Se tiene que morir mucha gente

 

Es un lugar común eso de que debemos escuchar a nuestro niño interior, por aquello de que es importante que mantengamos nuestras ilusiones y una mirada limpia del mundo. Y es bonito. No le falta razón. Pero se dice mucho menos que, a veces, esa vocecita interior es la que nos recuerda nuestros traumas, la que nos habla mal y alimenta nuestras inseguridades, es nuestra peor enemiga. El gran hallazgo narrativo de Se tiene que morir mucha gente, la serie de Victoria Martín basada en su novela homónima que puede verse en Movistar+ es, precisamente, la figura de la niña interior de la protagonista, que es descarada, malhablada e incorrecta a más no poder, y que interpreta con maestría Sofía Otero

La serie es irreverente, irónica y todo lo contrario a una serie para todos los públicos. No todo el mundo conectará con su humor, pero desde luego quienes sí conectamos la hemos gozado de inicio a fin. Por su tono, que es el de la autora de esta historia, el que podemos ver de ella en sus podcast como el genial Estirando el chicle. Por la forma en la que se ríe del postureo y las tonterías de nuestro tiempo. Por cómo retrata la complejidad y riqueza de las amistades femeninas, porque, en efecto, se puede querer a alguien que no soportas a ratos. Porque las protagonistas son imperfectas y están llenas de dudas, es decir, son reales, de verdad, son humanas. Por ese humor negro, satírico, muy cañero, muy poco común, absolutamente genial

Otro de los grandes pilares de la serie es su elenco. Aparte de la colosal Sofía Otero (no recuerdo una interpretación infantil que me haya fascinado tanto en mucho tiempo), deslumbran Anna Castillo, Macarena García y Laura Weissmahr. La química entre ellas, la frescura de sus interpretaciones y la verdad que aportan a sus personajes justificarían por sí solas ver la serie. Es un espectáculo. La serie supone el reencuentro en la pantalla de Anna Castillo y Macarena García después de la inolvidable La llamada, de los Javis. A ellas se suma una sensacional Laura Weissmahr. Ver a las tres juntas, con esa forma tan honesta de representar la amistad, con todas sus aristas, con sus sentimientos enfrentados, es oro. Trasmiten una energía increíble. Queremos todos que sean nuestras amigas. 

Anna Castillo da vida a Bárbara, la protagonista que ve a su niña interior. Es una guionista que atraviesa una depresión, trabaja para un cómico trasnochado que quiere dárselas de moderno pero es un déspota con su equipo. A ella no le termina de llegar la oportunidad laboral que espera, aunque en realidad no sabe bien lo que espera y está hecha un lío. Comparte casa con Maca (Laura Weissmahr), que es muy enamoradiza y quiere ganarse la vida como actriz e interpreta obras alternativas en pequeñas salas teatrales, pero que paga las facturas trabajando como camarera. La serie comienza con ambas acudiendo con bastante desgana a una de esas fiestas para revelar el sexo del bebé de su amiga de la infancia Elena (Macarena García), que vive en un casoplón tras casarse con un señor mucho más mayor y mucho más rico que ellas. Pronto descubren que esa casa es en realidad una jaula de oro. 

Con ese tono tan cañero, la serie cuenta la relación entre las tres amigas, que naturalmente ha evolucionado desde que se conocieron en el cole. Porque lo suyo tiene algo familiar, pero no necesariamente de la familia elegida, sino que son vínculos establecidos en la infancia y que mantienen, aunque no exactamente porque haya sido una elección. Es evidente que a ratos no se soportan, pero igualmente se quieren. A su manera. Van y vienen, se enfadan y reconcilian, intentan hacerlo lo mejor posible, meten la pata, tienen todas sus momentos de egoísmo, pero están unas al lado de las otras cuando vienen mal dadas. Es todo lo contrario a una serie blanca o a una especie de dulcificación de la amistad. Celebra la amistad, sí, pero del modo más inteligente y honesto posible, que es mostrando su complejidad, como ocurre con cualquier vínculo que valga la pena

La serie, que en todo momento huye de la solemnidad, de la sensiblería y de las palabras gruesas, es muy divertida. Conecta bien con la sensibilidad actual, nos creemos todo lo que les pasa a estas treinteañeras desencantadas con la vida, que tiran para adelante como pueden, que están confundidas y sienten que algo se ha torcido respecto a lo que fabulaban cuando eran niñas. Hay escenas hilarantes y diálogos que son puros fuegos de artificio del ingenio ácido, pero también hay espacio para la ternura, siempre con algún chiste o algún zasca a mano para cubrirlo de ironía. 

La estupenda canción que ha compuesto Amaral para la serie, No quiero más canciones tristes, refleja a la perfección ese tono tan particular de la serie, que a mí me resulta irresistible, que seguro que habrá a quien le resulte insoportable. 

He disfrutado mucho, en fin, con esta serie, que tiene unas protagonistas con las que desearíamos ir de fiesta y también darles un abrazo cuando el caos se apodera de ellas, como se apodera de todos alguna vez. Aunque sólo aparece en un episodio, me parece fascinante el personaje de la madre de Bárbara, a quien da vida Inma Sancho, con quien tiene una de las mejores conversaciones de la serie, en la que le dice a su hija que no es tan especial y que esto de vivir llena de confusión y de dudas es, en el fondo, la vida. Creo que me estoy volviendo loca”, le dice su hija. “Tú siempre has estado loca”, le responde. Y así. 

Viendo la serie, por cierto, me acordé de esos señores que dicen en tono lastimero y sin ninguna base real que hay ciertas películas o series que no se podría hacer ahora por una supuesta dictadura progre y patochadas así. Pensé en ellos porque deduje, cosa que confirmé al leer alguna crítica, que esta serie les horrorizaría y, sobre todo, porque creo que Se tiene que morir mucha gente es un ejemplo de exactamente lo contrario, de lo equivocados que están esos señores malhumorados y de piel fina. Esas historias testosterónicas que tanto añoran siguen gozando de perfecta buena salud y siguen contando con un público nutrido, pero hoy afortunadamente podemos disfrutar de otras voces y de otras historias. 

Es falso que hoy no se puedan rodar según qué historias que no cumplan unos supuestos criterios contemporáneos, lo que sucede es que durante muchos años no se pudieron ver otras voces y otras historias. Esta serie es un buen ejemplo de ello, porque Victoria Martín escribió primero el guión y sólo tras no poder vender la serie a ninguna plataforma decidió reconvertirlo en novela. Ahora podemos verla y es una excelente noticia que contemos con historias como esta, con un tono y un humor tan particular, con un discurso irreverente. 

Ayer mismo Movistar+ Plus confirmó que podremos disfrutar de una segunda temporada de la serie, algo que muchos celebramos, porque queremos seguir las andanzas de Bárbara, Maca y Elena, entre diálogos irónicos sobre las tonterías de nuestro tiempo. Acabo de terminar de ver la serie y ya las echo de menos. 

Comentarios