Un eclipse compartido


El espectáculo era grandioso, imponente, indescriptible. Todos veíamos unos tonos de luz como no habíamos visto ni sospechado jamás, y nuestros cuerpos proyectaban sombras tan fantásticas que parecía que iban a ponerse a bailar una danza macabra”. Así describía el diario ABC el eclipse solar total del 28 de mayo de 1900 que se pudo contemplar en España. Más de un siglo después, una amplia franja de la España vacía, ha vuelto a ser agraciada con el capricho astronómico de poder contemplar este fenómeno en el que, por unos segundos, la luna cubre completamente el sol

Muchas de las miles de personas que vivimos ayer el eclipse podríamos suscribir palabras del ABC de 1900. El de ayer fue el eclipse de la España vacía y también un poco del FOMO, dos términos que entonces ni siquiera se habían inventado, claro. La sociedad ha cambiado mucho en este siglo. Todo es muy distinto, pero hay algo atávico en la forma de vivir los eclipses que sigue siendo igual. Esa fascinación cuando la luna se come al sol, esos instantes de emoción infantil. Y también la necesidad de compartir aquella experiencia única con la gente querida. En el eclipse del 1900, no había móviles, claro, así que entonces no se pudo compartir como ayer con llamadas y mensajes de WhatsApp lo que estábamos sintiendo con personas que no estaban a nuestro lado. Y eso, la necesidad de compartir un momento especial con nuestra gente, seguro que fue igual hace un siglo y hace dos y tres. 

El eclipse nos conecta con nuestra situación en el universo, nos recuerda, como bien dijo ayer la astronauta Sara García, que vivimos en una nave en movimiento. Ella contó que lo más emocionante de este evento es, precisamente, su lado más humano: la posibilidad de compartir con millones de personas algo especial, que nos une, que por unos minutos concentra nuestra atención y nos reúne en torno a un regalo inesperado. En este mundo polarizado y acelerado nuestro, no es fácil que un fenómeno como éste consiga reunirnos en torno a algo ilusionante. El eclipse, haters aparte, lo consiguió. 

Al parecer, en la Antigua China se creía que el eclipse era un dragón gigante devoraba al sol y por eso salían a la calle con tambores y lanzando flechas al cielo para ahuyentarlo. En otras culturas eran comunes las ofrendas y los sacrificios. Ahora nos juntamos con gafas homologadas para celebrar una fiesta mirando al cielo. 

Ha sido notable el esfuerzo pedagógico de muchos expertos. Porque esto va de ciencia y no sobran las oportunidades en las que se puede divulgar. Muchos hemos aprendido hoy, por ejemplo, que fue en el eclipse solar total del 18 de agosto de 1868 en el que se descubrió el helio y que el eclipse solar total del 29 de mayo de 1919 permitió validar la teoría de la relatividad de Einstein. Todos somos frikis de algo y me encanta ver el entusiasmo de quienes llevaban meses, o años incluso, preparándose para este día. Me caen mucho mejor, desde luego, que todas esas personas que critican el eclipse o se afanan en proclamar al mundo lo ni lo que pasan de este fenómeno, solo para sentirse especiales y hacer ver que no siguen lo que sigue el resto del mundo. Por no hablar de los negacionistas o conspiranoicos de todo tipo. 

Reconozco que hasta solo unos días antes del eclipse sentía más bien indiferencia ante el fenómeno, pero, llámalo FOMO, llámalo vivir en el mundo, me fue picando el gusanillo. Y me alegro mucho de haberme unido a la eclipsemanía, aunque sólo sea por hacemos podido comentar con gente querida, tanto la que estaba al lado como la que estaba más lejos. Ha sido precioso. No estaba en la franja del eclipse total, y todos los expertos insistían en que no tenía nada que ver un 99,9% que un 100%. Con ese 99,9% de Madrid, disfruté de ver cómo se iba oscurecido el día, de mirar a la luna tapando poco a poco al sol a ratitos pequeños a través de las gafas, los cánticos de los pájaros medio atolondrados, el cambio de la tonalidad de la luz alrededor, como una especie de atardecer pero fantasmagórico, con un filtro extraño, y, sobre todo, el minuto previo al eclipse (casi) total. Fue un momento inolvidable. A lo lejos, algunas personas aplaudieron, pero la mayoría se calló, estremecida. Duró un instante, casi nada, y enseguida pudimos volver a ver al sol bordeando a la luna, pero fue espléndido.   

Me alegra además especialmente que haya sido el eclipse de la España vacía. La NASA ha seguido el eclipse desde el pueblo burgalés de Villalibado y en España, la emisión oficial se realizó desde el Observatorio Astronómico de Yebes, en Guadalajara. Se calcula que el país ha recibido 450.000 visitantes, con un impacto económico de 347 millones. Esos cálculos siempre son aproximados, pero me gusta pensar que esta suerte, este capricho astronómico, haya beneficiado a la España vacía, a todas esas zonas abandonadas y tantas veces olvidadas. Ojalá algunas de esas personas que han visitado pueblos de la España vacía vuelvan en un futuro unos días para disfrutar de sus cielos despejados, su ambiente relajado y su naturaleza. 

El eclipse tuvo para mí como banda sonora Cuando el sol bese a la luna, que Martín Urrutia estrenó ayer. Una canción deliciosa que sólo podía salir a la luz en un día así.

Quienes vivimos ayer el eclipse podremos decir, como escribió Machado, aquello de “sólo recuerdo la emoción de las cosas, y se me olvida todo lo demás; muchas son las lagunas de mi memoria”. Se nos olvidarán detalles de este día, los falsearemos, incluso, pero recordaremos la emoción sentida en este eclipse compartido, en persona o en distancia, con nuestra gente. Y de eso, al final, de compartir con quienes queremos los momentos especiales, va un poco la vida. Hoy, hace un siglo y dentro de cien años. 

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