En febrero del año pasado, dos meses antes del día del libro y la rosa, la histórica librería Sant Jordi de Barcelona cerró sus puertas. Tras la muerte de su propietario, Josep Morales Monroig, a su pareja, Cristina Riera, no le quedó otra opción que liquidar. Así que el 23 de abril del año pasado fue el primero en mucho tiempo sin esta librería abierta en el corazón de la calle Ferran, la que une La Rambla con la Plaza de Sant Jaume.
Como si de una leyenda de Sant Jordi se tratara, sólo que los dragones del siglo XXI son la gentrificación, los precios disparados de los alquileres y la invasión de horteras locales para turistas con dudoso gusto, diez meses después de aquel cierre, la librería Sant Jordi reabrió sus puertas a finales del año pasado. Por tanto, este 23 de abril, hace unos días, volvió a ofrecer a sus fieles clientes y a los visitantes que la descubren por primera vez la opción de descubrir libros y también de comer en su interior, porque en esta nueva etapa incluye también un coqueto comedor rodeado de libros.
Esta librería se ha convertido de golpe en uno de mis lugares preferidos de Barcelona, al que sé que volveré en cada nueva visita a la ciudad. La visité el día después de Sant Jordi, cuando los libreros recogían y ponían orden tras la avalancha libresca del día anterior. Me atendieron con mucha amabilidad y pude disfrutar de una comida riquísima en un escenario insuperable y con precios más que razonables.
La victoria de la librería Sant Jordi ante el dragón de la gentrificación tiene muchos nombres. Uno, desde luego, muy destacado, es el del empresario Rafa Serra, dueño de la agencia de viajes Temps d'Oci y de los hoteles Salat'SHH, artífice de esta repartirá y que ya hizo lo mismo con L'Espai Quera. Además de mantener su vocación inicial de venta de libros de segunda mano y, ahora también, novedades catalanas y distintas obras vinculadas a la ciudad, la librería celebra actos culturales y tiene una corta pero muy apetitosa carta para comer directamente en la librería, rodeado de libros y estantes de madera de otro tiempo, o en la rebotica, también con guiños a la literatura por todos lados. Hasta la cuenta te la traen metida dentro de un libro.
Volveré a probar más de su carta. Lo que comí me encantó, empezando por una tabla de quesos de la tierra, a cual más rico, exquisito para todo loco de los quesos como yo, y terminando por una milhojas de crema inenarrable elaborado por una pastelería cercana, pasando por un exquisito foie. Pero hay mas platos suculentos que estoy deseando volver a probar. Como es un espacio pequeño y tiene pocas meses, conviene reservar en su página web.
Que una librería historia que hacía cerrado sus puertas vuelva a abrir es una excelente noticia. Que además lo haga con una atractiva oferta de espacio cultural con un rincón gastronómico de calidad es todavía mejor. Y que esa librería desafíe todas las amenazas a las que se enfrentan los comercios locales en ciudades grandes como Barcelona es casi un milagro. No hay más que ver el tipo de locales que inundan la calle Ferran para comprobar lo tristemente anómalo que es la existencia de una librería como la Sant Jordi. Por eso es una fiesta que siga abierta, es algo que celebrar y pregonar.
Hace unas semanas, poco antes de Sant Jordi, el Ayuntamiento de Barcelona anunció un ambicioso plan de apoyo a librerías. Bienvenido sea. Porque la esencia de las ciudades está también en sus comercios locales, incluidas las librerías, esos que desparecen sin cesar por la amenaza de los dragones del siglo XXI. La renacida librería de Sant Jordi, con su en cuanto de otro tiempo, con su serenidad, su buena música, su entorno bellísimo, sus sugerencias lectoras y gastronómicas, nos recuerda que no todo está perdido. Larga vida a las librerías de siempre.



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