Estos días el papa León XIV ha visitado Francia y la noticia ha ocupado un gran espacio en los medios. Sin embargo, algo me dice que el tema más comentado en las calles y desde luego también en las redes sociales no ha sido esa visita, sino el gigantesco escándalo en torno al libro C’était ça ou mourir, del escritor canadiense haitiano-Thélyson Orélien.
El panorama literario francés no está precisamente libre de polémicas. Fue muy sonada, por ejemplo, la del premio Goncourt de hace dos años, Houris, de Kamel Daoud, que tuvo muchas vertientes. Una de las principales, o al menos de las comentadas, fue la acusación al escritor por parte de una mujer argelina, Saada Arbane, de haber contado en el libro su historia personal, incluidos detalles que sólo podía conocer su terapeuta, que era precisamente la mujer del escritor. Polémicas, en fin, ha habido siempre en el mundillo literario francés, entre otras razones, porque es un sector con mucha vida e influencia, pero pocas reúnen como ésta de Thélyson Orélien tantos interesantes elementos de análisis.
El libro del escritor canadiense-haitiano había sido unánimemente elogiado por la crítica, hasta el punto de convertirse en una de las obras más destacadas de la rentrée francesa. Recibió parabienes de grandes críticos y autores. Acudió a La Grande Librairie, el programa de libros de France 5 que es la referencia en el sector. El lunes pasado recibió el premio Fnac y justo ese mismo día, por la tarde, la cuenta de X Balance ton Claude afirmó categóricamente que el libro había sido escrito por IA. Para ello usó Pangram, una aplicación que se supone que puede detectar si un texto ha sido escrito por un humano o no.
La polémica, claro, fue inmediata. El autor negó las acusaciones y pronto hubo dos bandos, para variar en este mundo tan polarizado nuestro. De un lado, quienes creyeron a pies juntitas la acusación y aprovecharon de paso para atacar a la crítica y al sector literario francés, con acusaciones de ensalzar obras por su temática (la inmigración) en lugar de por su estilo. Del otro, personas que defendieron al escritor y afirmaron que todo era una campaña de desprestigio dirigida contra un autor negro y que habla de inmigración, lo cual no les parece precisamente una casualidad.
Además, brotaron de golpe expertos en IA que hablaron de la efectividad de Pangram y otros que pusieron a prueba a la plataforma con textos antiguos o con textos sí escritos por humanos que ésta detectó erróneamente, claro, como escritos con IA. A veces, bastaba con añadir una subordinada o cambiar algo el orden o la estructura de las frases para que un texto inicialmente reconocido por Pangram como obra de un humano pasara a ser casi al 100% sospechoso de haber sido escrito por una IA.
La polémica ha estado aderezada también con acusaciones de plagio de textos anteriores del autor. El libro estaba en la lista de candidatos a ganar el prestigioso premio Goncourt, hasta que la semana pasada, el viernes, el comité que entrega este galardón anunció en un comunicado que lo retiraba de la lista y que sólo premian obras escritas por personas. Basta leer los comentarios a este comunicado en X para constatar con claridad cuántas personas han aprovechado lo ocurrido para atacar al autor y, de paso, también a todo lo que les suena woke, que es como la gente muy de derechas llama despectivamente a quien es de izquierdas.
Este caso resulta muy ilustrativo de los tiempos que vivimos por muchas razones. Por ejemplo, por ese binarismo tan simplista al que estamos acostumbrados. O defiendes que la obra es el mejor libro de todos los tiempos y es inequívocamente víctima de ataques racistas o, por otro lado, no tienes la menor duda de que ha sido escrita con IA y que ese caso desacredita de por vida a los críticos literarios, periodistas, libreros y editoriales, todos ellos peligrosos y malvados izquierdistas que decidieron encumbrar a este escrito sólo porque es negro.
Naturalmente, la realidad es un poquito más compleja, está llena de matices. Para empezar, la editorial que publicó el libro en Francia es Grasset, que es propiedad del empresario Vincent Bolloré, próximo a la derecha, y cuyo director, Olivier Nora, fue despedido por aquel en abril por una disputa política, lo que provocó que más de un centenar de escritores abandonaran el prestigioso sello editorial. Entre ellos, Virginie Despentes, quien se marchó despedido Grasset por esas influencias políticas en la editorial en la que publicaba sus obras y que ahora se ha convertido en las tertulias francesas en una de las más firmes defensoras de la honestidad de Thélyson Orélien y de la calidad de su libro, publicado por Grasset. Ella está convencida de que el libro sí fue escrito por su autor y sigue defendiéndolo, lo cual, por cierto, habla bien de ella y su libertar de criterio.
