La insolación

 

Nada, de Carmen Laforet, que fue el primer premio Nadal en 1945, es un clásico entre las lecturas obligatorias del instituto. Hay profesores que van más allá en sus recomendaciones de lectura y hace unos años un maestro de literatura recomendó a sus alumnos leer La insolación, otra novela de la autora barcelonesa. Lo que nadie podría imaginar entonces es que aquella lectura deslumbraría a uno de esos estudiantes y que, pasado el tiempo, el libro serviría como inspiración e hilo conductor de su primer disco. 

Aquel alumno deslumbrado por la historia de La insolación es Martin Urrutia, quien se dio a conocer en OT 2023. Tras debutar en la interpretación con un precioso papel en Mariliendre, el cantante y actor publicó hace poco su primer disco, titulado, precisamente, no por casualidad, La insolación. Que un cantante de 21 años se inspire en un libro publicado en 1963 para crear su primer disco es una bendita rareza. El disco me ha encantado, así que no podía dejar de leer la novela, que igualmente he disfrutado. Los caminos que llevan a los libros son inescrutables y es precioso que en estos tiempos de inmediatez, modas, algoritmos, IA, pantallas y vida acelerada, un disco te permita descubrir una novela que no es precisamente una novedad. 

No habría llegado fácilmente a La insolación de no ser por el disco homónimo de Martin Urrutia, otra razón más para apreciar al artista y su trabajo. La novela cuenta la historia de Martín Soto (Martín, esta vez, con tilde) en los veranos de sus 14, 15 y 16 años. Forma parte de una trilogía ideada por la autora junto a Al volver la esquina Jaque mate, aunque ésta última nunca se llegó a publicar, y que buscaba seguir la vida del protagonista a lo largo de los años. Lo primero que he hecho nada más terminar de leer La insolación es comprobar si en la biblioteca del barrio tienen disponible Al volver la esquina, y me ha encantado descubrir que sí, así que no tardaré en leer cómo continúa la historia de Martín. 

Al comienzo de La insolación se presenta a Martín en plena adolescencia, “casi un niño con sus pantalones cortos, casi un hombre con sus largas piernas renegridas”. El libro se centra en tres veranos de la adolescencia del joven en los que disfruta con los hermanos Carlos y Anita Corsi, que son libres, misteriosos, bromistas y alegres, recitan versos en francés y viven con una contagiosa despreocupación. 

Al lado de los Corsi, Martín siente una “sensación arrebato fuera del mundo conocido y cercano”. La autora describe bien lo que esos amigos significan para el joven, hijo de militar con mucha sensibilidad y vocación artística, al que le encanta pintar. Los Corsi simbolizan todo lo que ilusiona y emociona a Martín, lo que querría ser, algo que ni siquiera imaginó que podría ser. Los quiere a los dos, en especial a Carlos. A su lado siente que no pasa el tiempo, sólo desea estar con él todo el rato.

La novela es muy sensorial, gracias al estilo de la autora y a sus descripciones se siente el verano. Se percibe el calor, los baños en el mar, el olor a sal, el sudor, las largas sobremesas, las tardes de playa, las verbenas de San Juan. La obra narra las idas  y venidas de los adolescentes, con sus lógicos distanciamientos fugaces, sus arrebatos, sus bromas, sus pequeños cabreos, sus aventuras, su intensidad propia de una época de descubrimiento, construcción y reafirmación de la identidad.

La acción transcurre en la postguerra y, aunque hay algunas referencias a la contienda o a la II Guerra Mundial, el costumbrismo de la novela se centra sobre todo en el retrato de la mentalidad de la sociedad de la época y la rigidez ante cualquier actitud o comportamiento no considerado normativo. Del mismo modo que en las páginas del libro se siente físicamente el verano, también se aprecia con claridad el ambiente opresivo de la conservadora sociedad de la época, de la que viven ajenos los Corsi, lo que despierta la admiración de Martín. El machismo y la homofobia imperantes son el gris trasfondo de la trama de esta novela, mientras los jóvenes sólo piensan en divertirse y ni siquiera conciben esa forma de ver el mundo de sus mayores

Lo que más desea el padre de Martín es que su hijo sea un hombre y eso, en aquel tiempo (y en la actualidad para según qué retrógrados) sólo puede significar una cosa: que no muestre jamás sus sentimientos, que sea un ligón, que ronde a las mujeres y que nadie dude de su hombría y virilidad. Martín, descubriéndose, mitad niño, mitad adulto, aún sin saber bien lo que siente y, sobre todo, qué significa lo que siente, se enfrenta desde su libertad e inocencia, desde el candor por esos amigos inseparables de sus veranos, a la rigidez y la opresión de su padre y de la sociedad de su época. La insolación, tan veraniego, es un libro encantador que, muchos años después de ser escrito por Carmen Laforet, ha inspirado a un fresco y muy valioso disco de Martin Urrutia, que se llama casi el protagonista de la novela que tanto le marcó, y a la que tantos guiños hace en muchas de sus canciones

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