“No tenía explicaciones sobre las muertes de unos y el odio de otros. Quizá la guerra era eso, no entender nada”. Esta frase que se lee en Pequeño país, editado en España por Salamandra y publicado en Francia por Grasset en 2006, se refiere a la guerra de Burundi, que empezó en 1993 y terminó en 2005, y se pone en boca del narrador de la obra de Gaël Faye, que es alguien que vivió de niño aquel horror, pero es una frase que podría aplicarse a cualquier otro conflicto. Porque ese estupor ante la sinrazón de la guerra, de todas las guerras, es universal y atemporal.
Faye, cantante nacido en Burundi con nacionalidad francesa, tuvo que huir de su país con 13 años para huir de la guerra. Igual que el narrador de su primera novela, el autor no es un exiliado de su país, sino de su infancia, lo cual es mucho más duro. El libro es ficción, sus personajes no son reales, pero todo en las páginas de esta impactante obra resuena con la fuerza de la verdad. Se percibe el gran componente autobiográfico de lo narrado, la emoción y la verdad en los sentimientos de cada personaje.
Si no fuera porque nunca es tarde para descubrir a un autor o para leer un libro, diría que llegué demasiado tarde a las obras de Gaël Faye. Lo conocí gracias a la presentación de su último libro Jacaranda, en el Instituto francés de Madrid. Aquel libro retrata a través de personajes de distintas generaciones las heridas aún abiertas del genocidio de Ruanda, también presente en este Pequeño país que, al fin, veinte años después de su publicación, he podido leer y que me ha cautivado.
El narrador de este libro es hijo de una mujer ruandesa refugiada en Burundi y de un empresario francés. Él no sabe nada de etnias, no comprende bien qué es eso de los tutsis y los hutus. Es un niño que quiere jugar y divertirse, como todos los niños. No comprende el odio, los susurros, las miradas de alrededor. A diferencia de su amigo Gino, muy interesado desde pequeño en la política, con una muy marcada identidad ruandesa, él no sabe ni quiere saber nada de política. Se cartea con una alumna de un colegio de Francia. Fantasea y juega. Eso es todo. Hasta que el odio, la guerra y la sinrazón se cruzan en su camino.
“La paz solo es un corto intervalo entre dos guerras”, escucha el niño decir a un adulto de su familia. En la tele se habla de las primeras elecciones democráticas de Burundi. Ve a algunos adultos muy felices con los resultados y a otros preocupados. También algunos indiferentes. El 21 de octubre de 1993, El crepúsculo de los dioses, de Wagner, anuncia en la radio un golpe de Estado. Él vive en Buyumbura, pero tiene familia en Kigali, la capital de Ruanda, adonde viaja para asistir a una boda. Contrasta esa alegría familiar con el espanto que está por venir. El genocidio. La guerra. El odio. Las masacre. Hay pasajes muy duros en la novela. La guerra arrasa con todo. Con miles de vidas. Desde luego, con la infancia del narrador.
En la novela, que muestra la vergonzosa inacción de la comunidad internacional, el narrador intenta mantenerse al margen de la guerra. No quiere odiar a nadie, no quiere entrar en la locura que lo rodea. Se refugia en la lectura. Intenta aislarse. Pero la violencia lo invade todo. Al igual que pasa con Jacaranda, el libro es muy duro, pero también tiene pasajes bellos y, desde luego, sirve como alerta ante el riesgo de las guerras, de todas las guerras. El libro habla de un conflicto ya pasado, pero tristemente no puede ser más actual en un mundo como el nuestro. Es un libro extraordinario.

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