Como toda buena historia sobre la muerte, Tres adioses habla en realidad de la vida, que se describe en un momento del filme como un precioso accidente. La encantadora última película de Isabel Coixet, basada en el libro de relatos Tres cuencos, de Michela Murgia, es una maravillosa celebración de la vida. Del mismo modo que habla de la vida partiendo de una historia de enfermedad y muerte, también lo hace del amor tomando como punto de partida una ruptura amorosa, porque a veces las cosas no se valoran del todo hasta que se pierden.
La protagonista de la película, a quien da vida una hipnótica Alba Rohrwacher, es una profesora de educación física que fue gimnasta de joven y que tiene que enfrentarse de golpe a la ruptura con su pareja de siete años (Elio Germano) y a un diagnóstico de salud adverso con mal pronóstico. Esta crisis vital, que la hace sufrir mucho en un primer momento, lógicamente, termina llevándola a comprender que la vida vale la pena ser vivida, a pesar de todo, como le escuchamos en un momento de la película, y también la lleva a tener nítidamente claras las prioridades.
En este mundo acelerado, de prioridades confundidas, de valores trastornados, de tanta presión por el qué dirán, de tantas y tantas preocupaciones por tonterías, la protagonista conecta más que nunca consigo misma y con la vida. Como en muchos otros trabajos anteriores de Coixet, la comida ocupa un espacio central, porque es uno de los grandes placeres de la vida, porque somos lo que comemos. Y porque, como también se escucha en una de las mas emotivas y simbólicas escenas de la película, debemos cuidarnos a nosotros mismos, no hacernos daño, que ya de eso se encargará la vida.
El filme, delicioso, irresistible, nos recuerda que la vida es más divertida dando pedales en una bicicleta, que nunca es tarde para aprender coreano, que conviene rehuir aquello que uno no quiere hacer y escapar de los compromisos, que está bien decirle a alguien que nos gusta, que siempre pueden alegrarte el día tres cuencos bonitos de cerámica que compraste sin saber qué uso les ibas a da, que los chistes son una forma tonta pero sencilla de pensar que todo irá bien o que siempre podemos cambiar a última hora el tamaño del cucurucho del helado que vamos a comer, porque el grande se disfruta más. La película concentra esas pequeñas cosas que le dan sentido a la vida. Cada cual tiene las suyas, lo importante es cuidarlas, no olvidarse nunca de ellas en medio de este mundo loco.
Otro de los grandes alicientes de Tres adioses es que está rodado en italiano, ese idioma musical, y además en Roma, una Roma poco turística, muy centrada en el Trastévere, absolutamente irresistible. La película cuenta una historia dura, pero lo hace de un modo alegre y vitalista, y a ello ayudan mucho, sin duda, esas imágenes maravillosas de Roma, esos paseos en bicicleta por sus calles empedradas. La película, por cierto, es el primer trabajo de Francesco Carril en italiano, que es en realidad su lengua materna, pero en la que hasta ahora no había rodado nunca. Aquí da vida a un compañero de la protagonista.
Isabel Coixet ha contado en alguna entrevista de promoción de la película que todo el mundo la tiene por una intelectual, pero que ella en realidad es visceral. Puede que Tres adioses sea su película más visceral, más vitalista y apasionada, una espléndida celebración de la vida, a pesar de todo. Porque, como el vuelo de los estorninos sobre el cielo romano, no todo tiene por qué tener sentido o explicación para disfrutarlo.

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