Ocho años del 8M que lo cambió todo

 


La Asamblea General de Naciones Unidas declaró oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer en 1977. Un año después, en pleno proceso de transición a la democracia, España celebró su primera manifestación del 8M. Algunas de esas primeras manifestaciones contaron con pocos centenares de asistentes, hasta que, gracias al ilusionante trabajo e impulso del movimiento feminista a lo largo de décadas, llegamos al histórico 8 de marzo del 2018, en el que millones de mujeres hicieron huelga por los derechos y la igualdad, y en el que hubo manifestaciones multitudinarias en ciudades y pueblos de todo el mundo, con España abanderando este movimiento justo, elemental, de defender que la mitad de la población mundial no puede tener menos derechos ni menos oportunidades sólo por el hecho de ser mujeres. 

Han pasado ocho años de aquel 8M que lo cambió todo. Aquel día, aunque no dejaron de escucharse las voces machistas de siempre, aunque no faltaron quienes torpedearon la huelga feminista incumpliendo la legislación laboral, se apreció una enorme corriente de emoción, ilusión y compromiso, un gran consenso ciudadano a favor del feminismo. Fueron manifestaciones unitarias. Pararon mujeres de toda ideología. Fue una huelga con gran seguimiento y fueron unas manifestaciones repletas de hombres y mujeres de todas las edades. Lo que más recuerdo de aquel día es la sensación de estar asistiendo a algo histórico, a un punto de inflexión. Ocho años después de aquel 8M es inevitable preguntarnos dónde estamos. Y, tristemente, la respuesta no es muy halagüeña

Empecemos por lo elemental: el feminismo sigue siendo extraordinariamente necesario, las mujeres no pueden tener menos derechos, cobrar menos salario, sufrir violencia machista o ser despreciadas por el mero hecho de ser mujeres. Es elemental. Pero todo ello sigue ocurriendo. Aquellos lemas que inundaron de compromiso feminista las calles de todo el mundo siguen siendo exactamente igual de válidos hoy que entonces. Pero, tristemente, el retroceso parece evidente, por muchos motivos, el esencial, una reacción a la contra de aquellos que se han sentido atacados por el auge del discurso feminista, de los que se han dado por aludidos, por alguna razón, cuando se ha atacado el machismo y la violencia contra las mujeres. 

Hoy es inevitable, y muy, muy triste, sentir que se han roto consensos que parecían claros. Se percibe en la calle, en los discursos políticos y también lo reflejan estudios y sondeos que en un día como hoy invitan a la reflexión. Según un estudio de Ipsos, por ejemplo, un 49% de la población española siente que la promoción de la igualdad discrimina a los hombres. Entre los hombres jóvenes ese porcentaje se eleva al 51,5%, según un informe de Fad Juventud, que también muestra que el 36,5% de los jóvenes cree que la violencia machista es inevitable y el 50,8% cree que los hombres están desprotegidos ante denuncias falsas por violencia de género. Hay muchas personas que se declaran feministas, desde luego, pero también otras muchas, demasiadas, que ven el término con sospecha o incluso con rechazo. 

Todo ello en un contexto en el que Vox, partido de extrema derecha, no para de subir en las encuestas y en las elecciones autonómicas celebradas recientemente en España. Es un partido que censura y boicotea las declaraciones institucionales y las concentraciones contra la violencia machista. Y es ese mismo partido el que arrasa entre los hombres jóvenes. Esto, a su vez, lleva a algunas partes de la izquierda a comprar en cierta forma el discurso de la extrema derecha y sugerir que tal vez se ha ido demasiado lejos con el discurso feminista o con la defensa de los derechos de las minorías, lo que habría llevado al olvido de los hombres jóvenes. Esta reflexión es necesaria, porque hay que preguntarse e intentar entender esta deriva reaccionaria entre los jóvenes, pero también peligrosa, porque podría dar a entender que la justa y legítima defensa de los derechos de las mujeres es algo que no va con toda la sociedad, que no hace mejor a todas las personas. Pero lo cierto es que el machismo oprime a todos y que una sociedad igualitaria y feminista es una sociedad mejor para todos. Quizá se olvida el factor económico en este análisis, pero los problemas para el acceso a la vivienda, obviamente, afectan por igual a hombres y mujeres. 

