Dice Oliver Laxe en cada entrevista que las gentes del cine se dan demasiados premios. Si lo dice él, que está nominado a casi todos este año por Sirât, será verdad, sabe de lo que habla. Y, sin embargo, somos muchos los que seguimos con interés la temporada de premios, no porque pensemos que las películas pueden ponerse a competir unas con otras, sino porque nos entretiene mucho. Desde hace doce años, los Feroz, los galardones que entregan los críticos y que anoche celebraron una nueva edición en Pontevedra, se han convertido en una cita imprescindible de la temporada de premios.
En este año las mayores alegrías se las han llevado Los domingos, con cinco premios, entre las películas, y Yakarta y Poquita Fe, con tres cada una, entre las series. Los Feroz han transcurrido este año entre lo humano y lo divino, con unas cuantas reivindicaciones de la humanidad en una era de inteligencia artificial por todos lados, y también con no pocas referencias a la espiritualidad, en gran medida, por la soberbia película de Alauda Ruiz de Azúa sobre una joven que se plantea meterse a monja de clausura, y que tanto debate ha generado.
Vamos por partes, empezando por lo humano. La gran triunfadora de la noche, Alauda Ruiz de Azúa, pidió al público ir al cine y, si no puede, al menos no ver las películas a doble velocidad porque “el cine es sentir y sentir necesita el tiempo de lo humano” El guionista Eduard Sola, quien debería hablar en todas las entregas de premios, se encargó de entregar los Feroz a mejor guión en cine y televisión, categorías en las que ganó el año pasado. Pronunció un excelso discurso en defensa de los guionistas y de todos los profesionales del sector: “somos humanos haciendo cosas juntos”, dijo. Porque, en efecto, quizá esforzarnos mínimamente por saber quién ha escrito esa película o esa serie que nos ha deslumbrado y no pensar que es una producción de la plataforma de turno sea empezar a librar batalla contra la deshumanización.
Albert Serra, que ganó el Arrebato de ficción por el hipnótico documental Tardes de soledad, también dio un discurso interesante en torno a lo humano. Contó que al rodar el documental en el que siguió al torero Roca Rey hizo tabla rasa, borró todas sus ideas preconcebidas para rodar la película desde la inocencia, porque las máquinas nunca podrán ser inocentes. También María Guerra, presidenta de la Asociación de Informadores Cinematográficos, mencionó lo humano, para decir que no hay nada más humano que el trabajo de los periodistas. Por cierto, hubo que esperar a su discurso, cerca ya de la medianoche, para escuchar la primera mención a las víctimas del accidente de Adamuz.
De lo divino, claro, también se habló mucho anoche, en gran medida, por Los domingos. Pocas películas han logrado en los últimos años que se hable tanto de ellas, pocas han generado tanto debate. Es lo que tiene tratar al espectador como a alguien adulto, con un guión espléndido y soberbias interpretaciones, en una película en la que todo funciona a la perfección, casi como un milagro. La película de Alauda Ruiz de Azúa se llevó cinco premios: mejor película dramática, mejor actriz de reparto (Nagore Aranburu), mejor guión, mejor actriz protagonista (Patricia López Arnaiz) y mejor dirección. Al recoger el premio gordo, la directora compartió un mensaje que le envió la escritora Leila Guerrero tras ver la película, en el que le decía que lo mejor de la película es que todos sus personajes actúan con la idea de estar haciendo lo correcto, nadie escucha a nadie y ése es el corazón del daño, muy representativo de la época en la que vivimos. Es precioso que el cine siga teniendo capacidad de hacernos escuchar y reflexionar.
Las menciones a lo espiritual en la gala de anoche no se limitaron a la extraordinaria película de Ruiz de Azúa. Ana Garriga y Carmen Urbita, autoras del podcast Las hijas de Felipe, sobre las monjas del barroco, hicieron un interesante e incluso algo provocador discurso sobre el auge de las producciones culturales que giran en torno a la espiritual y hasta sobre lo que puede tener de tentador en este mundo nuestro la vida contemplativa. Incluso la ganadora del premio Feroz de honor, la genial actriz Marta Fernández-Muro, que actúa en la soberbia Poquita Fe y cuya trayectoria en cine y televisión es apabullante, recordó que su primer papel en el cine fue el de una monja de clausura un tanto sosa.
