Salvador

 

Siempre es un misterio por qué unas series triunfan, remueven y generan conversación y otras pasan mucho más desapercibidas dentro del océano de novedades que ofrecen constantemente las plataformas. Una serie estrenada este año que me ha encantado y que creo que hubiera merecido más reconocimiento es Salvador, creada por Daniel Calparsoro, quien ya ha demostrado sobradamente su talento para rodar thrillers con trabajos como Cien años de perdón, Invasor o Asalto al banco central. 

La serie, que puede verse en Netflix, empieza tan, tan fuerte con su primer capítulo que uno se pregunta qué deja para los otros siete episodios. Pero queda mucho, vaya si queda. Es una serie muy atrevida. Su gran mérito es que se propone abordar con honestidad y sin simplificaciones ni maniqueísmos un problema complejo, el de los grupos radicales, en este caso, neonazis, que atraen a jóvenes a los que convencen con un sentimiento de pertenencia a un grupo. No busca dar la razón al espectador contándole cuatro obviedades, pretende ir más allá, intenta de verdad acercarse a esta realidad y comprender las razones de quienes se radicalizan, por supuesto, sin que eso implique justificarlo.

Es muy de agradecer la actitud de la serie, que no busca juzgar, sino retratar una realidad. Además, es un acierto que el espectador se sumerja con sorpresa y espanto a este submundo radical a través de la mirada de un padre (Luis Tosar) que descubre que su hija Milena (Candela Aristegui), de la que está distanciado, forma parte del grupo de extrema derecha White Souls, que da palizas a inmigrantes, trafica con droga, mantiene un centro social sólo para españoles y difunde bulos y mensajes de odio. Él, Salvador, el padre, es un sanitario de izquierdas que no comprende cómo su hija ha podido terminan ahí y que, por algo que ocurre en el primer episodio que no conviene desvelar, se ve envuelto en ese grupo. 

Es cierto que hay momentos en los que la serie pierde cierta verosimilitud, como algunas expresiones que chirrían un poco (“no le digas a una neonazi que lo es, porque nos jode bastante”, “se puede ser facha y buena persona”), o algunas situaciones no demasiado creíbles, pero siempre prevalecen los méritos de la serie. No busca ser un mero entretenimiento, aunque también lo es, pero entra de lleno, hasta el fondo, en el mundillo peligroso e inquietante que quiere mostrar. Mantiene la apuesta hasta el final, mostrando todo el entramado que sostiene al grupo, en el que están involucrados algunos policías, abogados, jueces, empresarios y políticos (impresionante el pequeño pero soberbio papel de Pedro Casablanc). 

Estremece ese retrato de gentes poderosas y adineradas que manejan a su antojo a chavales que, por circunstancias vitales adversas, se ven atraídos por este grupo extremista. En algunos casos, por el abandono o descuido de sus padres. Es el caso de la propia Milena y también de una compañera de su grupo, Julia (Claudia Salas), cuya familia la dejó de lado en el momento en el que más ayuda necesitaba. “Esa gente estaba ahí cuando sus padres pijoprogres que se preocupan muchísimo y se ocupan poquísimo dejaron de estarlo”, se escucha en un momento de la serie. 

Salvador entra también de lleno en la creciente polarización y el radicalismo político, que llega a que a nadie parezca importarle realmente la verdad de los hechos y a que la gente se crea lo que se quiere creer. Aparecen bulos y vídeos manipulados en Internet, redes sociales que propagan y difunden los discursos del grupo.

La serie habla de la posibilidad de las segundas oportunidades y del humanismo como posible antídoto al radicalismo. De la necesidad de construir redes y de tener a alguien al lado, de sentirse escuchado y comprendido, También de la importancia de intentar entender al otro, de no construir trincheras. Y de no deshumanizar jamás a otras personas. La profesión de sanitario de Salvador refuerza este mensaje. 

Además de los intérpretes citados, completan el sólido elenco, entre otros, Leonor Watling (que construye un personaje sensacional y nada sencillo), Fariba Sheikhan (quien da vida a la compañera de Salvador en la ambulancia), Patricia Vico (en la piel de una inspectora de policía que investiga al grupo radical en contra de no pocas presiones y corruptelas de gente poderosa que lo protege) o César Mateo (que da vida a Nacho, un joven que forma parte de los White Souls en el que la violencia enmascara su vulnerabilidad). 

Salvador, en fin, es una serie atrevida que se toma su tiempo para profundizar en un fenómeno, el de los grupos de ultraderecha, que ojalá sólo formara parte de las ficciones televisivas, pero que tristemente es muy real. 

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