¿Por qué quieres ser feliz cuando puedes ser normal?

 

Nunca me ha gustado la palabra “normal”. Sé que se suele utilizar con la segunda acepción que le da la RAE (“habitual u ordinario”), y que en teoría no tiene ninguna mala intención detrás, pero demasiado a menudo el empleo de la palabra “normal” busca en realidad señalar aquello que se considera excéntricos o que se desprecia por ser minoritario. Es peligrosa la palabra “normal”. Decir de algo o de alguien que es “normal” es, en el fondo, señalar a la vez aquello que no te lo parece. Si determinada forma de comportarse o de vivir es “normal”, entonces es porque hay otras que no lo son. Y la “normal” es siempre; casualmente, la nuestra. Lo “normal” es creer en este dios y no en otro, vestir de una manera determinada o tener una orientación sexual normativa y no ninguna otra. 

Tras leer ¿Por qué quieres ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson, reafirmo mi aversión por la palabra “normal”. La frase que da título al libro es la que le dijo la madre adoptiva a la autora cuando ésta le contó que se había enamorado de una mujer. Es una frase demoledora, que encierra ese afán correctivo y aleccionador de la dichosa palabra “normal” y que refleja lo dura que fue la infancia y la adolescencia de la autora. No sólo por el rechazo a su orientación sexual, sino también por las ideas religiosas extremas de su madre adoptiva y por su forma de entender la existencia como una sucesión de sufrimientos y dramas. 

La autora escribe desde una honestidad brutal. Cuenta, por ejemplo, cómo le costó mucho aprender a amar y a ser amada, por la herida de sentir que sus padres no la querían. Se refugia en los libros, que salvan su vida, aunque suene a frase hecha. Como lectora, primera, y como escritora, después. No lo tuvo fácil, porque en su casa había sólo seis libros,  “uno era la Biblia y otros dos eran comentarios sobre la Biblia”, así que tuvo que buscar sus lecturas en la biblioteca. Su madre solía decir que “el problema con un libro es que nunca sabes qué contiene hasta que es demasiado tarde”, que es, claro, justo lo que más nos atrae a quienes amamos la literatura.  

No sólo son distintas en lo relativo a las lecturas, también en su forma de entender la vida y la felicidad. De su madre escribe: ella creía que feliz significaba malo/equivocado/pecaminoso. O simplemente estúpido. La infelicidad parecía ir unida a la virtud”. Ella afirma que ama la vida. “Buscar la felicidad, algo que hice y todavía hago, no es lo mismo que ser feliz, algo que considero fugaz, dependiente de las circunstancias y un poco soso”, escribe. 

La autora se fue de casa con  dieciséis años (“me he dado cuenta de que hacer lo más inteligente solo es una buena idea cuando se trata de decisiones pequeñas. Para las cosas que te cambian la vida, hay que arriesgarse”) se va a estudiar a Oxford. Allí entra en la librería Blackwell, que le causa una gran impresión.  “Nunca había visto una tienda con cinco plantas llenas de libros. Me entraron mareos, como si hubiera recibido demasiado oxígeno de repente”, afirma.  De la universidad guarda buenos recuerdos, pero con una mirada crítica. Escribe que “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia”, pero también reconoce que lo mejor de esa universidad es “la seriedad de sus objetivos y la creencia incuestionable de que la vida del intelecto constituía el centro de la vida civilizada”

La autora, que fue amiga de Sylvia Whitman, la mítica dueña de Shakespeare and Company en París, relata un intenso de suicidio y cuenta cómo salió adelante. También el duro proceso de intentar conocer a su madre biológica. Con un estilo directo, irónico y chispeante, la autora habla de su propia vida con honestidad y siempre sin olvidar que lo emocional y lo intelectual va de la mano. “Todavía existe la fantasía popular, reprobada desde siempre por el psicoanálisis y la ciencia, y en la que jamás creyeron poetas ni místicos, de que es posible tener un pensamiento sin un sentimiento. No lo es”, escribe en un pasaje de este libro que, si algo deja claro, es que es infinitamente más importante intentar ser feliz que intentar ser normal, signifique eso lo que signifique. 

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