La tradición de grandes columnistas es una de las señas de identidad del periodismo español casi desde que se imprimió el primer periódico. De Larra en adelante, son muchos los articulistas que han engrandecido la prensa española. Uno de esos nombres es el del gallego Julio Camba, a quien no pocos columnistas actuales señalan como el gran maestro de la distancia corta, de la concisión a la que obligan las columnas, en las que se concentra el sentir de la sociedad y de la época en un puñado de frases.
En una de mis búsquedas sin rumbo fijo por el delicioso catálogo de Filmin di con Julio Camba. El hombre que no quería ser nada, un documental dirigido por Aser Álvarez que cuenta la vida de aquel genial y misterioso columnista, que empezó siendo anarquista y terminó derivando hacia posturas más conservadoras, que era brillante aunque detestaba escribir, que viajó por medio mundo para no sentirse solo, que nunca quiso estudiar ni tener ninguna profesión concreta, que se dedicó todo lo que pudo a disfrutar de la vida, empezando por la comida. Es la suya una figura fascinante, no sólo porque hizo lo que le dio la real gana, sino además porque, viviendo así, logró ser uno de los periodistas mejor pagados de la época, hasta el punto de que todos los periódicos querían tenerlo como corresponsal porque arrastraba a muchos lectores.
El documental, en el que aparecen varias magníficas caricaturas de Siro López, tiene entre sus grandes virtudes que lee un buen puñado de artículos de Camba. El gallego vivió durante años en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid, donde se daba un baño diario. Lo que da pie al uso de un recurso algo extraño, que a mí al menos me chirría, me parece que no está muy bien conseguido, con imágenes algo raras de la bañera de esa habitación. Con todo, las muchas fuentes que aparecen en el documental y el acercamiento a la vida y la obra del genial periodista valen mucho la pena.
Se sabe poco de la vida privada de Camba, porque era muy celoso de su intimidad. Sí sabemos, porque lo escribió él, que desde niño, en su Vilanova de Arousa natal, detestaba la escuela, a la que afeaba que le hizo odiar el estudio toda la vida, y a los curas. “La misa me indignaba todavía más que la escuela”, escribió. Con quince años escribe un artículo en prensa a favor del amor libre, contra el que se revolvió la Iglesia. En parte, por eso decidió huir. Se embarcó de polizón rumbo a Buenos Aires. Se diría que fue allí para ser libre, claro, y también un poco para sentir morriña, a reñir de algunos artículos. Allí se une al movimiento anarquista. Es expulsado de Argentina tras una ley de residencia aprobada por las autoridades tras una masiva huelga general convocada por el movimiento anarquista.
Al volver a España se muda a Madrid, donde crea el semanario anarquista Rebelde. Fue encarcelado muchas veces por la represión al anarquismo en la época. Tras el atentado anarquista contra Alfonso XIII, va moderando sus posiciones políticas. Escribe crónica parlamentaria y artículos costumbristas antes de ser enviado como corresponsal a Estambul. Aquella ciudad le desbordó, pero había nacido el Camba corresponsal. Más tarde es enviado a París, ciudad de la que se enamora y donde vive muy feliz. Luego va a Londres, donde sintió mucha libertad, antes de volver a París, donde decide quedarse más tiempo.
Escribió mucho sobre la ciudad de la luz. Por ejemplo, que “uno se despierta en París y se siente muy alegre, nada más que por el hecho de encontrarse en París”. También que la capital francesa es la ciudad más seductora del mundo. Con todo, igualmente escribió artículos críticos con las costumbres francesas y es amenazado con la expulsión. Tras eso, antes de lo que lo echaran, se fue a Alemania, que le parece demasiado frío. Llegó a describirse en un artículo como “el hombre menos alemán del mundo”. A media que se acerca la guerra, es trasladado junto a otros periodistas extranjeros a la frontera de Alemania con Suiza, donde decide pasar un verano. ABC lo envía a Nueva York, de la que dice que no es una ciudad, sino un sistema, una teoría. En su segunda corresponsalía coincidió con Lorca, aunque Camba vio la ciudad desde la distancia irónica, o la retranca gallega, que adoptó en cada artículo.
Tal vez lo más fascinante de la obra de Camba es que casi nunca escribe de la actualidad. Va tan por libre que algunos de los periódicos para los que trabajó tenían un segundo corresponsal. Él escribe artículos costumbristas, siempre irónicos y escépticos. La actualidad no le interesa, incluso en tiempos tan agitados como la I Guerra Mundial. En el artículo Mi nombre es Camba, en el que se presenta a los lectores de ABC, escribe: “a mí se me ocurren muchas tonterías, y en cuanto tengo confianza con la gente, las sigo. La cuestión es pasar el rato, y yo no quiero callarme una tontería que pueda divertidos a todos para echármelas de hombre serio y sesudo”.
Camba vivía bastante al día, por lo que necesitaba seguir escribiendo. Y, a tenor de lo que cuentan de él sus biógrafos y de lo que él mismo escribió en sus artículos, la necesidad de ingresos era lo único que le hizo seguir publicando en los periódicos. “Maldito sea el hombre que inventó la empresa”, dijo. Por increíble que parezca, no le gustaba escribir. Dicen que porque lo pasaba mal ante la página en blanco y porque era vago. No quería ser nada, ni siquiera periodista. Era maestro de la concisión, es cierto, pero además escribía artículos breves, en parte, porque le daba pereza. Con todo, escribió muchísimo, porque es de lo que vivía y necesitaba el dinero.
Antes de que la Guerra Civil le pasara factura y fuera decayendo, escribió miles de artículos geniales, muchos de los cuales, pero ni mucho menos todos, se pueden leer hoy en varios libros que recopilan sus textos. En ellos plasmó su mirada irónica y disfrutona de la vida, alejado por completo de la actualidad. Una de las muchas frases geniales de sus artículos que se escucha en el documental resume bien su forma de ver la vida: “el hombre no es fundamentalmente bueno ni fundamentalmente malo, es fundamentalmente absurdo”.

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