C’est fini. Siete libros y más de 2.700 páginas después, acabo de terminar de leer En busca del tiempo perdido, la obra magna de Marcel Proust, uno de los mejores y más influyentes libros de la historia de la literatura universal, uno de los que más he disfrutado en mi vida. La obra, dividida en siete tomos, comienza con Por el camino de Swann, donde el narrador, alter ego del propio Proust, recuerda su infancia, cuando esperaba que su madre fuera a darle un beso de buenas noches, y lo termina reflexionando sobre la vejez y sobre el paso del tiempo, que es el gran tema de su obra, en El tiempo recobrado, el último de los siete volúmenes, que acabo de cerrar. “La vida se nos presenta como un cuento de hadas en el que se ve de un acto a otro cómo el bebé se convierte en adolescente y el hombre maduro se inclina hacia la tumba”, escribe en él Proust.
En este último libro de la monumental obra irrumpe la I Guerra Mundial y el narrador hace mención expresa a sus planes de escribir la obra que estamos leyendo. Las referencias a la contienda ofrecen páginas deslumbrantes, luego me referiré a ello, pero, llegados hasta aquí, lo que más emociona al lector son los pasajes relativos al propio proceso de escritura de esta obra que Proust empezó con 34 años, después de la muerte de su madre en 1906, y que concluyó poco antes de su propia muerte en 1922.
En busca del tiempo perdido fue el gran proyecto de su vida, hasta el punto de que se recluyó y prácticamente no se dedicó a nada más que a esa obra en los años que duró la creación del libro. Los expertos en Proust han escrito ríos de tinta sobre la inspiración en la realidad de los personajes y los sucesos narrados en la obra. Albertine, el gran amor del narrador, parece inspirada, al menos en parte, en Alfred Agostinelli, de quien se enamoró Proust, y a quien contrató primero como conductor y después como secretario. Él también se marchó de su lado, como Albertine, y, su muerte, en un accidente de aviación, se asemeja incluso a la de Albertine, en un accidente montando a caballo. También se sabe que la madre del escritor ejerció mucha influencia sobre él, igual que sucede con el narrador del libro, o que mantuvo una relación tirante con su padre, lo que es coherente con las escasísimas menciones al progenitor del narrador en el libro. El libro incluye igualmente menciones a la delicada salud del narrador y, por supuesto, tiene la homosexualidad entre sus temas centrales, algo que encaja con la orientación sexual de Proust, que vivió con con desasosiego y cierto sentimiento de culpa debido a la mentalidad estrecha de la época.
Son preciosas las páginas de este último libro en la que el narrador menciona expresamente de su tarea de escribir esta obra, de la que dice que quiere que sea grande como Las mil y una noches, y que versará sobre el tiempo, sobre las gentes que lo rodearon, sobre su propia vida. “En vez de trabajar, viví en la pereza, en la disipación de los placeres, en la enfermedad, en los cuidados, en las manías, y ahora emprendía mi obra en vísperas de morir, sin saber nada de mi oficio”, leemos, ya casi al final de la obra. También incluye reflexiones sobre el arte y la literatura, como cuando escribe que "sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes no serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna”.
En ese proceso de escritura cuenta con el paso del tiempo, los recuerdos y las impresiones ante objetos, pequeños detalles o paisajes, pero también se apoya en el sueño. De hecho, escribe que “el sueño era todavía uno de los hechos de mi vida que más me habían impresionado siempre, que más debieron de servir para convencerme del carácter puramente mental de la realidad, y cuya ayuda no desdeñaría en la composición de mi obra”.
En este juego metaliterario que tan hábilmente plantea Proust, hay un pasaje maravilloso en el que leemos: “en este libro donde no hay ni un solo hecho que no sea ficticio, donde no hay un solo personaje con clave, donde todo ha sido inventado por mí según las necesidades de mi demostración, debo decir en elogio de mi país que únicamente los parientes millonarios de Francisca que dejaron su retiro para ayudar a la sobrina desamparada son personas reales, personas que existen”.
Aquel pasaje se refiere a la acción de los familiares de Francisca, la sirviente del narrador de la obra, durante la I Guerra Mundial. La contienda tiene un gran impacto en el libro, por cuyas páginas aparecen espías, restaurantes llenos en París con personas ajenas a la guerra, soldados de permiso vagando por las calles, declaraciones patrioteras de quien se cree libre de ser llamado a filas, personas supuestamente bien informadas que se muestran convencidas de que la guerra no duraría más de diez días, batallas por controlar caminos y cerros por los que el narrador paseó en su infancia, salones de té donde se hablaba antes de asuntos de sociedad y obras teatrales y se pasa a hablar de la guerra, hombres que comen y beben en exceso para rebasar los cien kilos de peso y no ser llamados a filas, muertes de amigos en el frente…
También aparecen en el libro personajes nada patrióticos y más bien germanófilos como monsieur de Charlus. De él escribe “era muy inteligente, y, en todos los países los más numerosos son los tontos; no cabe duda de que, viviendo en Alemania, los tontos alemanes, defendiendo tontamente y con pasión una causa injusta, le habrían irritado; pero, viviendo en Francia y defendiendo los franceses tontamente y con pasión una causa justa, no lo irritarían menos. La lógica de la pasión, aunque esté al servicio del menor derecho, no es nunca irrefutable para el que no está apasionado. Monsieur de Charlus denunciaba con inteligencia cada razonamiento falso de los patriotas”. Maravilloso.
El autor describe la vida de París en guerra, con una asombrosa normalidad, incluso, bajo los bombardeos. “En aquel París cuya belleza había visto yo, en 1914, amenazada y casi sin defensa, por el enemigo que se acercaba, había ciertamente, ahora como entonces, el mismo esplendor antiguo de una luna cruelmente, misteriosamente serena, que derramaba en los monumentos todavía intactos la inútil belleza de su luz”, escribe.
Como en los libros anteriores, el narrador también habla de la homosexualidad (con un pasaje en el que descubre una casa de citas para hombres) y critica a la alta sociedad, de la que escribe lindezas como “su frivolidad era tan sistemática que el linaje, unido a la belleza y a otros prestigios era lo duradero, mientras que la guerra, como el asunto Dreyfus, eran modas vulgares y pasajeras”. La guerra permite al narrador reflexionar sobre la naturaleza humana y sobre cómo cambian la sociedades con el paso del tiempo. “En el mundo (y este fenómeno social no es más que una aplicación de una ley psicológica mucho más general), las novedades, culpables o no, sólo espantan a la gente hasta que son asimiladas y rodeadas de elementos tranquilizadores”, escribe.
En busca del tiempo perdido, del que me despido con tristeza, regala una prosa prodigiosa y también un buen puñado de frases que son píldoras de sabiduría durante, sugerentes reflexiones sobre la vida. Quizá la que más me ha gustado, con la que puedo cerrar esta crónica que no querría terminar nunca, igual que no querría acabar el libro, sea esta: “la belleza de las imágenes reside detrás de las cosas; la de las ideas, delante. De suerte que la primera deja de maravillarnos cuando hemos alcanzado las cosas, mientras que la segunda no se compense hasta que las hemos rebasado”. En busca del tiempo perdido está lleno de ideas bellas, es un festín de la mejor literatura. Es un libro que deja huella y que, más de un siglo después de ser escrito, sigue cautivando al lector con su prosa deliciosa, su costumbrismo y sus reflexiones atemporales sobre la condición humana. Una obra maestra imposible de olvidar y a la que sé que volveré una y otra vez. Hasta pronto. À bientôt !

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