Loving Vincent

Hay pocas películas en las que cada fotograma cuenta, en la que todos asombran. Loving Vincent es una de ellas. La cinta, dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman, es una delicia compuesta por 56.800 fotogramas pintados a mano por un grupo de 100 artistas, que emulan el estilo de Vincent Van Gogh. El riesgo de una genialidad tan fascinante, de una presentación visual tan excelsa, es que todo lo demás quede en un segundo plano. Pero la originalidad no queda en esa osadía formal de plasmar en pantalla cuadros pintados sobre óleo, porque la trama también resulta apasionante. La cinta no es un biopic al uso, ya que la historia sucede un año después de la muerte del genio. 

El recurso empleado por los directores del filme es muy atractivo, porque construyen una película sobre Van Gogh sin Van Gogh. Durante buena parte del metraje, el artista es una sombra, un misterio. Apenas aparece en pantalla, y cuando lo hace es sólo con flash back de la parte final de su vida. No mucho más. Con buen criterio, renuncian a plantear un biopic convencional, que recorre toda la vida del artista. Prefieren que lo vayamos descubriendo poco a poco, viendo cada arista de un alma tan sensible y atormentada, de un hombre tan deslumbrante que pintó 800 obras en su vida, pero sólo vendió una, y que no gozó en vida del reconocimiento y el prestigio unánime con los que hoy cuenta. 


Van Gogh escribía a diario largas cartas a su hermano Theo, con quien tenía una relación muy especial. El cartero del artista, Roulin, entabló una amistad con el pintor. En la película, cuando Van Gogh muere, el cartero encarga a su hijo llevarle a Theo una carta que nunca le llegó a su hermano. Comienza entonces una peripecia del joven en busca de las personas que trataron al pintor. Pronto descubre que no podrá entregarle la carta al hermano del genio, porque su muerte fue también la suya. Theo nunca volvió a ser el mismo. El hijo del cartero viaja a Auvers, donde vivió Van Gogh después de estar hospitalizado en un centro psiquiátrico. Allí conoce al doctor Paul Gachet, artista aficionado, que queda deslumbrado por Van Gogh y se hace su amigo. 

A medida que el protagonista va conociendo a personas que trataron a Van Gogh, el espectador conoce poco a poco más la personalidad del artista. El pintor frenético, impulsivo, que pinta cuadros a todas horas. La persona ultrasensible, capaz de emocionarse con el pétalo de una flor o con cualquier pájaro que se pose cerca de él. El hombre con escasas habilidades en el trato con las mujeres. El hermano que adora a Theo y se preocupa por ser una carga para él. El genio que empezó a pintar relativamente tarde, con 28 años cogió su primer pincel, después de una peripecia por distintos trabajos de los que terminó siendo expulsado. El hombre atormentado con problemas de salud mental. El hijo que arrastra de por vida el trauma de ser el hermano mayor, pero no el primero, porque antes que él nació otro Vincent, que murió de forma prematura. Toda su vida sentirá no estar a la altura de su hermano fallecido, no merecer el amor de sus padres. Y eso le lleva a intentar no defraudarlos, ser brillante en algo. Sobre todo, el artista sensible, delicado, innovador, deslumbrante. 

Fascinados por el estilo de cada fotograma, que es el mejor homenaje posible a Van Gogh y a su arte, a su forma de adelantarse a su tiempo y transformar el mundo del arte para siempre, seguimos con interés creciente la trama. No aparece apenas Van Gogh en el filme, y sin embargo su sombra y su recuerdo lo llena todo. Vamos conociendo de forma gradual su personalidad. Sólo muy tarde escuchamos una de las muchas cartas que el artista enviaba a su hermano. Casi sólo al final escuchamos su voz, sus reflexiones sobre el arte, su pasión por la pintura, que para él era como un trabajo más, con horario fijo, pero que era mucho más que eso, la razón de su vida. La muerte de Van Gogh aparece en el filme envuelta en misterio. Dos días después de dispararse en la tripa para suicidarse, muere el genio, el artista, el hombre solitario. Él se fue muy joven, pero dejó su prolífica obra, su extraordinario legado, que ha inspirado Loving Vincent, sin duda, una de las más hermosas películas de este año, que pude disfrutar en el Festival de Cine de Verano del Parque de la Bombilla. Es una joya, una obra de arte (o 56.800, por cada fotograma). Una delicia. 

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