En los últimos años, la Compañía Nacional de Danza (CND) ha alternado ballets clásicos que cuentan una historia en varios actos, como Don Quijote en el Teatro Real o La Sylphide en la Zarzuela, con espectáculos que combinan varias piezas de distintos estilos y épocas en los que muestran su versatilidad, como un programa triple en 2022 en los Teatros del Canal que incluyó dos estrenos absolutos, Pura Danza en el Teatro Real, América o Europa.
El último espectáculo de la CND, dirigida por Muriel Romeo, es de éstos últimos. Aión plantea un atractivo y muy diverso programa triple que se podrá disfrutar en el Teatro de la Zarzuela hasta el 1 de noviembre. El título de la propuesta es un término griego que se refiere a la eternidad, ya que el espectáculo está planteado como una exploración del tiempo a través del cuerpo.
La tarde comienza con Paquita, no la de la serie de los Javis, sino la del Grand Pas Classique de Marius Petipa, uno de los coreógrafos más influyentes y reputados de la historia de la danza. En la pieza, sobre una deliciosa música de Édouard Deldevez y Ludwig Minkusbque representa la Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM) con la dirección de Daniel Capps, se muestra un romance entre una gitana española y un oficial napoleónico en tiempos de la Guerra de la Independencia. Es una obra con constantes guiños a la cultura y la tradición española, desde el vestuario a la tonalidad de la música.
Comienza la obra con el cuerpo de baile, compuesto por una quincena de bailarinas, sobre el escenario. Ellas llevan el peso de la pieza, que ofrece varios momentos de lucimiento colectivo, que a la vez son los que ofrecen más riesgo, porque hay más exposición a pequeños desajustes. El resultado es sobresaliente. Pese a una escenografía algo anodina y desangelada, con un fondo azul y cinco lámparas de araña en el techo como único ornamento, la belleza se impone. Es una gran exhibición colectiva de la CND, pero en la función que yo vi, deslumbra especialmente Cristina Casa en el papel de Paquita. Hay un instante, ya casi al final, en el que el asombro del público ante su talento es palpable (incluso se escapa algún “madre mía” susurrado) y el aplauso tras culminar un paso especialmente complejo, atronador.
Tras 20 minutos de descanso llega el turno de Petite Mort, una pieza que creó Jiří Kylián en 1991 para el Festival de Salzburgo con motivo del segundo centenario de la muerte de Mozart. Es sublime ya desde su imponente comienzo sin música. Seis bailarines con floretes delante y seis mujeres detrás. Todos ellos bajo una luz dorada y sobre un escenario desnudo con fondo negro. En un momento de la pieza, de apenas 15 minutos de duración, una tela negra cubrirá el escenario, y en otro aparecerán lo que en un principio parecen ser vestidos de mujer, pero que guardan alguna sorpresa de la que, como ocurre con la magia, no necesitamos que nos expliquen el truco, porque preferimos quedarnos con el asombro.
Pasos enérgicos, sugerentes, espléndidos, que riman con la muerte y con la sexualidad, con el amor y la desobediencia. Todo ello, sobre el adagio del Concierto para piano en La Mayor (KV 488) y el andante del Concierto para piano en Do mayor (KV 467) de Mozart, interpretado por el pianista Gustavo Díaz-Jerez. Fascinante. De esos momentos en la platea de un teatro en los que sólo queda sentir gratitud por estar vivo y por estar precisamente ahí, en esa butaca, en ese preciso instante.
Cierra la tarde The Second Detail, de William Forsythe, con música pregrabada de Thom Willems. Es enorme el contraste estético y musical, pues pasamos de Mozart a unos ritmos modernos y a una escenografía en tono gris metálico, con unas banquetas de fondo en las que se van sentando y levantando los miembros del cuerpo de baile. El gran logro de la CND es que cautiva también con esta pieza de un lenguaje y un tono completamente diferente a las dos anteriores.
El escenario se asemeja a una sala de ensayos. Los miembros de la CND muestran una ligereza extraordinaria ante esos ritmos desenfrenados. Por momentos parece como si estuvieran improvisando, pero no porque no se vea una armonía exquisita, sino por su frescura. Es una pieza de 22 minutos en la que se transmite la alegría que contagia un grupo de personas bailando sin descanso. El ritmo, la energía, la velocidad y la intensidad de la pieza elevan su exigencia y el mérito de esta obra con la que se echa el telón de Aión tras una merecida y muy larga ovación de un público entregado a la última propuesta de una Compañía Nacional de Danza que sigue enamorando.

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