“Se me han olvidado todas las palabras”, le escuchamos decir a Carlos, el personaje al que da vida Milo Quifes, en un momento especialmente emocionante y bello de La bola negra. En otra escena, Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau) cuenta que la primera vez que vio a Federico García Lorca se quedó paralizado y que no entendía lo que le pasaba. Algo parecido sentí tras terminar de ver la película. Me costó mucho reaccionar y me resultaba muy difícil encontrar las palabras para describir lo que acababa de sentir en una abarrotada sala de cine. La película de Javier Calvo y Javier Ambrossi es apabullante, una de las mejores que he visto en mi vida.
Los Javis fueron reconocidos en Cannes con el premio de mejor dirección, han cosechado galardones por todos los festivales por los que han pasado, la película ha sido elegida para representar a España en los Oscar (donde todas las quinielas auguran que recibirá unas cuantas nominaciones), ya antes de su estreno el filme ha sido un auténtico fenómeno social con más de 150.000 entradas en preventa, han logrado despertar unas expectativas fuera de lo normal… Pero todo eso palidece al lado de la certeza de que estamos ante una obra maestra, un clásico instantáneo. ¿Qué más dan este o aquel premio? ¿Qué importan realmente las cifras de taquilla si hablamos de puro arte? Es un privilegio inusual que ocurre muy de vez en cuando, poder quedar deslumbrado en el cine por una película tan extraordinaria, deliciosamente excesiva, emotiva, bellísima, vitalista, melancólica, reflexiva, reivindicativa y poética, muy poética, todo a la vez. Poder sentir que estás contemplado algo único que recordarás toda la vida. Una película lorquiana de inicio a fin, en lo visual, lo metafórico, lo musical y, por supuesto, en lo textual, con un guión que es una joya que suena a Lorca hasta el estremecimiento más absoluto.
Es muy fuerte lo de los Javis. Cada trabajo suyo es mejor que el anterior, más ingenioso, más atrevido, sin perder su frescura ni renegar de sus orígenes, yendo siempre un poco más lejos. Después de la maravillosa La llamada (en teatro primero y después en cine), de la icónica Paquita Salas, de la formidable Veneno y de la perturbadora y soberbia La mesías, ofrecen ahora un prodigio en forma de película. Lo que hacen con La bola negra es de una maestría, una perfección en cada detalle, un virtuosismo, una grandiosidad, una emoción y un dominio del arte del cine sublimes. Es una película hipnótica donde todo está en su sitio, hasta sus excesos (o especialmente sus excesos, claro) y que abraza el lenguaje poético y la exquisita dramaturgia de Lorca, siempre entre lo real y lo fantástico, entre el cielo y la tierra, entre lo vivido y lo soñado.
La película está contada en tres tiempos en 1932, 1937 y 2017. La forma en la que engarza esas tres historias es otro de los muchos asombros del filme, por la pasmosa naturalidad con la que las integran, por el modo en el que lo conectan todo. La historia de 1932 es una osadía maravillosa, ya que los Javis toman como punto de partida una obra inacabada de Lorca, La bola negra del título, de la que apenas se conservan cuatro páginas con la descripción de los personajes y algunos apuntes. Suficiente para saber que iba a ser la primera obra teatral de Lorca con un protagonista abiertamente homosexual que era rechazado para entrar en el Casino de Granada como miembro precisamente por su condición de homosexual. En las votaciones de acceso, una bola negra significaba precisamente eso, el rechazo, la negación.
Es muy fácil y muy común mal imitar a Lorca y extremadamente complicado lograr que un texto suene genuinamente a Lorca. Por eso es una hazaña formidable lo que consiguen los Javis con esta historia de 1932 que continúa la obra incompleta del más inmortal y admirado de los poetas y dramaturgos. Es la historia con más riesgo y con más vuelo poético de la película. Es portentosa. En ella, sobresale la impecable interpretación de Milo Quifes, todo un descubrimiento, que llena a su personaje de verdad, fragilidad y deseos contenidos. Varias de las imágenes creadas por los Javis en esta trama son ya historia del cine.
La trama de 1937 está basada en la descomunal obra teatral de Alberto Conejero La piedra oscura, que es otro de los nombres que barajó Lorca para La bola negra. En ella, Conejero, que es también coguionista de la película, imagina un final alternativo para Rafael Rodríguez Rapún, el gran amor de Lorca, que murió (muchos dicen que se dejó matar) en el frente justo un año después del asesinato del poeta. La obra imagina un final alternativo en el que Rapún es llevado a un hospital del bando nacional en el que es vigilado por Sebastián, un joven inocente al que pusieron un fusil en la mano y que tiene como misión sacarle información al preso antes de ser juzgado, que en aquel tiempo era sinónimo de ser ejecutado.
Posiblemente nunca antes se ha mostrado en la gran pantalla la Guerra Civil española como se refleja en La bola negra. La película muestra toda la crudeza y el espanto de la guerra, conmueve por el impacto de tantas vidas rotas, tantas historias quebradas por el odio. Y, en medio de ese horror, muestra también la posibilidad de la conexión humana después de todo, alguna pequeña luz de esperanza. Tanto Miguel Bernardeu, a quien habíamos visto ya en otros trabajos como en Querer, pero que firma aquí el papel de su vida al meterse en la piel de Rafael Rodríguez Rapún, como Guitarricadelafuente, en la que es asombrosamente su primera actuación en el cine como el inocente Sebastián, bordan sus papeles. Es muy emocionante todo lo que ambos transmiten, el modo en el que conversan en medio del horror de la guerra, lo que ambos guardan en su interior, cómo se van abriendo el uno al otro. Ofrecen varias de las escenas de más alto voltaje emocional de la película.
