Supe de La parte fácil, de Ismael Ramos, cuando leí hace unos meses que La liebre, uno de los relatos incluidos en el libro, había ganado el premio O. Henry. Porque, más allá de la evidencia de que los libros o relatos no pueden ponerse a competir entre ellos, porque esto no es un deporte, los premios literarios sirven para ponerte en la pista de nuevas voces o de autores que desconocías. Si además el libro está editado por las afueras, una editorial independiente de referencia, de cuyo criterio prescriptor me fío a ciegas, no pude resistirme a acercarme a esta obra, que fue una de las muchas que compré en la parada de la editorial en el último Sant Jordi en Barcelona.
Se trata del primer libro de relatos del autor, que es poeta. Y eso se nota para bien en el lirismo de los relatos y en la belleza de las metáforas empleadas. Por ejemplo, cuando escribe de un personaje que tenía “una sonrisa que parecía permanente, pero no forzada, como las hojas perennes de algunos árboles”. O cuando afirma de otro que “tenía el pelo ondulado, con pequeños remolinos aquí y allá que no acababan de parecer rizos. Eran como hierba cortada”.
No voy a llenar esta crítica de esas preciosas metáforas que inundan los repletos de este libro, pero no me resisto a compartir alguna más. Por ejemplo, leemos que “el tráfico a esa hora es como un niño aprendiendo a tocar el violín”. Se afirma de una flor que “era redonda y estaba formada por pétalos pequeños que se disparaban en todas las direcciones, como un niño imposible de peinar” y se cuenta de un personaje de uno de los relatos que “le gustaba que los cristales estuviesen empañados, como si además de secarse la ropa se secaran las paredes”.
Con este maravilloso lirismo como hilo conductor formal entre los relatos, también hay similitudes de fondo. La mayoría de los protagonistas son jóvenes que, por distintas circunstancias, se encuentran perdidos. El libro se abre con La nutria, precioso relato en el que su protagonista, Mario, se sabe diferente, y se muestra siempre silencioso en el instituto, donde “empezaba a entender que en la vida casi todo tenía que ver con repetir una u otra vez las mismas cosas y hacer un esfuerzo por no aburrirse”.
Las relaciones maternofiliales ocupan un espacio central en varios de los relatos. En Un sol más alto, su protagonista Sara, es una informática con insomnio con su madre enferma; en Parábola de la tormenta, un autoestopista sirve como parapeto y catalizador de una discusión entre un hijo y su madre, y en Una trampa para conejos, tres hermanos se reúnen para vaciar la casa de su madre muerta.
La muerte también asoma en otros relatos del libro. El comienzo de Rubia delgada no puede ser más contundente: “no tengo claro si Laura salió ganando cuando dejó de ser la rubia delgada y pasó a convertirse en la chica muerta”. Esa frase inicial anticipa lo que ocurrirá en esa casa alquilada en la playa, pero sin vistas al mar, por un grupo de amigas. En Algo peor, Clara acude a una terapia de grupo junto a otras personas que han sufrido pérdidas dolorosas, personas que saben que “el futuro es un tigre” y a ellas ya las ha mordido.
Termino esta reseña con La parte fácil, el relato que da nombre al libro, y con La liebre, el que fue galardonado con el Premio O. Henry que me llevó a las páginas de esta obra. En él, Raúl y Valeria, dos hermanos que tienen más bien poca relación, viajan de Vigo a A Coruña para celebrar el cumpleaños de Sonia, la novia de su padre. Cierra el libro La parte fácil, que cuenta la historia de Elisa, Raúl y Marcos, compañeros de piso, éste último, escritor novel que prepara una novela. Es un broche perfecto a un libro de relatos que invita a seguir de cerca a su autor, Ismael Ramos.

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