Que faire de la littérature ?

 

Tras publicar L’effrondremet, dedicado a su hermano, Édouard Louis contó que no iba a volver a escribir sobre su familia. De momento, el autor francés no lo está cumpliendo del todo. En Que faire de la littérature?, editado por Flammarion, vuelve a sus temas clásicos, con su talento para tomar sus vivencias personales y, a partir de ellas, reflexionar sobre las diferencias de clase y la literatura. He disfrutado mucho de este libro de entrevistas de Mary Kairidi al autor francés, que está repleto de ideas sugerentes. No sé si en sus próximas obras hablará de su familia o no, pero, de momento, el escritor reivindica la literatura de lo íntimo y llega a afirmar que cuando lo acusan de ser impúdico o de voyeur, sabe que va en la buena dirección. También afirma que nunca se ha sentido interpelado por la prohibición ética de escribir de otras personas sin su permiso. 

El autor cita al poeta palestino Marwan Makhoul, quien escribió que “para escribir una poesía que no sea política tengo que poder escuchar a los pájaros y, para poder escucharlos, debe ceder el ruido de las bombas”. Sin comparar su situación con la del pueblo palestino, lógicamente, viene a decir que hay autores que, por sus circunstancias vitales, no pueden no recurrir a la autobiografía desde una mirada crítica y política. No comparte que haya tanta autobiografía y no comprende las críticas viscerales a los libros autobiográficos de no pocos críticos literarios y escritores. En su opinión, de hecho, muchas de las biografías que se presentan como tales no lo son en realidad. El pacto autobiográfico es el riesgo, contar lo que no se puede contar, romper con los relatos prefabricados, afirma. 

El libro, ya digo, es fascinante para quienes adoramos la trayectoria literaria de Édouard Louis, y también puede ser un magnífico punto de entrada en su obra para quienes no lo conozcan. En él el autor comparte cómo entiende la literatura, siempre muy marcada por su mirada de tránsfuga de clase. Quiere emocionar y poner en cuestión los principios literarios, que considera burgueses, contrarios al gusto popular y a lo que se asocia como femenino. Compara las reglas literarias con las reglas del género: no están escritas en ningún sitio, pero están por todas partes. Él se rebela contra esas reglas que dicen que la literatura debe ser sobria, sin excesos emocionales. Considera que la emoción es rechazada por las clases sociales dominantes para marcar distancias con las populares, igual que hacen con la comida y la ropa. Por esto también está en contra de la hegemonía de lo implícito, de lo sugerido, que considera un marcador de clase, algo propio del arte burgués.

La sociedad en la que vivimos habla el idioma de la voluntad, de la libertad individual, del mérito, del esfuerzo, el proyecto de vida, todo eso, el tránsfuga de clase sabe que es falso, que ese idioma es una mentira, escribe el autor en una de sus reflexiones sobre la sociedad actual. También aborda otra idea presente en sus liras anteriores, en especial, en Qui a tué mon père, dedicado a su padre: que la política condiciona la vida de las clases populares, que una decisión como dejar de subvencionar un medicamento cambia la vida a personas pobres, mientras que las personas de clases sociales altas pueden opinar de la política como un juego de salón, porque en realidad no les va la vida en ello.

El autor afirma que también necesita a veces escapar de historias políticas para leer novelas de amor o policiales, y asegura también que no le gusta nada esa frase hecha que dice que todo lo personal es político, pero lo cierto es que su forma de entender la literatura, su propia forma de estar en el mundo, es claramente política y muy comprometida. Por ejemplo, recuerda que pocos meses después de publicar su exitosa primera novela renunció a acudir a un salón del libro al que estaba invitado un ensayista de extrema derecha. Un escritor veterano le recomendó no meterse en política si quería ser reconocido en el mundo literario. Siente que cuando le dicen que no hable de política lo que le están diciendo realmente es que no hable de la vida de los pobres. 

En el libro de entrevista, Édouard Louis habla de los autores que lo inspiran y de su voluntad de dar a cada uno de sus libros un estilo diferente. Llega a contar que aún le da vueltas a alguna frase que incluyó en algunas de sus obras y de las que se arrepiente. Cuenta, por ejemplo, que toma las manifestaciones como inspiración para su literatura, por el uso de lo hiperexplícito, las frases que se repiten como eslóganes. Y asegura que busca confrontar a los lectores con lo que saben pero no quieren ver. 

Es muy contó leer, por ejemplo, que él siente una admiración absoluta e incondicional por muchos autores y autoras. Considera que en el mundo cultural hay un rechazo al entusiasmo excesivo, que vincula también al desprecio a las clases populares, porque se asocia con ellas la actitud de ser muy fan de algo o de alguien. Cuando empezó a escribir quería imitar a André Gide, Marguerite Duras y Toni Morrison. De nuevo desde la mirada del tránsfuga de clase, contempla que en realidad en el mundo de las clases dominantes hay imitadores legítimos (burgueses con los que iba a la universidad) e ilegítimos (él cuando empezó a hablar y a vestir diferente). Se suele definir como auténtico lo que viene impuesto por nacimiento. Se apoya en una escena de Todo sobre mi madre, de Almodóvar, al que venera, para defender como, a veces, la autenticidad pasa precisamente por rebelarse contra lo que viene de nacimiento, 

El autor, que tuvo al teatro como primer punto de entrada en la literatura, y que concibe como el arte popular por excelencia apropiado por la burguesía como muestra de sofisticación, cita con frecuencia a Bourdieu, uno de sus autores de cabecera. Comparte muchas de sus reflexiones, entre ellas, la de que existen entre las clases altas dos visiones igualmente falsas y dañinas sobre los pobres: la que los presenta como salvajes violentos y la buenista que los presenta como buenos salvajes, como gente especial, más auténtica, desde una mirada paternalista. Es lo que Bourdieu llamaba adversarios cómplices. Pretenden ser miradas contrapuestas, pero en realidad se complementan y ambos contribuyen a crear estereotipos sobre las clases populares. Lo sintió al publicar su excepcional Para acabar con Eddy Belleguele en el que contó la huida de su pueblo natal para poder vivir en libertad. 

El autor busca desmitificar las ideas preconcebidas sobre los escritores. Dice, medio en broma, medio en serio, que a veces piensa que es escritor para no tener que madrugar, porque detesta las mañanas. Comparte su rutina. Se levanta a las once y media, no escribe más de cuatro horas al día, después de haber leído o releído obras que le cautivan para renovar su creencia en el poder de la literatura. Cena siempre fuera de casa en compañía de sus amigos. Y afirma que lo más difícil en la literatura es la búsqueda de lo real. Es a lo que él se dedica en sus obras, siempre fascinantes y atractivas, sugerentes y provocadoras, siempre universales desde lo íntimo. 



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