Machos Alfa. T4

 

La cuarta temporada de Machos alfa, estrenada en enero en Netflix, es quizás la menos irreverente, la que menos se mete en jardines sobre cuestiones sociales polémicas, pero sigue siendo muy, muy entretenida, y se pasa volando, más aún teniendo en cuenta que sólo consta de seis capítulos. Da la impresión, en efecto, de que es la tanda de episodios menos irreverente, pero tal vez es que ya estamos acostumbrados a su tono y ya no se trata tanto de provocar o incitar a la reflexión, sino de contar la historia de este grupo entrañable de personajes con sus torpezas, sus ilusiones y sus desventuras y disparates varios. 

La serie de los hermanos Alberto y Laura Caballero nació con la vocación de hacer comedia sobre el auge del feminismo y sobre la reacción contraria de quienes se ven amenazados por esa loca idea de que los hombres y las mujeres tengan los mismos derechos. Es terreno éste delicado, porque despierta no pocas pasiones, y la serie ha mostrado una voluntad de reírse de todo y de todos, de disparar un poco en todas direcciones y de señalar lo que tienen de ridículo algunas posiciones, aunque no falten quienes vean una especie de defensa de ciertas ideas lo que en realidad es una obvia burla. 

La serie conserva en esta cuarta temporada sus tres grandes pilares, que están presentes en todos los trabajos de los Caballero desde la inolvidable Aquí no hay quien viva. Uno, no sentar cátedra, no decirle al espectador lo que debe pensar, abordar asuntos serios, sí, pero siempre desde la ligereza, sin caer en la solemnidad, sin ponerse estupendos. Dos, el costumbrismo, el fabuloso oído de los creadores de la serie, que captan muy bien el sentir de la calle, su lenguaje, sus distintas opciones sobre cuestiones de actualidad, la verdad de la gente corriente. Y tres, el protagonismo coral de las tramas, con muchas personajes, siempre con el elenco por encima de las individualidades, en las que el todo es más que la suma de las partes. 

Claro que hay tramas y escenas que resultan más redondas y divertidas que otras, y por supuesto que algunas son demasiado previsibles, pero la balanza sigue inclinándose claramente del lado de los aciertos. Como cada personaje tiene sus tramas, una vez más, se aborda una gran cantidad de temas como la crianza, la copaternidad, las relaciones parasociales con la IA, las charlas de sexualidad con preadolescentes, la crisis de la masculinidad, las parejas abiertas, las adopciones, la toxicidad de las redes sociales, la presión insoportable para ser buenas madres o hasta la religiosidad y el despertar de vocaciones, que parece casi el tema estrella de nuestros días.

Me gusta especialmente ver que en esta temporada se desarrolla más la relación entre ellas, porque en las tandas anteriores de episodios el foco estaba demasiado puesto en ellos. Y una de las tramas más interesantes es la del matrimonio de los personajes a los que dan vida Kira Miró e Irene Arcas, porque muestra una relación entre dos mujeres en las que eso, el hecho de ser mujeres, no está en el centro de sus dilemas. 

El elenco lo borda. Es, junto a los guiones inteligentes y ágiles, el gran valor de la serie. Vuelven a bordarlo Gorka Otxoa, Fele Martínez, Fernando Gil, Raúl Tejón, Paula Gallego, Raquel Guerrero, María Hervás, Kira Miró, Marta Hazas, Irene Arcos y Carol Rovira, que apareció en la temporada anterior y aquí tiene más peso. Machos alfa ya ha confirmado una quinta temporada que tiene incluso rodada. Ahí estaremos. 

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