En busca del tiempo perdido: Sodoma y Gomorra

 

Aunque la homosexualidad es uno de los temas centrales de En busca del tiempo perdido, la majestuosa obra de Proust, el autor hace su primera mención expresa a este término transcurridas más de 1.500 páginas. No es casual, claro, que lo haga en el cuarto de los siete libros que componen su obra, llamado Sodoma y Gomorra, en alusión directa a las dos ciudades bíblicas condenadas por sus pecados. Las referencias más o menos veladas a las relaciones homosexuales están en  la obra desde el comienzo, pero es en este cuarto volumen en el que se sitúan en el centro de la trama. 

Al leer la obra, y conociendo la historia personal de Proust, queda claro el sufrimiento con el que vivió su orientación sexual a causa de la mentalidad de la época. Habla, por ejemplo, de una “raza sobre la cual pesa una maldición y que tiene que vivir en la mentira y el perjurio, pues sabe que se considera punible y vergonzoso, por inconfesable, su deseo, ese deseo que constituye para toda criatura el mayor gozo de vivir”. Aquí, además del barón de Charlus, cuya orientación sexual ya se había sugerido en el libro anterior, la homosexualidad toca de forma aún más directa al protagonista, que descubre lo que no querría saber de su amada Albertina. 

Una vez más, al igual que en los tres libros anteriores, sobresale en Sodoma y Gomorra la prosa exquisita y cautivadora. Es exigente, por sus dimensiones y por las frases eternas y las digresiones y descripciones sin fin, pero es extraordinariamente gozoso, un auténtico festín literario. No es, desde luego, del tipo de lecturas que uno puede hacer un poco con el piloto automático, todo lo contrario. El estilo de Proust reclama toda la atención del lector pero, a cambio, claro, le regala las más elevadas cotas de la mejor literatura. Todo lo que cuenta es delicioso y fascinante por el estilo con el que lo hace. 

El estilo es tan cautivador que casi lo de menos es el tema del que se hable, aunque, por supuesto, también es muy valioso el retrato de fondo que hace el libro de la sociedad de la época. Sobre todo, de la alta sociedad, que aquí vuelve a describir con una mirada irónica y crítica. “En las gentes del gran mundo la tontería supera aún a la vanidad”, leemos. De las clases sociales, afirma el narrador: “yo no había hecho nunca ninguna diferencia entre los obreros, los burgueses y los grandes señores, y hubiera sido amigo lo mismo de unos que de otros”. 

El libro incluye también debates sobre novelas y obras de arte, ya que el protagonista otorga a la cultura una enorme importancia como algo que forma parte esencial de su vida. “Hay seres -y éste era, desde la niñez, mi caso- para los que todo lo que tiene un valor fijo, comprobable por otros -la fortuna, el éxito, las altas posiciones- no cuenta; lo que necesitan son fantasmas”, escribe. Y esos fantasmas son el amor, la cultura, todo lo que le da más vida a la simple existencia. 

En este cuarto libro de En busca del tiempo perdido también hay varios pasajes en los que el autor se muestra más bien visionario. Por ejemplo, cuando, hablando del teléfono, escribe que “los adelantos de la civilización permiten a cada uno manifestar cualidades insospechadas o nuevos vicios que le hacen más caro o más insoportable para los amigos”. O cuando afirma que son demasiadas las personas que hoy se pasan el tiempo mirándose el ombligo como si fuera el centro del mundo”. Ay. O cuando, hace más de un siglo, escribió esta frase que tan bien describe a no pocas personas con las prioridades confundidas hoy en día: “la satisfacción que sienten los hombres ocupados -aunque sea en el trabajo más estúpido- de no tener tiempo de hacer lo que hacen los demás”.

En el libro se alternan a la perfección pasajes llenos de ironía, en ocasiones muy sutil, muy fina (“comenzó por prometer ser un buen periodista. Pero se torció, quiero decir que se hizo ministro. En la vida se dan estas desgracias”) con píldoras de sabiduría (“deseamos apasionadamente que haya otra vida en la que seríamos lo mismo que somos en este mundo. Pero no reflexionamos en que, aun sin esperar a esa otra vida, ya en ésta, pasados unos años, somos infieles a lo que hemos sido, a lo que queramos seguir siendo inmortalmente”). Empiezo ya el quinto libro de esta obra, de esta gran aventura lectora que seguiré compartiendo en el blog. 



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