Según una encuesta de GAD3, el 60% de los jóvenes españoles de entre 18 y 35 años no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. Es algo que nos resulta especialmente demoledor a quienes recordamos perfectamente dónde estábamos aquellos días de julio de 1997 en los que ETA secuestró al joven concejal del PP en Ermua para chantajear al gobierno, al que dio un plazo de 48 horas para acercar a los presos etarras a Euskadi. Pese a la masiva movilización en toda España, la banda terrorista asesinó al joven.
Fueron dos días de angustia, rabia y dolor que jamás olvidaremos, por muy jóvenes que fuéramos entonces. Fue un acto de espantosa crueldad, disponer así de la vida de alguien, asesinarlo a sangre fría. Fue también un antes y un después en la reacción social contra ETA en Euskadi. Y todo ello es algo que ni siquiera les suena a la mayoría de los jóvenes, señal inequívoca de que algo se ha hecho muy mal y que falta mucha memoria democrática en España. En parte, para intentar combatir este olvido, Jon Sistiaga y Juanjo López han rodado el documental Miguel Ángel Blanco, las 48 horas que lo cambiaron todo, estrenado hace unas semanas por Netflix.
Gracias a un excepcional trabajo de documentación y con incontables fuentes de distintos ámbitos, el trabajo reconstruye aquellas 48 horas críticas. Es un formidable ejercicio periodístico que sin duda impactará a los jóvenes que ni siquiera saben quién fue Miguel Ángel Blanco, y que también remueve a los que recordamos bien aquellos días. A lo largo de los 93 minutos de metraje, el documental, preciso y riguroso, que escapa en todo momento del sensacionalismo, cuenta aquella atrocidad de ETA a través de imágenes de archivo y de entrevistas con políticos, familiares, amigos, fuerzas del orden, periodistas, jueces y hasta el rey Felipe VI.
El Estado acababa de liberar al funcionario de presiones José Ortega Lara después de 532 días secuestrado en un zulo por ETA. Se esperaba una respuesta de la banda criminal y llegó apenas doce días después de aquella liberación. Miguel Ángel Blanco seguía siempre las mismas rutinas, tomaba el mismo tren para ir a trabajar a Eibar desde Ermua, donde vivía con sus padres. Fue secuestrado el 10 de julio de 1997 nada más bajar de la estación de tren de Eibar. Nadie vio nada. Dos días después, apareció con dos disparos en la cabeza. En la madrugada del 13 de julio, falleció.
El documental cuenta con testimonios del entonces presidente del gobierno, José María Aznar, y el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, que explican que en ningún momento se plantearon la posibilidad de negociar con los terroristas. Con una angustiosa cuenta atrás hasta el ultimátum macabro dado por la banda asesina, el documental reconstruye aquellas 48 horas en la casa de Miguel Ángel Blanco, la búsqueda a la desesperada por las inmediaciones de Ermua y también la reacción social, con lazos azules, manifestaciones y vigilias en toda España. Fue una movilización cívica sin precedentes que no pudo cambiar el destino del joven concejal del PP.
El documentos también explica quién era Miguel Ángel Blanco antes de convertirse en una víctima de ETA y en un simbolismo de la lucha contra el terrorismo y por la libertad. Se muestra a un chaval joven apasionado por la batería, vitalista, alegre y más comprometido con su pueblo que con la política en mayúsculas. Trabajaba en una consultoría. Se acababa de comprar un coche con su novia. Nunca creyó ser objetivo de los terroristas. Era sólo un concejal de una pequeña localidad. En el documental se ven imágenes suyas y también se escucha su voz en uno de los plenos.
Aunque el gobierno se negó a negociar con ETA, algo que nadie discutió, el documental explica que sí hubo varios intentos de aproximación al entorno etarra para intentar evitar la muerte del joven. Lo intentó Patxi Zabaleta, que había sido líder de la izquierda abertzale opuesta a la violencia. También hubo otro intento a través de Pedro J. Ramírez, que conocía a una abogada próxima a ese entorno, María José Gurruchaga. El ministro del interior francés dio permiso para que tuviera una conversación en la cárcel parisina La Santé con dos líderes de ETA encarcelados. Salió de ese encuentro con la convicción de que no se podía hacer nada.
La aberración cometida por ETA provocó una contestación interna de muchos presos de la propia banda y también cambió algo en el rechazo de la sociedad vasca a la acción terrorista. El documental recuerda que en aquel momento no había móviles con conexión a internet, algo que a los jóvenes les sonará a ciencia ficción. Por eso, los españoles se pasaron esas 48 horas pegadas a la televisión y a la radio. Hay imágenes muy impactantes de personas escuchando la radio en la Puerta del Sol de Madrid cuando se dio la noticia de que se había encontrado un cuerpo con heridas de balas que podría ser el de Miguel Ángel Blanco. En un primer momento hubo confusión al ver el alcance de las heridas.
Fue clave aquellos días la figura de Carlos Totorika, entonces alcalde de Ermua, que lideró la reacción del pueblo contra la acción de ETA y que contuvo los ánimos y las ansias de venganza. Convocó una manifestación desde Ermua a Eibar, para que la gente se cansara y expresara de forma pacífica su dolor, e incluso apagó él mismo con un extintor el incendio que alguien había provocado en la sede de Herri Batasuna en San Sebastián. El documental incluye testimonios de todo tipo, como el de una mujer que se casaba ese día y que se unió, vestida de novia, a la manifestación. También se muestran algunas de las cartas y dibujos de niños que recibió la familia de Miguel Ángel Blanco después del asesinato.
Aquellos días supusieron el principio del fin de ETA. Nació el espíritu de Ermua. La gente salió a la calle en toda España. En Euskadi se vivieron escenas nunca antes vistas, como esa memorable en la que varios ertzaintzas se quitaron los pasamontañas con los que se protegían para evitar ser reconocidos y señalados por gente del entorno de ETA. Hubo una unidad aquellos días, una reacción cívica admirable, que marcó un antes y un después y que, vista hoy casi 30 años después, no sé si sería posible en esta sociedad actual de polarización, radicalismo y redes sociales. Se plasma bien en el documental, con imágenes de archivo, la respuesta cívica y la unión de la inmensa mayoría de la población española ante aquel espanto. Hoy, divididos y enfrentados, no es fácil imaginar una reacción así de unida a ninguna tragedia.
Fue el principio del fin, sí, pero ETA siguió asesinando y hubo gentuza que alentó esos crímenes y que se dedicó a vandalizar reiteradamente la tumba de Miguel Ángel Blanco, por lo que la familia se vio obligada a llevarse sus restos a un cementerio en Faramontaos, una pequeña aldea cerca de Ourense. Allí descansan hoy los restos de un chaval joven que fue asesinado a sangre fría por una banda criminal que fue durante décadas la mayor opresora del pueblo vasco que decía defender, y cuya muerte supuso un punto de inflexión en la respuesta social ante la sinrazón de la violencia terrorista. Es muy de agradecer que un documental riguroso y serio como éste rescate aquella historia del olvido en el que ha caído entre la población más joven, y que nos haga recordar a quienes vivimos aquellas horribles 48 horas.
.

Comentarios