Cuando un libro que te ha gustado mucho es adaptado al cine surgen de inmediato dos impresiones simultáneas: de un lado, la expectación, porque quieres ver en la pantalla a esos personajes que habías imagino leyendo la novela, porque tienes muchas ganas de ver cómo ha sido trasladada la historia al lenguaje cinematográfico, pero, por otro lado, también la cautela, precisamente porque temes que la adaptación no sea fiel al relato que te cautivó, no logre provocarte las mismas emociones o te deje un regusto amargo porque la película nunca será igual que el libro. Es lo que muchos lectores sentimos al conocer que Chloé Zhao iba a adaptar al cine Hamnet, la espléndida novela de Maggie O’Farrel sobre Shakespeare y su mujer, Agnes, y sobre la pérdida temprana de su hijo Hamnet, en la que el bardo pudo inspirarse para escribir Hamlet.
Al salir del cine, ni amo ni odio la película, pero sigo adorando el libro. O quizá sea precisamente por eso, porque adoro el libro, por lo que la película me gusta, pero tampoco me vuelve loco. El filme, no falta de virtudes, carece de la profundidad de la novela. Me parece una buena película, sí, pero a veces se acerca demasiado a la frontera de la impostura. Tiene una fotografía bellísima y la recreación de época está muy bien hecha y logra el efecto buscado, pero hay algún que otro subrayado innecesario. La película me conmueve en algún momento, pero en otros no logra despertar en mí la emoción que persigue está muy dura historia de duelo, creo que porque siento que se me señala de forma demasiado subrayada que es ahí, justo ahí, donde debo llorar o emocionarme.
Con todo, insisto, no puedo decir que Hamnet sea una película, más bien todo lo contrario. Podríamos decir que es una buena película, pero no está a la altura de la novela que adapta. Por sí misma es una buena película, pero no es la mejor de las adaptaciones, sin ser calamitosa, ni mucho menos. Las dos mayores diferencias de la película con el libro es que en el filme se sigue un orden cronológico, en lugar de los saltos temporales del libro, y que el protagonismo, que es claramente de Agnes en la novela, está aquí mucho más compartido con Shakespeare. De hecho, en la novela ni siquiera se menciona una sola vez al dramaturgo por su nombre. En la película, sólo una vez. Además, su actividad teatral está más difuminada en la novela, mientras que en la película ocupa un papel mucho más central.
Sí tiene aciertos la película. La recreación de aquella época, sin duda. También las interpretaciones de Jessie Buckley (inmensa) y Paul Mescal (tan impecable como siempre. Y el hecho de que se muestre a un Shakespeare humano, no con esa especie de aura muy resaltado de forma excesiva que se suele poner encima de los personajes célebres cuya vida se recrea en una película. Aquí se ve como alguien tímido, atormentado y con dudas. Es cierto que hay algún que otro subrayado, como una escena en la que resulta más bien impostada la forma en la que el autor recita al aire el monólogo de Hamlet, pero, en general, la película acierta en la forma de retratar a la persona detrás del personaje.
El gran mérito de la novela, más allá de su estilo y de su estructura narrativa, más compleja y rica, con más matices que la de la novela, es que llena con ficción los muchos vacíos de la vida personal de Shakespeare, de la que en realidad se sabe poco. En esta línea, la película muestra el enamoramiento de Shakespeare y Agnes, su boda, la vida con sus tres hijos, la llegada de la peste, la muerte del joven Hamnet, la forma en la que la entrega del bardo a su profesión provoca roces y distanciamiento en la relación…. Pudo haber sido así o de un modo totalmente distinto, pero la ficción rellena esos huecos y bien está que así sea.
Para mí, aunque me contraiga un poco con lo dicho hasta ahora respecto a a fidelidad de la película al libro, lo más valioso que aporta el filme es el final, aunque en cierta forma contradiga a la novela, o rompa con su sutileza y su ambigüedad. Nunca he compartido la idea de que el final de una película o una novela sea lo más importante, por eso no tengo especial aversión a los spoilers. Me suele importar mucho más cómo está contada la historia que cómo termine. Tanto es así que con frecuencia olvido los finale, pero nunca las emociones que me despierta una película. Sin embargo, no creo que vaya a olvidar fácilmente el final de Hamnet.
Se trata de un final que habla del poder sanador del teatro, de su capacidad catártica. Es una escena arriesgada, de nuevo, lindante con la impostura, porque seguro que a no pocas personas resultará estereotipada y forzada, pero que a mí sí me emociona. Es más, me resulta lo mejor de la película, porque aporta algo propio distinto a la novela, pero que está detrás de la idea que sugiere el libro, que escribir Hamlet fue la forma que encontró Shakespeare de combatir y sublimar el tremendo dolor por la pérdida de su hijo Hamnet. Quizá es algo simplón y estereotípico, no lo negaré, pero ese final es muy poderoso y cautivador.
Ese desenlace, en fin, me parece lo mejor de la película, lo más singular del último trabajo de Zhao, directora de películas más que notables como The Rider o Nomadland, que aquí sale airosa del titánico reto de adaptar la sensacional novela de Maggie O’Farrel. No es una película perfecta, pero sí es una buena película, pese a todo.

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