Comerás flores

 

Asfixiante. Con esta única palabra me describió una buena amiga Comerás flores, el libro de Lucía Solla Sobral, editado por Libros del Asteroide del que todo el mundo habla. Tras leerlo, creo que yo también elegiría esa palabra para definirlo. Por supuesto, lejos de ser una crítica, afirmar de esta novela que es asfixiante es un elogio, porque habla de la forma magistral con la que la autora nos hace vivir en sus páginas la historia de Marina, atrapada en una relación de control y abuso con Jaime, que aparenta ser el novio perfecto. Todo ello, contado con un estilo muy fresco, con una mezcla impecable de lirismo, sutileza, humor y sensibilidad, y con hallazgos como el listado de lo que tiene y va dejando de tener Marina, narradora en primera persona de la historia, a medida que avanza la novela. 

El libro se ha convertido en un fenómeno editorial, lo que siempre es un terreno algo resbaladizo, porque dispara las expectativas y antes o después genera muchos debates apasionados. La forma ideal de enfrentarte a un libro es saber lo justo de él, pero cuando ha sido un gran éxito eso resulta imposible. Inevitablemente, el lector de una novela que ha triunfado tanto y de la que tanta gente habla se enfrenta a ella con una actitud marcada por ese mismo éxito, bien sea para unirse a las voces que lo alaban, bien para decir eso de que no te parece para tanto, que es algo que da mucho gusto a no poca gente.

Es innegable que Comerás flores ha conectado con miles de lectores y, sobre todo, lectoras. Más allá de sus méritos literarios, que en mi opinión son incuestionables, y que es lo único que debe importar en una reseña o crítica literaria, la novela ha tocado una fibra sensible, ha dado con una tecla que resuena fuerte para mucha gente. Sin duda, es una historia muy reveladora del tiempo en que vivimos y de la presencia del machismo en nuestra sociedad. De ahí que esta obra haya generado tanta conversación, que tantas personas se hayan sentido identificadas y sacudidas con la historia que cuenta. Porque el libro retrata con precisión una relación tóxica y controladora desde la perspectiva de la mujer víctima. 

La obra, que es la primera novela de la autora, no es un libro de tesis, no es de esos libros, que los hay, que buscan abordar un tema concreto y le dan más importancia al tema en sí que a construir personajes verosímiles, que suelen ser arquetipos. Nada de eso. Aquí el tema de fondo es importante y serio, pero acompaña la forma. El estilo que hay detrás, el ejercicio literario de la autora. El libro comienza con una cita de Dorothy Allison que sitúa muy bien la trama y el punto de vista adoptado: “hay dos o tres cosas que tengo claras, y una de ellas es que puedes odiar y a la vez amar algo que no sabes si entiendes”. 

Porque este libro, que pronto se vuelve asfixiante, empieza siendo una historia de amor. La de Marina, joven amante de la música que trabaja como redactora en una agencia de marketing digital, y Jaime, que se autodefine como compositor de atmósferas (interiorista de toda la vida”, que se presenta como un hombre maduro encantador, que “parecía tener siempre en su cabeza el perfil de Facebook de cada persona para saber exactamente qué decir y qué no”. Es el clásico tipo encantador, que todo el mundo adora, siempre con la palabra justa, obsesionado con lo que los demás piensen de él. Marina, que acaba de perder a su padre, conoce a Jaime por casualidad y empiezan a salir. Pero no es precisamente la clásica historia de chica conoce a chico. Es más una historia de terror. 

Si algo enfatizan las expertas sobre violencia machista cuando se habla del maltrato, el abuso y la violencia es que no existe un perfil de maltratador y tampoco existe un perfil de víctima. Relaciones como la que se describen en esta novela se dan entre personas de todas las edades y clases sociales. Simplificar o generalizar es un error. Y el gran acierto de la novela es que muestra que, en efecto, la violencia no es siempre tan evidente.

Desde luego, Jaime es, de puertas hacia afuera, un hombre ideal, pero resulta ser un tipo manipulador, obsesivo y controlador hasta lo insoportable. Marina tampoco encajaría con ese irreal retrato robot que podríamos tener de una mujer víctima. Ella misma lo escribe cuando leemos: “¿De qué me sirvieron todas esas charlas, los debates y los libros? Fui a la universidad, hice un máster, tengo trabajo y una hermana activista”. O, poco después, cuando leemos: “había aprendido a evitar a los que ponen un pie en la puerta para bloquearla, a los que agarran fuerte de las muñecas, a los que tocan sin primero, pero no me había dado cuenta de que también se podía querer escapar del que estaba en la misma casa hacia la que corría para ponerme a salvo. Sabía que había hombres que gritaban, que controlaban, que humillaban, pero no sabía que era posible enamorarse de ellos”. 

El libro resulta tan asfixiante, conmueve de un modo tan intenso, porque es una historia reconocible, y porque es sutil, hay pequeños gestos, indicios de la verdadera personalidad de Jaime y de su afán de control. Enfados, pequeños cabreos, empeño en separar a Marina de sus amigas, reproches constantes, cambios de humor radicales. Cualquiera persona que lea el libro piensa en lo que ella o cualquiera de su entorno pueda tener de Jimena, pero también lo que, sin saberlo, pueda tener de Jaime. Y te dan ganas de meterte en las páginas del libro y decirle a Marina que salga de ahí, que no parece ser consciente de dónde se está metiendo. 

El libro, que también tiene pasajes muy tiernos y sensibles en los que la narradora recuerda a su padre, porque también es un libro de duelo, ha removido a mucha gente y ha pasado a significar mucho para sus lectores y, sobre todo, sus lectoras. La autora ha declarado en alguna entrevista que huye de quienes quieren usar su novela como un símbolo del feminismo. Puedo entender hasta cierto punto que no quiera ser encasillada, pero, desde el momento en el que se publican, los libros dejan de pertenece a quien los escribe y pasan a ser de quienes los leen. Y es indudable que Comerás flores entrado en un debate público más extenso, forma parte ya de un temas cada vez más presente en la cultura y la sociedad, que podría tener como banda sonora la canción La perla, de Rosalía

El libro tiene en algún pasaje cierto aire de El descontento, esa fabulosa novela de Beatriz Serrano sobre el juego de las oficinitas de ciertos trabajos, y también percibo algunas reminiscencias de La vegetariana, de Han Kang. Igualmente en algún pasaje me he acordado de la espléndida y también devastadora serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa, en la que el agresor también es un hombre reconocido y admirado socialmente, que no cumple con lo que se espera de alguien que viola y maltrata a su mujer. Lo importante de una novela, la condición indispensable para remover a quien la lee, es su calidad literatura, y de eso anda sobrada la novela de Lucía Solla Sobral, que además ha conectado con muchas personas por la verdad que encierra esa historia de ficción de sus páginas. Y eso es precisamente lo que consigue la gran literatura

Comentarios