La península de las casas vacías

 

Aunque me estoy quitando, a veces todavía tengo esa actitud absurda de recelar de un libro que ha sido muy exitoso, del que todo el mundo habla. Sé que, si me llama la atención, lo terminaré leyendo antes o después, pero lo voy postergando. Me ocurrió con La península de las casas vacías, de David Uclés, editado por Siruela. Curiosamente, fueron las desaforadas críticas a Uclés tras recibir el premio Nadal por su nueva novela, La ciudad de las luces muertas, que estoy deseando leer, las que terminaron por animarme a acercarme al fin su más afamado libro, por esa misma vocación de ir un poco a contracorriente. Ahora que tanta gente critica a Uclés, por alguna razón que, en muchos casos, se parece demasiado a la envidiosa mal disimulada por su éxito, es momento de leerlo al fin. Y, tras tanto ruido, es el turno de la literatura. 

Los libros hablan por sí solos y la calidad literaria, la audacia, el atrevimiento y el talento narrativo que exhibe Uclés en La península de las casas vacías están muy encima de cualquier consideración extraliteraria que hagan los unos y los otros (o los hunos y los hotros). Allá cada cual con sus complejos, sus envidias mal disimuladas, sus manías, sus prejuicios, sus fobias o sus confusiones. Aquí hemos venido a hablar de literatura y esta novela, que se propone el nada sencillo reto de contar la Guerra Civil española desde el realismo mágico, es un soberbio exponente de la mejor literatura: atrevida, original, ágil, lírica, cautivadora. 

El autor sitúa la historia en Jándula, un pueblito andaluz que es trasunto en la ficción de Quesada (Jaén). A través de la descomposición de una familia, los Ardolento, la novela narra la contienda fratricida española (ibérica, diríamos, porque en el libro España es Iberia). Esa familia, se nos dice al comienzo del libro, pasó de contar con cuarenta miembros en 1936 a desparecer por completo. 

En Iberia, país al que pertenecía Jándula, con voluntad, paciencia y algo de fe, en ocasiones la lógica se invertía al capricho de sus habitantes”, leemos en la propia novela, llena de hallazgos y de atrevimientos, de saltos al vacío, desde el mismo momento en en que se decide narrar con toques de realismo mágico el más traumático episodio de la historia de España. Con un estilo poético, de frase corta, repleto de vocabulario precioso del mundo rural, la obra cuenta la historia de la guerra fratricida que desangró España entre 1936 y 1939. Es muy atrevida la forma en la que combina el realismo más crudo y descarnado, la dureza de la contienda civil, las menciones a las batallas y los personajes reales de la guerra, con leyendas y sucesos inexplicables, con guiños de puros fantasía. Es muy osado lo que hace el autor, asume muchos riesgos, y de todos sale más que airoso. 

Eso es lo más relevante de La península de las vacías, lo que más eleva su indudable calidad literaria. No sólo parte de una buena y ambiciosa idea, contar la Guerra Civil española desde un prisma inédito hasta ahora y casi kamikaze, sino que es una buena y ambiciosa idea muy bien ejecutada, con un precioso ejercicio de gran literatura. Aparecen por las páginas de la obra las principales batallas y los momentos decisivos de la contienda, con rigor histórico, pero también, en un perfecto y milagroso equilibrio, aparecen situaciones surrealistas y pasajes fantasiosos, como cuando se cuenta que en Jándula crecen acelgas cuando se avecina una guerra y que allí “las lágrimas brotaban de un color diferente dependiendo de la emoción: rojas de amor, azules de tristeza, negras de color, amarillas de alegría…”.  

No leáis este libro como fuente, sino como ficción histórica”, nos dice el narrador de la obra. Porque, sí, otro de los alicientes del libro es que el narrador interpela al lector con gracia durante toda la novela. También habla con los personajesA mí, como narrador, en caso de que queráis saberlo, la verdad es que me interesa bien poco como personaje, vamos, que ni fu ni fa. Prosigo”, leemos en un pasaje. O cuando escribe sobre dos personajes: “así pues yo, narrador de esta historia, los retiro oficialmente”. E incluso pone en boca de los personajes referencias directas al lector: “-¿Y a los lectores? ¿Les explicamos a qué tanto miedo? -¡No seas metijón! Ya se enterarán ellos si es menester…”. 

Otro pasaje más en el que él interpela al lector: “no sé si os habréis percatado, en las reacciones de varios personajes, de cierta dicotomía existencialista: los íberos no sabían si creer en Dios o en el narrador. Desconocían si eran lo mismo o no, y si alguno de los dos existía. Por regla general, la idea de ser un producto narrativo les angustiaba más que la de ser criaturas de un ente celestial”. También le cuenta al textos a veces cuándo se toma licencias, como cuando adelanta su futuro a algunos personajes reales o cuando el narrador cita a Franco por telegrama en la iglesia de Santo Tomé, en Toledo, para hablar con él. 

El libro, que también incluye menciones a la música en distintos pasajes en los que el narrador hace que los personajes escuchen canciones o piezas apropiadas para la situación que están viviendo, sigue las andanzas de una familia encabezada por Odisto, a través de las cuales, relata las atrocidades y las barbaridades de los dos bandos

También, en cierta forma, es un libro de viajes por España, porque sus protagonistas salen de su pueblo por primera vez y descubren, no en las mejores condiciones, claro, otros pueblos y ciudades del país. De Cuenca, por ejemplo, dice que “no parecía una ciudad manchega, sino más bien lusitana”.  Se cuenta que en los cines de Barcelona había que sentarse en en suelo porque sus butacas se habían usado como barricadas urbanas y que exponían la película documental Tierra de España (Iberia en la novela), escrita por Dos Passos y Hemingway, naturalmente, prohibida en territorio franquista. A su vez, se cuenta que en territorio republicano se prohibió Morena clara por las inclinaciones franquista de su director, Florián Rey, y de su protagonista, Imperio Argentina. 

Mientras leía el libro, Uclés siguió siendo criticado con saña por otras razones, como su decisión (en mi opinión, errónea) de no participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil para no coincidir en el cartel con Aznar y Espinosa de los Monteros. Pero yo, ya digo, estaba gozando con su literatura. Y la literatura habla por sí sola. Tras disfrutar de La península de las casas vacías, en fin, comprendo que no haya la más mínima referencia a la literatura en esas recientes críticas furibundas a Uclés en muchos medios a raíz del premio Nadal, con una tirria y una envidia indisimulada. No hay forma de criticar su obra desde criterios estrictamente literarios. Hablan de su boina, del personaje que dicen que se ha construido (como si fuera el único) o de cómo un gran grupo editorial lo ha fichado a golpe de un premio literario (ídem). Ni los más fervientes odiadores de Uclés pueden decir nada contra el talento literario de su libro más popular, pero al final, si hablamos de literatura, exactamente eso es lo único que importa. 

Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra, los organizadores del seminario sobre la Guerra Civil al que el autor decidió no acudir, dijeron en un airado comunicado que confiaban en que “los posibles lectores presentes o futuros de David Uclés tomen buena nota de todo esto”. Yo no hablaré por otros lectores, sólo faltaría, pero lo único de lo que yo tomo nota cuando elijo qué libros leer es es de la calidad literaria de la obra en cuestión. Eso es todo lo que me importa. Y La península de las casas vacías es una novela extraordinaria que me hace desear leer lo antes posible La ciudad de las luces muertas

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