Páginas escogidas

 

Escribe José Teruel en el prólogo de Páginas escogidas que Carmen Martín Gaiteconvirtió en literatura, hasta la última semana de su existencia, todo lo que contempló, protagonizó, recordó, imaginó y averiguó”. Explica que la autora salmantina, que escribió  cuentos, novelas, ensayos, traducciones, discursos e investigaciones históricas, nunca depuso su condición de narradora, que independientemente del género o el asunto abordado, lo convirtió todo en una narración, todo era un cuento que tenía que estar bien contado. En gran medida, porque una de sus obsesiones como narradora era la búsqueda del interlocutor, escribir siemlre pensando en alguien. 

El libro, editado por Siruela con prólogo de José Teruel, autor de la portentosa biografía de la autora que ganó el año pasado el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias, es una delicia. Se nota bien que Teruel es un gran conocedor de la obra de Martín Gaite, por la exquisita selección por orden cronológico de de escritos que compendian la diversidad de intereses literarios de la autora salmantina. Todos ellos tienen el común en talento narrativo de la escritora, su estilo prodigioso y cautivador. 

El libro comienza con el poema Callejón sin salida, incluido en su poemario A Rachas, que escribió muy joven y que se refiere a su vocación literaria (“avanzo alegre y sola/ en la exacta mañana/ por el camino mío que he encontrado/ aunque no había salida”). Muchos de los otros textos del libro, ya sean obras de novelas, discursos o ensayos, giran también en torno a la vocación literaria de la autora, que adoraba la conversación y el lenguaje por encima de todas las cosas. Escribió que no entendía a aquellos autores que decían sufrir mucho escribiendo, ya que parece cierto que nunca lo escrito sin personal deleite puede llegar a deleitar a nadie”. A los lectores devotos de Martín Gaite nos encanta pensar que ella disfrutó escribiendo sus textos tanto como nosotros lo hacemos leyéndolos. La literatura fue la gran vocación de su vida y su gran salvación ante las desgracias que la afectaron, como la muerte de su hija. 

Uno de los más bellos textos incluidos en el libro es el artículo que dedicó a Ignacio Aldecoa en su muerte, en el que recuerda sus años universitarios y sus comienzos como escritora. Dice de él que fue el amigo que más influyó en su vida. También es delicioso el discurso de aceptación del premio Príncipe de Asturias de 1987, dirigido al propio don Felipe, su interlocutor aquella tarde, en el que anticipaba con lucidez el futuro tecnológico y lleno de retos e incertidumbres al que se tendría que enfrentar, y en el que le pedía no dejar nunca de creer en el poder de la palabra.Quien tiene pasión por la palabra y está abierto a ella recibe, tanto de los libros que lee como de las conversaciones que escucha, un continuo acicate que le tienta a participar de esta fiesta del lenguaje, una especie de savia que le entra por todos los poros y le induce a buscar siempre una expresión inteligible”, dijo aquel día. 

En el precioso comienzo del cuento Flores Malva escribe sobre las vueltas que dio antes de decidir cómo empezar la narración y sobre su “respeto por la letra escrita que debe de venir de aquella manía escolar de los cuadernos de limpio”. 

Páginas escogidas incluye pasajes de las mejores obras de la autora que ya he leído, pero siempre es un lujo volver a ellos, como un par de fragmentos de Usos amorosos de la postguerra española, excelente ensayo que fue lo primero que leí de la autora gracias a mi admirado profesor de Historia en la universidad Carlos María Rodríguez López-Brea. Otra de las investigaciones históricas que centraron la atención de Martín Gaite durante años fue la que llevó a cabo sobre Melchor de Macanaz, un político del siglo XVIII que fue defenestrado. De él escribe algo precioso que dice mucho de la inteligencia y de la forma de estar en el mundo de Martín Gaite: “me atraen las personas inclasificables; nunca me ha gustado zanjar las complejidades de nadie allanándolas mediante ese expediente tan barato de colgarle a cada cual una etiqueta irreversible y fija a la primera ojeada”. 

Por supuesto, no faltan pasajes de sus novelas que reflejan su magistral forma de plasmar por escrito la oralidad, eso que parece tan sencillo y que es tan extraordinariamente complicado. Cuando escribo sobre Martín Gaite me pasa lo mismo que cuando la leo: no quiero terminar nunca, pero por ir acabando, mencionaré solo otros dos textos maravillosos recopilados en este sensacional Páginas escogidas, que es un inmejorable punto de entrada a la obra de la autora salmantina para los afortunados que aún no la hayan leído y que también nos permite disfrutar a cada página quienes hemos leído casi toda su obra. Los dos pasajes que dejo para el final se refieren a la vida de la propia autora y a su magistral forma de convertir en literatura a sus seres queridos, en este caso, las muertes de su padre y su hija. 

Es deslumbrante el fragmento de Cuenta pendiente,  un relato en en que habla de la muerte de su padre, sentado en el salón, diez minutos después de que sonara la una y media en en reloj y él preguntara a su hija y a su mujer si no ponían ya la mesa. El reloj, cuenta, siguió “marcando uno a uno los diez minutos que aureolan eternamente en mi recuerdo la escena de aquella despedida soleada, pacífica y despreocupada en que esperábamos la comida y mi madre cosía por última vez la máquina Singer que mi abuelo le regaló cuando tenía quince años, ‘termino este pañito y en seguida ponemos la mesa’, y nadie tenía miedo y el reloj era en único que sabía lo que iba a pasar. 

El otro pasaje es el conmovedor poema La última vez que entró Andersen en casa, en el que alude a la muerte de su hija Marta, la Torci. Impresiona ese comienzo: “me han raptado-dijiste-/ la Reina de las Nieves./ Pero esta vez no era literatura”, y la forma sutil y delicada en la que en tan pocos versos transmite el indecible dolor de la pérdida de una hija, algo sobre lo que nunca escribió directamente, pero que está presente en su obra desde que falleció Marta. 


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