Amarga Navidad

 

Aitana Sánchez-Gijón ha contado en alguna entrevista que rodar con Almodóvar es como rodar en verso o en un idioma extranjero, porque el director tiene su propio lenguaje personalísimo. Ese tono almodovariano, eso que hace único su cine, está muy presente en la soberbia Amarga Navidad, en la que el cineasta manchego redobla la apuesta por la autoficción abierta ya por la excepcional Dolor y gloria, aunque a la vez toma una serie de riesgos  nunca antes vistos en su cine, que está repleto de riesgos por todas partes

La última película de Almodóvar contiene múltiples referencias y guiños a sus trabajos anteriores, pero a la vez el director nos ofrece algo inédito en su filmografía. Todo suena familiar, sí, pero aquí el cine del director se cuestionan a sí mismo como nunca antes, con una osadía, un atrevimiento y una frescura que muestran a un director en plena forma. En el filme reconocemos la música de Alberto Iglesias, tan representativa de las películas de Almodóvar, así como su apabullante fotografía de siempre, el ingenio de sus diálogos, temas y escenarios vistos ya en otros trabajos suyos, escenas con aires al Almodóvar de otros tiempos más nocturnos, fiesteros y alocados... Pero, al mismo tiempo, Almodóvar juega con la propia trama de la película y reflexiona como nunca antes sobre la relación entre la realidad y la ficción.

Ya sólo me interesa escribir contra mí mismo” escribió Sartre. Puede que Almodóvar suscriba estas palabras del escritor francés. Tal parece, desde luego, al ver lo lejos que llega al cuestionar la forma de nutrir sus historias de las vidas ajenas que lo rodean y que tiene su alter ego en la ficción, a quien interpreta Leonardo Sbaraglia. Es magistral la forma en la que la película se enreda, cuestiona, niega y refuta a sí misma. Es metacinematográfica a más no poder, como uno de esos libros de Emmanuel Carrère que parecen ser escritos a medida que los leemos, y en los que el autor no tiene miedo de exponerse y cuestionarse a sí mismo. 

Cuanto menos se sepa sobre la historia de esta película antes de ir al cine, mejor. Conviene no desvelar más lo de necesario sobre este juego de espejos. Hay momentos en los que vemos cómo se escribe el guión de una película dentro del guión de otra película que, a su vez, se encuadra en la misma película que estamos viendo. Suena lioso y confuso, pero no lo es. Es original, atrevido y juguetón, eso sí. Es genial. Es la demostración más poderosa de que Almodóvar está en plena forma y de que su cine ha entrado en una nueva era, tan distinta a sus alocados y geniales comienzos como genial y sugerente. Parece obvio que se ha inspirado mucho en su propia vida para esta película, pero desde luego no en lo de retratar a un director con sequía creativa y sin ideas. Nada que ver. Más bien demuestra que sigue teniendo retos, que le sigue fascinando contar historias y que mantiene una habilidad inigualable para hacerlo desde la más absoluta libertad creadora. 

Almodóvar ya nos había mostrado antes cine dentro del cine, ya había rodado en las hipnóticas playas negras de Lanzarote, ya había abordado desde la ficción episodios de su propia vida como la muerte de su madre y también había rendido ya homenaje a Chavela Vargas integrándola en la trama de sus historias, pero nunca antes había hecho algo como lo que se atreve a hacer en Amarga Navidad. A lo Sartre, nunca había escrito contra sí mismo de un modo tan osado. 

La citada Aitana Sánchez-Gijón, excelente como acostumbra, deslumbra especialmente dentro de un elenco en el que también se encuentran, aparte del citado Leonardo Sbaraglia, la impecable Bárbara LenniePatrick Criado, Victoria Luengo, Milena Smith y Quim Gutiérrez. Antes o después, casi todos los grandes cineastas termina haciendo una película sobre el propio proceso creativo. Almodóvar ha hecho varias, pero Amarga Navidad, basado en parte en uno de los relatos que incluye en su libro El último sueño, ofrece algo muy diferente a todo lo visto anteriormente en su extensa y exitosa filmografía. Y ya sólo eso, que siga teniendo la capacidad de reinventarse y de sorprendernos después de tantos años, no es algo que podamos decir de muchos directores de la veteranía de Almodóvar

Así que, como en la Canción de las simples cosas que suena en un exquisito momento del filme, uno de esos que sabemos que no olvidaremos fácilmente, uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. Como, por ejemplo, una sala de cine que proyecta la última película de Almodóvar. 

El cineasta manchego ha contado alguna vez que cuando de niño su madre les leía las cartas de familiares a vecinos analfabetos, ella se inventaba pasajes que en realidad no venían en las cartas. En ese momento, añadía, aprendió la diferencia entre realidad y ficción y también que la realidad necesita ser completada por la ficción. En el fondo, ese niño no ha dejado de completar la realidad con la ficción desde entonces, y en Amarga Navidad lo hace de un modo brillante, como nunca antes.  

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