La cultura (diría que en especial el teatro) tiene una maravillosa capacidad de abordar desde el humor cuestiones cotidianas de la sociedad. Y pocas, sin duda, generan más debates y acaparan más la atención en el día a día de muchas familias que la educación y sus cambios respecto a generaciones anteriores. Es lo que hace, con mucha gracia y con pellizcos amables e ingeniosos en todas las direcciones, Una bofetada a temps, creada y dirigida por Marta Buchaca, que puede verse estos días en en La Villarroel de Barcelona.
En el programa de mano de la obra, la directora explica el lugar desde el que escribió esta comedia. Cuenta que el modelo educativo de hoy se parece poco al de cuando ella era pequeña, que estaba muy centrado en la memorización, la disciplina y el respeto por la autoridad del profesorado. Hoy se impone otro modelo que busca tener en cuenta las emociones de los alumnos y se pone el foco en otras cuestiones poco valoradas antes. Afirma Buchaca que ella misma ha optado por este modelo de educación con sus hijos, pero no desde el convencimiento absoluto, porque este modelo también genera dudas e incertidumbres. Es desde ese lugar desde el que la autora se ríe de estas confusiones y diferencias de opinión intergeneracionales.
Una bofetada a temps reúne todas las cualidades que se le puede pedir a una comedia teatral. Para empezar, el ritmo, gracias a unos diálogos ingeniosos, con mucha chispa, extraordinariamente bien defendidos por su elenco, que es otra de las piezas clave de toda buena comedia. Ramón Madaula, Montse Guallar, Marc Rius, Eduald Font y Sara Diego llenan de verdad a sus personajes. La obra también acierta al ofrecer a la vez críticas y puntos de fuga a todos los personajes y sus posturas. El espectador, sea cual sea su opinión sobre el tema acordado, asentirá en ocasiones y disentirá en otras, le dará la razón a un personaje en una escena y se la quitará en la siguiente. Al final, con sus aciertos y sus defectos, cada uno hace lo que cree que es mejor.
La obra, de una hora y cuarto de duración, transcurre íntegramente en la sala de psicomotricidad de una escuela donde el director ha convocado a los padres y a los abuelos de un niño de ocho años. ¿La razón? El abuelo dio una bofetada al chaval y la escuela quiere denunciarlo. Como ocurre siempre en las buenas comedias, esa premisa sirve como punto de partida de toda clase de discusiones y debates cargados de ironía, en las que salen muchas cuestiones de fondo como el peso de la infancia en nuestras vidas, el empeño de todos por intentar hacerlo lo mejor posible en la educación de los hijos, la carga de trabajo habitual en nuestros días, el rol cuidador de muchos abuelos o las rígidas normas sobre el nuevo modelo educativo, que escapan al entendimiento de los abuelos, de otra generación.
Todos los personajes caen bien y mal a ratos, pero a todos se les coge cariño, porque en el fondo son humanos, muy reconocibles. Está el abuelo, de otra época, que no entiende esta educación no basada en la memoria y la disciplina, y que está más bien chapado a la antigua, que en el fondo sabe que su hijo está siendo un padre más presente para su nieto de lo que él fue para él; la abuela que intenta apaciguar, pero que no entiende demasiado la forma de educar a su nieto y que sabe más lo que calla que por lo que habla; el padre del chaval, que estudió en un cole rígido y de disciplina donde se formó muy bien, pero donde a nadie le importaban las emociones de los niños; la madre, que dedica más tiempo a su trabajo que él, lo que le hace sufrir críticas machistas, y que es más bien talibán del nuevo modelo educativo, y el director de la escuela, así con aire hippy, epítome perfecto de todo este neolenguaje que rodea ahora la educación.
Una bufetada a temps es valiente y se mete en todos los charcos que corresponde, pero es más irónica que ácida, más humorista que satírica. Por eso no juzga a ningún personaje ni esquiva en ningún momento su enfoque cómico, con momentos de ternura. Sabe a lo que juega y juega muy bien a ello. Es una comedia costumbrista muy divertida que nos recuerda a que, en efecto, el teatro tiene una capacidad única de reflexionar, entre risa y risa, sobre nuestro tiempo, con una mirada además lo suficientemente abierta y amplia como para puedan divertirse los que piensan una cosa y la contraria. Reírnos todos juntos, tal vez no de lo mismo, ni a la vez, ni con el mismo sentido, pero juntos, no es algo poco valioso en estos tiempos y es algo que consigue el teatro.

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