La extraordinaria Pubertat, la serie de Leticia Dolera que puede verse en HBO Max, se estrenó unos pocos meses después de la impactante Adolescencia. Los parecidos entre ambas producciones son innegables, empezando por el título, y no tengo claro si esto ha beneficiado o perjudicado a aquella, porque por un lado el éxito de la miniserie británica puede despertar un mayor interés por historias que ayuden a entender a los adolescentes, pero quizá también haya quién erróneamente crea que Pubertat no podrá aportar nada distinto a Adolescencia. Lo cierto es que, más allá de esa semejanza temática, la producción de Leticia Dolera es excelente y vale mucho, mucho la pena.
La serie, de seis capítulos, está repleta de virtudes, empezando por la personalidad propia del escenario en el que transcurre. Rodada en catalán, está ambientada en una colla castellera cuyos miembros la sienten como una segunda familia, y en la que existe una denuncia por un caso de agresión sexual entre menores. Formalmente, la serie logra cautivar al espectador por sus saltos temporales y por la mirada fragmentada a los hechos, aportando la perspectiva de cada personaje, completando la historia poco a poco. De fondo, aborda con exquisita sensibilidad y con mucha inteligencia un asunto complejo y delicado. Quien espere un panfleto en el que los personajes no sean más que arquetipos quedará decepcionado. Quien busque una historia extraordinariamente bien contada, sin embargo, celebrará Pubertat como el portento que es.
La serie habla sobre el consentimiento, es el gran tema que aborda, pero afortunadamente no es una serie de tesis, sino de personajes, de historias. A veces, las buenas intenciones no juegan a favor de las producciones, cuando se percibe que falta verdad en sus historias y que los personajes son un poco de cartón piedra y están puestos ahí sólo para cumplir con arquetipos. Aquí es todo lo contrario. Habrá quien quizá pueda pensar que Pubertat abarca demasiados temas, y es cierto que es muy ambiciosa, pero se acerca con profundidad todas las muchas realidades y aristas que aborda. Los personajes son de carne y hueso, todos ellos tienen sus heridas, deseos, vulnerabilidades y secretos a cuestas. La serie transpira verdad en cada plano.
La propia creadora y directora de la serie, Leticia Dolera, da vida a Júlia, una periodista feminista con un discurso público muy combativo que ve cómo su hijo Roger (Bruno Bistuer) se ve envuelto en una denuncia de un caso de agresión sexual, en el que la víctima es su amiga Manu (Aitana Martínez) y los acusados, su primo Pol (Ot Serra) y su amigo Steven (Nael Gamell).
La serie habla de consentimiento, pero no sólo, es un retrato de muchas cuestiones importantes de la sociedad actual. Por supuesto, habla de las relaciones familiares, más bien tirantes entre Júlia y un muy conservador entorno familiar. También del enorme desconocimiento que las familias tienen de lo que hacen los jóvenes, de todo a lo que pueden tener acceso en sus móviles incluso aunque crean que tienen cierto control. Habla de la desconfianza y de la falta de comunicación entre padres e hijos y de la presión salvaje a la que se enfrentan los adolescentes para encajar, para no ser vistos como unos pringados. Habla del riesgo de las redes sociales y del temprano acceso al porno. De las drogas y al alcohol. Habla del machismo online con inquietantes discursos de criptobros y de la homofobia persistente. Habla del miedo a ser uno mismo y habla de la palmaria falta de educación sexual entre los jóvenes y no sólo. Habla de la inmigración y de las diferencias de clase. Habla de la sobreprotección de los menores y del miedo de las familias a los riesgos a los que sus hijos se enfrentan. Pero todo ello, ya digo, puesto al servicio de la historia de sus personajes, no como temas tratados con frialdad o de forma panfletaria o simplista. Tiene muchas capas y ninguna la trata con ligereza.
La serie, en fin, muestra cómo reacciona una sociedad aparentemente modélica, civilizada y armoniosa ante una denuncia por agresión sexual. Y lo hace apoyándose en interpretaciones soberbias y en una historia muy bien escrita, llena de matices. La serie, además, ayuda a conocer mejor cómo funciona el proceso judicial en casos así y cómo funciona la llamada justicia restaurativa, en la que, siempre que la víctima esté de acuerdo, los acusados pueden intentar reparar el daño causado. Pubertat, en fin, es una serie extraordinaria, con semejanzas a Adolescencia y también en cierta forma a la espléndida Querer, pero con personalidad propia que la convierte, sin duda en una de las mejores que he visto en mucho tiempo.

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