De los libros de Haruki Murakami puede decirse lo mismo que afirma el protagonista de su última novela, La ciudad y sus muros inciertos, sobre los sueños que se dedica a leer, que “no pedían ser interpretados dentro de un marco convencional de significado”. O también lo mismo que Murakami le hace decir a uno de los personajes de su libro sobre la literatura de García Márquez, que “en sus relatos, realidad e irrealidad, vida y muerte, se entremezclan en un todo único, como acontecimientos normales de la vida cotidiana”.
Que el realismo mágico es una inspiración clara para Murakami está fuera de toda duda, pero pocas veces antes el autor japonés había incluido una mención expresa tan directa a García Márquez, uno de los padres de esa corriente. En esa conversación sobre el autor de El amor en los tiempos del cólera, otro personaje afirma que, en efecto, a ese estilo literario se le conoce como realismo mágico, pero se pregunta si “su obra no sería para García Márquez de simple realismo sin más”, porque ese era el mundo en el que vivía el escritor, “un mundo donde realidad e irrealidad se presentaban entrelazadas, indistinguibles, y él simplemente escribía observando ese mundo que tenía ante sí de forma cotidiana”. Parece claro que ésa es también la mirada de Murakami a la vida y al mundo que lo rodea. Por eso lo fantasioso y lo real resultan del todo indistinguibles en sus novelas.
También incluye un epílogo, algo infrecuente en él, y se justifica por ello. Aunque dice que sentía reticencia por escribir un epílogo para una obra suya, explica que la novela se basa en un relato homónimo publicado en 1980 en una revista literaria. Cuenta que no se quedó satisfecho con ese relato, que escribió en los tiempos en los regentaba un local de música jazz, y que por eso es uno de sus pocos escritos que no había publicado ni como novela corta ni como parte de sus antologías de relatos. Desarrolló la historia de ese relato en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, pero tampoco se quedó plenamente satisfecho, porque quiso explorar otras alternativas posibles a aquella historia inicial de su relato. Finalmente, en 2020, cuando estalló la pandemia del Covid-19, el autor japonés se puso a escribir esta novela, que, según cuenta, tiene un significado especial para él, ya que le lleva acompañado cuatro décadas.
El libro, editado en España por Tusquets con traducción de Juan Francisco González Sánchez, es puro Murakami. Y también creo que es uno de los mejores de sus últimos trabajos. Sus protagonistas son dos jóvenes adolescentes que se conocen en un concurso de redacción y que se enamoran. Ella le habla a él de una ciudad misteriosa en la que las personas pierden su sombra, hay unicornios paseando, los relojes no tienen manecillas y un amplio muro cerca la localidad para impedir a nadie salir de ella. Como es habitual en los libros de Murakami, lo supuestamente real y lo supuestamente ficticio van de la mano, quizá porque, como dice la protagonista, a veces es imposible distinguir lo que se ha vivido de lo que se ha soñado.
“En mi opinión, no hay persona en este mundo que no guarde algún secreto insondable en lo más recóndito de su corazón. Es más, me atrevo a afirmar que ello es necesario para desenvolverse y sobrevivir en el mundo”, leemos en un pasaje de la novela. El libro se nutre de secretos, de sueños, de ilusiones, de misterios. Hay fantasía, hay personajes peculiares, hay confusión sobre lo que sucede. Todo ello con su prodigioso estilo de siempre, con su asombrosa capacidad de ir haciendo crecer la historia con más y más imaginación a cada páginas, con distintos tiempos y espacios, también con cambios fugaces de voces narrativas.
Además del realismo mágico, tan presente siempre en los libros de Murakami, aquí mencionado expresamente, leyendo la maravillosa La ciudad y sus muros inciertos he recordado la idea de Carmen Martín Gaite sobre la búsqueda del interlocutor. Porque este libro es también, o diría que sobre todo, un canto a la fantasía y la imaginación, es decir, a la literatura, imposible de entender sin tener alguien al otro lado con el que dialogar e intercambiar conversaciones. La literatura como el lugar donde todo es posible, donde el idioma de repente tiene alas y el lector disfruta de lo que lee incluso aunque a veces no lo entienda del todo, o precisamente por ello.

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