El caso se ha usado demasiado a menudo con intereses políticos indudables. Se ha conocido, por ejemplo, que detrás de la misteriosa cuenta que destapó este escándalo está, entre otras personas, Samuel Fittoussi, un ensayista claramente de derechas que ha escrito en Le Figaro contra la discriminación positivos, contra lo woke y contra la extrema izquierda. Esto, por supuesto, no presupone nada, pero contribuye a enredarlo todo un poco más. Parece evidente que hay personas que opinan sobre este caso con un interés político, en un sentido o en otro, que condiciona su verdadera opinión al respecto.
Pero hay más aristas interesantes en toda esta historia. Por ejemplo, ¿podemos localizar un texto escrito por IA? ¿Realmente somos capaces de distinguir un texto humano de otro que ha generado una máquina que ha “aprendido” a escribir nutriéndose de textos humanos? Porque entre las muchas reacciones a este caso no faltan la de quienes, ahora que creen que está acreditado que el libro se escribió con una IA, pero ahora, no antes, vienen a decir que es evidente, que se percibe en su estilo y que quienes elogiaron la novela no se la leyeron directamente o no tenían demasiada idea de literatura. También hay quienes dicen que el francés empleado por el autor no es el canónico, digamos, y que por eso el detector se ha podido equivocar, pero otros argumentan todo lo contrario, que precisamente por ser de origen haitiano, es mucho más difícil que Pangram lo atribuya por error a una IA. Incluso quienes afirman que estos detectores fallan más cuando el idioma del que se trata no es el inglés.
Hay otro aspecto particularmente inquietante en todo este tema. Como sabemos, la IA “aprende” a escribir fagocitando textos ajenos escritor por humanos, aunque no estamos lejos del momento en el que la IA “aprenda” leyendo textos generados por otras IA. Pero digamos que las de ahora “saben” escribir porque han fusilado textos ajenos, y copian su estilo. Bien. Resulta que ahora un detector de IA que es, oh vaya, una IA, mide otros textos, pero, claro, si la IA ha “aprendido” que determinados giros, expresiones o estructuras son humanas y ha empezado a escribir sus textos usándolas, ¿cómo va a poder dilucidar si es un texto humano o un texto escrito por una IA que imita los textos humanos?
Es quizá la gran pregunta de todo este lío. ¿Quién nos garantiza que precisamente esos detalles en los que se fija Pangram para decidir quE un texto está escrito por una IA no sean precisamente esos mismos detalles que la IA ha “aprendido” a copiar de los textos humanos, precisamente para sonar humana? Ya hay periodistas y escritores que afirman que han dejado de usar según qué expresiones o según qué estructuras porque saben que son muy empleadas por la IA y temen ser acusados de no ser textos humanos, de haber usado la IA.
Así que en medio de este marasmo yo no sé al 100% que este libro ha sido escrito con IA. Otra plataforma basada, precisamente, en la IA, dice que sí, que sin duda, pero es que también dice que están escritos con IA textos de autores clásicos o textos que se saben a ciencia cierta que han salido de hombres o mujeres de carne y hueso. Desconozco los detalles de este caso específico, pero uno de los muchos elementos interesantes de debate que plantea esta cuestión es que no sé si estamos ya en ese punto en el que es imposible saber si un texto está escrito por la IA o no, pero visto lo visto, sí parece claro que estamos en un punto en el que un escritor va a tener que demostrar que él ha escrito su libro, porque siempre podrá haber una plataforma de IA que nadie sabe muy bien cómo funciona que diga que ese texto no es humano. ¿Quién vigila al juez, una IA, que tiene que definir el origen de un texto?
En este caso concreto, parece que sí se han podido demostrar casos pasados de plagio del autor. No quiero ni defender ni atacar a Thélyson Orélien. No he leído su libro, no por falta de ganas, porque leí críticas espléndidas en medios franceses, precisamente, y también porque ahora me intriga ver si se nota o no se nota la posible mano de la IA detrás. No sé qué pensar sobre esta polémica, pero más allá de lo que haya detrás, y más allá de la politización y la polarización insoportables, que dicen mucho de nuestro tiempo, me interesa todo lo que la rodea. Quizá en especial, la creciente imposibilidad de confirmar si algo es verdad o no, en este caso, si es texto humano o está escrito por IA. ¿Cómo vamos a poder demostrar que un texto es humano si la IA crece tanto y tanto, nos imita cada día mejor y, encima, es la propia IA la que se utiliza como detector infalible del origen real de un texto? Seguiré pendiente de la polémica, que no deja de generar debates en los medios franceses y que es uno de esos casos que hablan mucho del tiempo que nos ha tocado vivir y de sus grandes retos.

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