El contexto es feúcho, además, por la indudable y también muy triste división que se observa en el movimiento feminista. Hay mujeres que consideran que el simple reconocimiento de los derechos de las mujeres trans es intolerable porque, según ellas, borra a las mujeres de verdad. Es una postura que olvida que las personas trans y las mujeres cis comparten exactamente el mismo enemigo, el patriarcado, y que defender los derechos de un grupo de personas jamás va en contra de los derechos de otras. Cuestiones como los derechos trans o el debate sobre la prostitución dividen al feminismo, lo que da alas a las personas que quieren debilitar al movimiento más poderoso e ilusionante de las últimas décadas. Lo más decepcionante en que en estas polémicas y discusiones rara vez se encuentra la buena voluntad de intentar entender las razones de las de enfrente. Hay división, frentismo. Y, mientras, el patriarcado da palmas con las orejas. 

Hay más motivos para la tristeza hoy. Por supuesto, la insoportable violencia machista y la violencia vicaria, aquella que se ejerce contra los hijos o hijas para dañar a las mujeres que son madres. Es una lacra insoportable, como lo es la situación terrible de las mujeres en muchos países del mundo donde las mujeres son tratadas como ciudadanas de segunda. Países como Afganistán, que castigan por ley la violencia contra los animales más que la violencia contra las mujeres tras el abandono de Occidente y el regreso de los talibanes, o Irán, cuyo régimen dictatorial tiene siempre en el centro de la diana a las mujeres y sus libertades. Por cierto, criticar la execrable dictadura iraní no puede llevar a defender la ilegal guerra provocada por Estados Unidos e Israel, una de cuyas primeras acciones fue un bombardeo de Estados Unidos a una escuela en la que murieron más de 100 niñas. No parece, no, que la defensa de las mujeres y las niñas iraníes sea lo que mueva a Trump y Netanyahu. 

Esto nos lleva a otra triste realidad que resulta imposible no mencionar hoy en este 8 de marzo. Porque, quizá también como reacción antifeminista, o desde luego antiwoke (ya saben, eso de recelar de todo lo que suene a defender los Derechos Humanos o los derechos de las minorías), es evidente que asistimos a un repliegue inquietante en la política mundial hacia líderes hombres que buscan dar la imagen de ser los más fuertes, con alarde de testosterona y discursos que defienden la ley del más fuerte, la violencia, los insultos, las malas formas. Trump, Putin, Netanyahu… El listado de líderes autoritarios que responden a ese perfil y están poniendo el mundo patas arriba es interminable. Esos machos alfa adoradores de la violencia y de los discursos gruesos, de las bombas y de saltarse el derecho internacional. En el caso de Trump, qué decir. Es un tipo con un largo historial de declaraciones y actitudes machistas, condenado por agredir a una mujer y que aparece en el listado del depredador sexual Epstein, incluida alguna denuncia de mujeres menores de edad contra el hoy presidente estadounidense. Ése es el tipo de líder aclamado en nuestros belicosos, irracionales e inquietantes días.

Por completar este retrato de en qué punto estamos en materia de igualdad, en España se han sucedido estos últimos meses casos de acoso sexual contra mujeres en todos los partidos y en todo tipo de instituciones, incluida la policía. De nuevo, tristemente, se ve cómo de forma indisimulada y repugnante estos casos son poco menos que celebrados cuando afectan al partido de enfrente, mientras que intentan ser silenciados o menospreciados cuando afectan al propio. Así no vamos a ningún lado. No entender que el machismo es tristemente transversal, que se puede dar en todos los lugares y que en todos debe combatirse con la misma firmeza es un gigantesco e imperdonable error 

Por terminar con un poso de esperanza, hoy saldrán a las calles miles de personas en todo el mundo. Y es ahí, en ese espíritu combativo de quienes se rebelan contra una injusticia, en esa justa y legítima defensa del feminismo, es decir, de la igualdad real entre hombres y mujeres, eso tan loco de defender que las mujeres son ciudadanas de primera y así deben ser reconocidas en todo el mundo, donde reside la esperanza ante estos tiempos oscuros que vivimos. Ha habido un innegable retroceso en estos últimos ocho años desde aquel histórico 8M, pero lo que defendíamos entonces sigue siendo necesario. Sencillamente el feminismo sigue teniendo la razón y sus muy ruidosos adversarios siguen estando equivocados. Una sociedad igualitaria es una sociedad mejor. Nos hemos alejado de la meta, y los discursos ultras que crecen cada vez más estos días son muy inquietantes, pero eso sólo puede ser un revulsivo nuevo para seguir en la misma dirección. Feliz y reivindicativo Día de la Mujer. 

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