La Clave. Muerte de García Lorca


Hace unos días di por casualidad con el programa que La clave dedicó el 21 de junio de 1980 a la muerte de Lorca. Me fascinó. Seguí con deleite, absolutamente deslumbrado, las más de tres horas de coloquio sosegado sobre el poeta y dramaturgo granadino. También lo seguí con la triste certeza de que un programa así sería hoy imposible en televisión, ahora que impera el griterío, la polarización, el show y la simplificación, en lugar de la profundidad, el rigor y la vocación de escuchar todas las opiniones y propiciar un auténtico debate que tenía aquel programa de Televisión Española presentado por José Luis Balbín. 

Svetlana Boym distingue en su extraordinario ensayo El futuro de la nostalgia entre la nostalgia restauradora, que es la de quienes añoran un supuesto pasado glorioso y quieren volver a él, y la reflexiva, que pasa por tener en cuenta el pasado, pero desde un cierto distanciamiento, sin idealizarla. Aunque en teoría no se puede sentir nostalgia por un tiempo que no se ha vivido, al ver este programa de La clave sentí una gran nostalgia reflexiva. Más de cuarenta años después, me sigue fascinando ver a personas expertas en un tema hablar con calma y respeto, debatir, llevarse la contraria, pero con sosiego y moderación. Tristemente, hoy un contenido así resulta inimaginable y eso habla mucho y muy mal de nuestra televisión y de nuestra sociedad. 

Por supuesto, no se trata de idealizar el programa, cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Para empezar, chirría mucho la ausencia de mujeres en el coloquio, y también que los participantes no paran de fumar a lo largo de las tres horas de programa, algo que hoy resultaría inaceptable. Pero el fondo del programa, su tono, su objetivo, su vocación real de debatir con calma sobre un tema, son admirables. 

En esta sociedad nuestra de los reels, los temas virales a cual más estúpido y las tertulias que premian los gritos y el espectáculo bobo y simplón, es un oasis recuperar este programa de los años 80 que reunía durante más de tres horas a expertos en un tema en cuestión, no a todólogos tertulianos que hablan igual de política internacional que de sociedad o de lo que se tercie, como sucede hoy en día. Personas que acuden allí a dialogar de verdad, que se respetan, que no gritan, que acuden con libros en la mano, que rectifican si están equivocadas, que discrepan con respeto, y que no insultan a la inteligencia del espectador con argumentos simples y banales. 

El programa sobre el asesinato de Lorca es extraordinario. La propia introducción de Balbín y algunas preguntas posteriores de los oyentes dejan claro que todavía era un tema polémico en la España de la época (nada extraño si pensamos en que incluso hoy, en 2026, hay a quien le molesta que se hable de la Guerra Civil). Acudieron al coloquio estudiosos de la obra y la vida de Lorca, pero también amigos suyos, personas que lo conocieron y lo trataron, y que lo describieron como un hombre bondadoso y muy alegre, además de destacar, naturalmente, su extraordinario talento. 

Acudieron al programa José Caballero, pintor amigo de Lorca; Luis Rosales, poeta, amigo de Lorca en cuya casa se refugió en sus últimas horas por la cercanía con Falange de la familia Rosales; el escritor José Luis Vila-San Juan, autor de un libro sobre Lorca; el hispanista Ian Gibson, que entonces había escrito ya tres libros sobre el poeta granadino al que ha dedicado gran parte de su obra; César Torres Martínez, que fue gobernador civil de Granada durante la II República, y Santiago Ontañón, escenógrafo amigo de Lorca, que diseñó la escenografía de varias de sus obras teatrales. 

Todos ellos aportan, intercambian opiniones, recuerdos y pintos de vista, no tienen problema en admitir errores o en rectificar, tampoco en discrepar con serenidad y educación. Otro mundo. Es especialmente impactante escuchar a Luis Rosales, quien reconoce nada más empezar el programa que para él recordar la muerte de su amigo es doloroso, pero también necesario, y que durante todo el espacio insiste en ensalzar su obra literaria y su sensacional duende y talento poético, porque la grandeza única de Lorca está en su obra. 

