Confieso con cierta vergüenza que no he leído a Mercè Rodoreda. Por supuesto, había oído hablar de ella, sé que es una de las autoras catalanas más reconocidas, traducida a más de 40 idiomas, pero tengo con ella una asignatura pendiente desde hace mucho tiempo que ahora se vuelve imperioso solventar tras visitar en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) la fascinante exposición Rodoreda, un bosque. De hecho, lo primero que hago tras salir de la exposición es comprar dos libros de la autora en la librería Laie del propio CCCB, que ofrece una muy buena selección de obras interesantes.
La exposición, comisariada por Neus Penalba, es extraordinaria. Plasma la vida y la obra de Rodoreda a través de cientos de obras de todo tipo, como fotos, cartas, recortes de prensa, fragmentos de películas,, esculturas, objetos o cuadros de otros artistas con las que dialoga como Ramón Casas, Suzanne Valadon, Picasso, María Blanchard, Remedios Varo, Dora Maar, Chirico, Tàpies, Goya o Leonora Carrington. También se exponen varios cuadros y dibujos de la propia Rodoreda.
La muestra se divide en distintas temáticas presentes en la obra de Rodoreda, como la infancia, el jardín, el suicidio, el deseo, el amor, la maternidad, la guerra, lo fantástico o la fusión con la naturaleza que inspira el título de la exposición. Rodoreda, que fue la primera mujer en recibir el Premio de Honor de las Letras Catalanas en 1980, recibió sin embargo no pocas críticas con cierto tufillo machista. Se la consideró una autora sensiblera y cursi. También fue criticada por su relación extramatrimonial con Armand Obiols, su compañero en el exilio.
En un fragmento de una de las muchas entrevistas a la autora que se pueden ver en la exposición, Rodoreda cuenta que lo que importa de una escritora es su obra, no su vida. “Mi vida privada es para mí”, afirma. No fue la suya una vida fácil, atravesada por la guerra y los conflictos del siglo XX. Comprometida en defensa de la cultura catalana, tuvo que exiliarse en París, adonde partió junto a otros intelectuales en un bibliobús, después de haber trabajado en el Comisariado de propaganda de la Generalitat. Más tarde se vio forzada a huir a pie de París por la invasión nazi. Vivió en Limoges y Burdeos antes de volver a la capital francesa años después de la II Guerra Mundial. Después vivió en Ginebra y, aunque visitó a sus madre y a su hijo en Barcelona en 1949, no regresó a Cataluña hasta después de la muerte de Franco. Alejada de una Barcelona que ya no se parecía demasiado a la de su infancia, se instaló en Romanyà de la Selva hasta su muerte.
Fue en el exilio, en Ginebra, donde la autora escribió sus más célebres obras. “Escribir en catalán en el extranjero es lo mismo que querer que florezcan flores en el polo norte”, dijo. Pero nunca abandonó su lengua ni su cultura. Y, desde la distancia temporal y física, escribió sobre su ciudad natal. La Guerra Civil se filtra en su literatura, aunque contaba que no hacía nacido para escribir crónicas. “Mi tiempo histórico me interesa de modo muy relativo. Lo he vivido demasiado”, dijo. Impresionan varias fotos de la contienda de Agustí Centelles, como una en la que se ve a varios niños jugando a simular un fusilamiento.
La sinrazón de la guerra marcó su vida y aparece inevitablemente en su obra. Firmó un cuento pionero sobre el horror nazi, Noche y niebla, cuyo título está inspirado en el decreto nazi Nacht und Nebel, que tenía como objetivo eliminar a los activistas políticos en territorios ocupados. También pintó acuarelas sobre los campos de concentración. Tal vez por eso, por ese horror que le tocó vivir, adoptaba a menudo en sus obras figuras de narradores infantiles. Defendía que “ver el mundo con ojos de niño, en una constante fascinación, no significa ser bobo, sino todo lo contrario”. Una reflexión sabia que, sin duda, resuena con especial fuerza en este mundo loco y violento en el que vivimos.
Otra de las muchas frases de Rodoreda que se pueden leer en la exposición, es una que recoge Gabriel García Márquez en un artículo sobre la autora que escribió en El País en 1983 cuando se enteró de su muerte preguntando por ella en una librería en Barcelona, ya que no se publicó la noticia en el extranjero. Cuenta el escritor que visitó a Rodoreda en Barcelona y que le sorprendió lo distraída que parecía. “Quizá la más marcada de mis múltiples personalidades sea una especie de inocencia que me hace sentirme bien en el mundo que me ha tocado vivir”, le contó en aquel encuentro que recordaba con mucho cariño el autor de Cien años de soledad.
La exposición del CCCB, ya digo, reúne multitud de objetos y obras de toda clase. Entre otras, me gustan especialmente unas anotaciones sobre si vida en París, los ejemplares de los periódicos en los que empezó escribiendo en la época de la II República, Los fragmentos de películas que dialogan con su obra o incluso alguna en la que se inspiró, como El manuscrito encontrado en Zaragoza, o un disco en el que locura un texto en catalán en 1934 para ayudar a mejorar la fonética de los catalanoparlantes. Me sorprende descubrir que hubo un intento de adaptación al cine de La muerte y la primavera por parte de Agustí Villaronga, que no se pudo rodar por falta de financiación.
Termino con dos obras especialmente impactantes: la instalación sonora Canosanroque, de Laia Torrent, Roger Aixut y Julià Carboneras, que recuerda el horror de la guerra, de todas las guerras, y Feminicides, una serie fotográfica de Laia Abel en 2019, cuando recibió el encargo de Le Monde de cubrir cinco feminicidios en la isla de La Reunión. Son unas conmovedoras y muy líricas fotografías de las flores depositadas sobre las tumbas y mantienen la memoria.
Rodoreda, un bosque termina con un vídeo en el que distintos artistas y escritores como Mariana Enríquez, Colm Tóibin, Pol Guasch, Lucía Lijtmaer o David Uclés hablan de la obra de la autora catalana y defienden su vigencia, liberada ya de las simplificaciones y las críticas que la hacían de menos en el pasado. Lo mejor que puede decirse de una exposición sobre una escritora es que te haga sentir unas ganas locas de leer sus obras. Conmigo esta muestra lo ha logrado con creces.






Comentarios