Por último, la historia del 2017 está protagonizada por Alberto (impecable Carlos González), un historiador homosexual que tiene una relación más bien complicada con su madre (siempre estratosférica Lola Dueñas) y que entra en contacto con las otras dos historias. Es una parte igualmente esencial del filme, porque es la que refleja la conexión entre varias generaciones de hombres gays en este país con tantas historias de amor enterradas en los campos, como se escucha ya casi al final de la película. Esta trama, sobre el papel, era la que más riesgo corría de quedar desconectada o desgajada de las dos del pasado, más lorquianas, más poéticas, pero también aquí los Javis salen más que airosos del reto.
Los Javis sobresalen por ser extraordinarios directores de actores y por tener un olfato especial para descubrir nuevos talentos y para que absolutamente todo el mundo, desde el protagonista hasta el último extra, transpire naturalidad y verdad en cada gesto, en cada palabra. Esta película nos regala los descubrimientos de Milo Quifes y de la faceta actoral de Guitarricadelafuente, pero es que todo el elenco deslumbra. Aunque con papeles pequeños, aparecen en la película, entre otros, Albert Pla, Daniel Ibáñez, Natalia De Molina, Antonio De la Torre, Yenesi o Hugo Welzel. Y todos están impecables.
Por si fuera poco, los Javis se dan también el lujo de reservar pequeños papeles para Glenn Close, que da vida a una hispanista experta en Lorca, un trasunto de Ian Gibson, y Penélope Cruz, que da vida con una maestría arrolladora a Nené Romero, una cabaretera que anima a las tropas y sobrevive como puede en tiempos de guerra. Llena la pantalla. Aparece poco tiempo, pero no necesita más para protagonizar varias de las muchas escenas más memorables de la película.
El guión y los intérpretes son perfectos, pero no lo son menos la fotografía y la recreación de los escenarios del filme. Se podría hacer el ejercicio de detener al azar la película en cualquier momento y lo que aparecería en pantalla sería algo cercano a un cuadro. Es una película artesana, rodada en escenarios naturales, que cuida con mimo cada detalle, y que recrea con igual primor un pueblo andaluz de los años treinta como un pueblo cántabro de la actualidad, en el habla, en las imágenes, en todo. El fondo de la película, la historia que cuenta, su mensaje antibelicista, pacifista y en defensa de la libertad y la igualdad real, son extraordinarios y conmueven, pero es que su forma, el modo en el que está narrada, la artesanía audiovisual del filme es portentosa.
Si tuviera que poner un pero a la película, que naturalmente no tengo por qué, y de hecho no tengo la menor intención de hacerlo, diría que tal vez me genera ciertas dudas que Lorca aparezca en la pantalla (eso sí, encarnado con solvencia y credibilidad por Alberto Cortés en una escena que me conmueve), precisamente porque, sin aparecer durante la mayoría del metraje, Lorca no puede estar más presente en cada plano, en cada diálogo, en cada trama de la película. La bola negra de los Javis es lorquiana por todas partes. De ella se puede afirmar lo que decía Jorge Guillén sobre el poeta, que cuando Lorca entraba en una sala no hacía frío ni calor, hacía Federico. En esta película hace Federico de inicio a fin.
En la sala de los cines Renoir donde vi la película reinó un conmovedor e inusual silencio durante toda la proyección, interrumpido sólo por sollozos y lágrimas en varias escenas. Al final, se respiraba una energía especial. Hacía Federico en la sala. Ojos llorosos, personas como aturdidas, profundamente removidas por lo que acaban de ver. Cuando fui rehaciéndome y pude recuperar las palabras, pensé que en esta era de algoritmos y de falta de atención, de vídeos cortos en redes sociales y de abaratamiento del idioma, es casi milagroso que haya despertado semejante expectación una película de 155 minutos que abraza el lenguaje poético de Lorca, llena de lirismo, analogías y metáforas, con tres historias entrecruzadas. También reconforta ver que una película que defiende la humanidad y la empatía triunfe en estos tiempos oscuros. Quién sabe, tal vez no está todo perdido.
La película cuenta con innumerables méritos cinematográficos, como he intentado enumerar hasta aquí, que son independientes del tema de fondo tratado, pero es que además esto la hace aún más especial. Es bellísima la metáfora de la bola negra como la vergüenza, la incomodidad ante un entorno discriminatorio y el miedo al rechazo que todas las personas que somos, amamos y deseamos fuera de la norma llevamos dentro en mayor o menor medida. La película conecta con ello a través de los tiempos, con un emocionante enfoque intergeneracional que nos recuerda hasta qué punto somos deudores de tantas personas que nos precedieron y que fueron perseguidos, discriminados y oprimidos por ser como nosotros. Como en la maravillosa canción Vuela, de Andrés Lewin, la película nos invita a vivir y celebrar que ha salido el arcoíris, pero también a agradecer a todos los que sufrieron lo que no hemos sufrido y a todos los que abrieron el camino.
Como es habitual en los trabajos de los Javis, esta película deja varias frases icónicas. Una de ellas la pronuncia el personaje de Penélope Cruz, cuando dice que “el travestismo es la fantasía de la posibilidad. La guerra es todo lo contrario”. Algo así puede decirse también de La bola negra, que abraza con vitalismo y brillantez la fantasía de la posibilidad, unas bellas palabras que también servirían para describir la poesía, la fantasía de la posibilidad, de la que tan llena está la película. Aunque la poesía fue descrita como nadie por Lorca, quien dijo que era la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio. Si a “palabras” le añadimos “escenas”, ya estaría. Qué delicioso misterio poético es La bola negra, qué prodigio.

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