La tertulia aborda todo tipo de cuestiones, incluida la homosexualidad de Lorca, aunque ahí sí se nota la época en la que se celebró este coloquio. La primera mención a la orientación sexual del poeta se produce transcurrida más de una hora de la tertulia, y llega por boca de Ian Gibson, muy de pasada.  Otra llega cuando habían pasado casi dos horas, para desacreditar un bulo de la prensa próxima a los golpistas que publicó falsamente que Lorca fue asesinado en Madrid y a manos de izquierdistas, pese a compartir con Azaña su “sexualidad vacilante”. El franquismo utilizó también el bulo de que el asesinato de Lorca fue una riña entre homosexuales, una infamia obscena. Ya en las preguntas del público, vuelve a aparecer esta cuestión. Sus amigos presentes en el plató dicen que Lorca nunca habló con ellos de ese tema y que, en todo caso, “no se hacía sentir”. Otro tiempo. 

Respecto a las ideas policías de Lorca, también muy debatidas, llegué hay a quien le interesó y le sigue interesando despolitizarlo, se contó en la tertulia que Falange quiso tentarlo, pero que él siempre se consideró más bien revolucionario, se llegó a definir como anarcocatólico, y fue próximo a la Segunda República. Gibson afea a Vila-San Juan que defina a Lorca como apolítico, porque le parece una palabra fea y porque un hombre sensible y comprometido con la sociedad de su tiempo como Lorca no era en absoluto apolítico. 

En el coloquio se reconstruyen los últimos días de Lorca. Se habla de su vuelta a Granada desde Madrid. Afirma Rosales que lo lógico es que Lorca se hubiera quedado en la capital y que, aunque fuera una gloria literaria en Granada, “la gloria da más enemigos que amigos”.  Luis Rosales, al que en algunos momentos del programa se ve incómodo, muy dolido, triste, cuenta que asistió a un consejo familiar en casa de su amigo en el que se debatieron las distintas posibilidades para llevar a Lorca a un lugar seguro. Se terminó optando por ir a la casa de los Rosales. Se instaló en el piso de arriba, vivienda separada, donde vivía una tía, que era una vivienda separada de la de los padres de Luis Rosales. Nadie pudo ver a Federico, cuenta el poeta. Lorca comía y hacía vida en el piso de arriba. Alguien lo denunció, acudió a detenerlo y acabó vilmente con su vida. 

Caballero cuenta que ese mismo año tenía un proyecto de pintar para su amigo un mural en la huerta de San Vicente, pero que decidió posponer el viaje dado el clima de agitación y violencia que recorría el país, por lo que le envío una carta a Lorca para contárselo. La censura militar le devolvió la carta y le respondió que, por su seguridad personal, no volviera a escribir a esa dirección.

El programa, que hace mucho hincapié en la gran cantidad de documentos relacionados con el asesinato de Lorca que han desaparecido, habla, entre otras muchas cuestiones, del impacto de la muerte en la prensa republicana, pero también en la nacional. También habló Gibson de un documento que, según contó, acababa de descubrir. Se trataba del expediente para inscribir en el registro civil la muerte de Lorca, que era necesario para preparar el certificado de defunción, y que data de 1939. El juez ordenó al jefe de los servicios de investigación de Granada que investigue sobre las ideas políticas del poeta y la respuesta fue que Lorca “estaba considerado como desafecto al referido movimiento”. 

Más allá del vil asesinato de Lorca y sus causas, porque en la época hubo a quien le interesó presentarlo como una riña entre familias del pueblo, para reducir el carácter político, de odio, revanchismo y sinrazón del crimen, el programa también habló de la personalidad luminosa de Lorca y de su poesía. Se debatió, por ejemplo, sobre si se puede entender su obra traducida a otro idioma. Luis Rosales dedicó varias intervenciones a ensalzar la poesía de Lorca. Son, de nuevo, unos minutos inimaginables hoy en día en televisión.  Afirmó que Poeta en Nueva York era el mejor poemario en español del siglo XX y destacó como el verso más cautivador de la obra lorquiana aquel de “el mar recordó de pronto el nombre de todos sus ahogados”. También dijo que Lorca estaba en pleno esplendor creador y que ese asesinato nos hurtó de futuras obras y creaciones de un poeta excepcional cuya voz fue silenciada por el fanatismo y el odio de quienes lo mataron por poeta, rojo y maricón. A ellos, a sus asesinos, los hemos olvidado, pero seguimos vibrando con los versos y las obras teatrales de Lorca, inmortal a través de sus creaciones.

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