Aunque rodó tres años antes su ópera prima, Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos, estrenada en 2013, es la película que da nombre a la productora de Jonás Trueba y la que se considera en gran medida la obra fundacional de la coherente, personalísima, colaborativa, deliberadamente imperfecta, apasionada, lírica, serena, tentativa, autoconsciente, contemplativa, reflexiva, siempre atractiva y, por supuesto, ilusa filmografía que ha construido desde entonces.
Ahora, Jonás Trueba estrena Los ilusos 13+13, que es esa misma película, pero no del todo, porque cambia algún encuadre y añade planos en color que conviven con otros en el blanco y negro original. Los ilusos era el único largometraje que me faltaba por ver del director de Los exiliados románticos, La reconquista, La virgen de agosto, Quién lo impide, Tenéis que venir a verla y Volveréis, así que no podía perdérmela. Para sorpresa de nadie, me ha encantado. Se ha estrenado, o reestrenado, o un poco las dos cosas a la vez, en muy pocos cines. Uno de ellos es los Golem de Madrid, uno de los cines de la capital, por cierto, que aparecen retratados en la propia película.
Todos los trabajos del cineasta tienen algo de películas fuera de su tiempo, con ese estilo afrancesado, a lo Godard, y ese aire reposado, ese regusto clásico. A la vez, sus películas tienen también un claro componente documental, porque son filmes en los que Trueba retrata Madrid. Sus películas captan pedacitos de vida, construyen recuerdos y plasman retratos en imágenes que perdurarán y que ayudarán a saber cómo era la ciudad, su ciudad, tiempo atrás. Han pasado sólo trece años de Los ilusos (trece, sin superstición alguna) y ya se percibe el paso del tiempo. En parte, porque sus personajes son jóvenes con alma añeja y gustos y querencias un poco de otro tiempo (se ven VHS, por ejemplo, o se reflexiona con aires melancólicos sobre los males del país), y en parte por la forma en la que la película está rodada, con ese elegante blanco y negro y esos planos también propios del cine de otro tiempo, pero también porque, en efecto, Madrid ha cambiado en estos trece años.
Uno de los hilos conductores de la filmografía de Jonás Trueba es esa vocación de retratar a Madrid. La ciudad que vemos en este filme de 2013 es una ciudad en la que no hay riders ni VTC, tampoco viviendas de alquiler turístico ni gente caminando por la calle mirando el móvil. Entonces se habla de la ley antitabaco como algo reciente y novedoso, o de la crisis, de la de entonces, y su impacto en la juventud. También se retratan muchos cine y librerías, además de tiendas de películas en VHS o tabernas tradicionales de verdad, no de las que tienen apariencia de tradicionales porque se percibe como algo cool o, peor aún, instagrameable. Lo que sí que no ha cambiado son las obras por toda la ciudad, que refleja bien la película y que no deja de ser el escenario permanente de la ciudad.
Lo que más gusta de la película, que es un ingenioso ejercicio de cine dentro del cine, es que no sólo no oculta sus imperfecciones, sino que las abraza, se regodea en ellas. Hay planos en los que vemos o escuchamos a Jonás Trueba dando instrucciones a os intérpretes, otras en las que no está claro si vemos a los personajes o a los actores que les dan vida improvisando. Es una película sobre una película, sobre la pasión por el cine y el proceso artesanal de la creación de una película al estilo singular, cuidadoso y lírico del cineasta y sus ilusos, un equipo, delante y detrás de la cámara, que lo ha seguido acompañado en la mayoría de sus trabajos.
En Los ilusos, donde Trueba habla de sus temas de siempre, la amistad, el amor, el cine y la imposibilidad de distinguirlo de la vida, las charlas y digresiones con gente querida o el papel de la literatura en nuestra vida, el cineasta también se da el lujo de incluir citas de libros, charlas sobre escenas de película y, por supuesto, una canción que suena entera, en contra de lo que suele ser habitual en el cine. En este caso es Cabalgar, de El Hijo, interpretada por Abel Hernández, en la que se pregunta dónde van las canciones que escribimos, como podría preguntarse dónde van las pelis que ruedan
En una de las escenas del filme, que está protagonizado por Francesco Carril, Aura Garrido, Vito Sanz, Mikele Urroz, Luis Miguel Madrid e Isabelle Stoffel, uno de los personajes cuenta que no le gusta hablar de una película justo después de salir del cine, porque no sabe bien del todo en ese momento si le ha gustado o no y prefiere pensar en silencio. Otro personaje eleva la apuesta y dice que va solo a ver las películas de sus directores preferidos porque siente que está en una especie de cita romántica donde tres son multitud. Esta vez yo fui solo a ver Los ilusos 13+13 y está crónica del blog, aunque empecé a tomar notas para ella nada más salir del cine, la escribo transcurrido un tiempo razonable desde que la vi. Y me pasa como siempre con las películas de Jonás Trueba, que me descubro pensando en ellas con una sonrisa en la cara pasados días desde que la vi.
Es bello que en este mundo acelerado e impersonal regido por algoritmos, IA y demás, haya cineastas que mantengan esta concepción artesanal del cine y que se regalen y nos regalen a los espectadores gestos tan a contracorriente, tan ilusos, de reestrenar en salas, esas que dicen que ahí iban, una película trece años después. Aunque sólo sea para refugiarnos en ese mundo y en ese Madrid que quizá ya no existía del todo en 2013, y que aún parece más difuminado hoy, el Madrid de Jonás Trueba y sus ilusos.

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