Además del éxito de Los domingos, tres películas recibieron ayer dos premios: la magnífica Maspalomas, de los Moriarti (José María Goenaga y Aitor Arregi), en las categorías mejor actor de reparto (Kandido Uranga) y mejor actor protagonista (José Ramón Soroiz); Tardes de soledad, que además del mencionado premio Arrebato de ficción ganó el Feroz al mejor cartel (Ana Domínguez y Rafa Castañer); y Sirât, ganadora a mejor música original (Kangding Ray) y mejor tráiler (Aitor Tapia). Su director, Oliver Laxe, recibió casi tantas felicitaciones por sus dos nominaciones a los Oscar como pullas (bien encajadas) por su intensidad.
Por su parte, La cena, de Manuel Gómez Pereira, venció en la categoría de mejor película de comedia, mientras que el premio Arrebato de ficción se lo llevó Ciudad sin sueño, la película de de Guillermo Galoe sobre la Cañada Real, donde malviven 4.000 personas sin suministro eléctrico a 15 kilómetros del centro de Madrid.
En cuanto a las series: Poquita Fe, de Pepón Moreno y Juan Madiagán, y Yakarta, de Diego San José, se repartieron la mayoría de los Feroz, divididos en las categorías de comedia y drama, igual que sucede en los premios a las películas. Poquita Fe, esa joya costumbrista que pone el acento en su segunda temporada en la dificultad del acceso a la vivienda, logró los Feroz a mejor serie de comedia, mejor actriz de reparto (Julia de Castro) y mejor actriz protagonista (Esperanza Pedreño).
Diego San José, que lleva años demostrando ser un extraordinario creador de series cómicas, también ha sido reconocido por su primera serie abiertamente dramática, Yakarta. La producción, que también puede verse en Movistar, igual que Poquita Fe, fue reconocida como mejor serie dramática, mejor guión y mejor actor protagonista (Javier Cámara). En su discurso, por cierto, el siempre genial Diego San José contó que quiso dedicarse a escribir el día que le hicieron saltar el potro en la escuela. Muchos lo entendemos. Sigue sin saber saltar el potro, pero es evidente que ha triunfado en lo suyo.
Superestar, la serie sobre Tamara de Nacho Vigalondo que puede verse en Netflix, logró el Feroz a mejor actor de reparto, para Secun de la Rosa. Un guiño a esta serie fue, de hecho, uno de los momentazos de la gala, cuando un coro de Pontevedra interpretó No cambié, ante una Tamara emocionada entre el público, antes de entregar el premio a la mejor música. Una auténtica genialidad.
Fue una gala con buenas ideas, pero un tanto deslavazada e irregular. Los Feroz siempre se han caracterizado por su agilidad y por su tono irreverente y desenfadado. Anoche hubo un poco de todo. Petra Martínez, Samantha Hudson, Antonio Durán 'Morris' y Elisabet Casanovas, el cuarteto de presentadores de la gala, defendieron bien un guion con aciertos y errores, con momentos muy divertidos y otros que resultaron algo fallidos. Cumplió con nota Aitor Albizu con la voz en off, contando con ingenio en la retransmisión de La 2 detalles sobre las pelis ganadoras.
Una de los mejores discurso de la noche fue el de Julia de Castro, quien dijo que “hay que erotizar la bondad, no normalicemos la violencia verbal. Hay mucha más gente buena, pero hacemos menos ruido”. Sólo hacía falta abrir X, la red social anteriormente conocida como Twitter, para darle la razón. Más abiertamente político fue el discurso contra la extrema derecha de Samantha Hudson, que soliviantará a los de siempre, y que llegó ya casi al final de la noche. Concluyó la gala con un mensaje final de los cuatro presentadores que, tal y como está el patio, no parece mal propósito: “sed feroces, que hace más falta que nunca”. Feroces y humanos, podrían haber añadido.




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