinónimos, que tiene no pocos parecidos con Yes. Empecé aquella crítica con una sucesión de adjetivos (“rregular, atípica, extraña, ambigua, oscura, confusa, excesiva, reflexiva”) que bien podría aplicar a este último trabajo de Lapid, que lleva cinco años exiliado en Francia, al que no quieren ni ver en su país, pero que también se ha enfrentado a boicots en festivales por su nacionalidad, a pesar de ser extraordinariamente crítico con el gobierno de Netanyahu. En un contexto como el actual, que un director israelí firme una película como Yes, con sus aciertos y sus errores, sólo puede ser elogiado. Habla bien de su valentía. Ante las dudas y temores, Lapid dice sí al cine que agita y da qué pensar.

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