Orgullo es la palabra

Hace unos años no entendía que se utilizara el término orgullo para la celebración reivindicativa por la igualdad y el respeto a la diversidad sexual. ¿Por qué iba nadie a sentir orgullo por su orientación sexual? Pasado el tiempo, hoy comprendo que no hay mejor palabra para nombrar esta fiesta que cada año a finales de junio celebra lo avanzado en los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, pero sobre todo, recuerda lo mucho que queda aún por recorrer en el camino de la igualdad real. Orgullo, sí. Exactamente orgullo. Porque sentir orgullo es justo  lo contrario de sentir vergüenza o miedo, que es lo que tantos homófobos desearían provocar. Orgullo porque ese es el punto en el que termina el proceso de autoaceptación de todo aquel que no sea heterosexual y tema el rechazo social. Es el final de un camino siempre complejo, que consiguen allanar fiestas como el Orgullo y tantos activistas que luchan por la igualdad, a quienes podemos agradecer en estas fechas su loable trabajo acudiendo a los actos que organizan para celebrar el amor y la diversidad. 



Orgullo porque esta celebración aporta visibilidad, algo tan necesario. Lo necesitan los chavales jóvenes que no se atreven a salir del armario, lo necesita la sociedad para ser más decente e igualitaria y lo necesitan los homófobos, para comprender cuán equivocados están en su odio al diferente, lo estéril que es su pelea contra el progreso y el paso del tiempo. Orgullo, sí, de quienes podemos vivir en libertad, en defensa de todos los que no pueden, porque sigue habiendo más de 70 países en el mundo en el que se considera un delito ser homosexual. Por ellos también hay que salir a las calles estos días. Ellos, que se juegan la vida por su amor y su libertad merecen que alcemos la voz y no caigamos en la complacencia. Orgullo porque cuesta horrores pasar de la tercera a la primera persona, y no debería costar tanto. Orgullo, sí, precisamente orgullo y no otra palabra, porque aún quedan demasiados desprecios, recelos e injusticias contra los que luchar sin miedo, con la cara descubierta, sin ceder ni medio paso. Orgullo porque es justo eso lo que inspira el ejemplo de los primeros valientes que desafiaron en Stonewall la asfixiante e intolerante sociedad estadounidense de finales de los años 60 para encender una mecha arcoíris que ha llegado hasta nuestros días.

Orgullo, claro que sí, por ver la creciente presencia de personas en la marcha de tantas ciudades cada año. Orgullo porque de los 700 pioneros de la primera manifestación en Madrid hace justo 40 años se ha pasado a una marcha festiva que reúne a cientos de miles de personas. Orgullo porque, en cuestión de derechos, si no se avanza, se retrocede, como quien nada a contracorriente. Así que hay que avanzar, libres y orgullosos. Porque no queda otra opción, no nos lo podemos permitir. Orgullo porque aún hay agresiones contra gays, lesbianas y transexuales, incluso en las ciudades más abiertas como Madrid, y ante esa intimidación queda sólo seguir viviendo en libertad, no esconderse, no darles esa victoria a la minoría de violentos. Orgullo porque nadie debe sentir miedo por ir de la mano de su pareja o besarse con ella en la calle. Orgullo por todos esos orgullos que aún no se celebran, para darles impulso, y por todos los que están escondidos en los armarios, para atraerlos a la vida plena en libertad con la radiante luz arcoíris. Orgullo por los valientes que abren camino en ámbitos rurales o especialmente tradicionales, donde tanto cuesta avanzar. Orgullo por todos los que lo tuvieron peor que nosotros. Como cantaba Andrés Lewin en su maravilloso tema Vuela, orgullo “por los que sufrieron lo que no he sufrido y por todos los que hicieron el camino” 

Orgullo y no otra palabra, sí, porque se escucha aún demasiado maricón como insulto, sobre todo en los campos de fútbol, ese espacio alérgico a la diversidad en el que ningún profesional gay en activo se atreve a dar el paso de mostrarse tal y como es. Orgullo porque escucharemos mucho estos días que para cuándo un día del orgullo heterosexual, como si algún hombre hubiera sido discriminado alguna vez por amar a una mujer. Orgullo porque todos los que sufren discriminación por su orientación sexual deben saber que hay salida. Y orgullo porque no hay pocas personas que suelen decir que no les importa con quién se acueste cada quien o a quien ame, pero que lo que en realidad quieren decir es que, ya que alguien es maricón, que al menos no lo vaya pregonando. Orgullo porque todos tenemos derecho a vivir nuestra vida en libertad.

Orgullo como liberación, como celebración de la diversidad, como reafirmación y recordatorio de lo imparable que es una causa social justa. Orgullo, sí, orgullo. Orgullo porque la identidad y la orientación sexual no es lo único que nos define como personas, pero es importante, así que no es algo que debamos esconder ni algo que dé a nadie derecho a atacar a otras personas. Orgullo porque el amor gana siempre, aunque a veces no lo parezca o haya quien se empeñe en evitarlo, porque las sociedades avanzan, pero necesitan un empujoncito, la ayuda de todos. Orgullo porque nadie sobra en el Orgullo, porque es fabuloso ver en las calles cada año a familias heterosexuales educando a sus hijos en igualdad. Orgullo porque España fue uno de los primeros países del mundo en reconocer el matrimonio homosexual. A veces somos los primeros en algo bueno. Y orgullo porque, tras muchos años de lucha, la Organización Mundial de la Salud ha dejado de considerar la transexualidad como una patología. Orgullo para recordar lo que costó llegar hasta aquí y también para no olvidar que no hemos llegado al final del camino. Orgullo para combatir los insultos con desfiles, las miradas de despreció con bailes, la estrechez de miras con la celebración de la más plena e irrenunciable libertad. 

Orgullo es la palabra, sí. Porque contra el blanco y negro que reprime, está el arcoíris que todo lo acoge. Orgullo porque ganar libertar para una minoría es mejorar toda la sociedad. Orgullo porque el respeto a todos sea cual sea su identidad sexual es una cuestión de Derechos Humanos, y lamentablemente vivimos en un mundo donde se les respeta lo justo, así que no sobran los días para defenderlos. Orgullo porque es vital ganar espacios públicos al miedo, vencer las tentaciones de dar pasos atrás. Orgullo porque sería maravilloso que no fuera necesario el Orgullo, pero lo es. Orgullo porque podemos aspirar a construir una sociedad libre de homofobia, está en nuestras manos. Orgullo por tantos aliados en la causa, al margen de su identidad sexual. 

Orgullo por todos esos “yo te querré igual” y los “yo sólo quiero que seas feliz” de padres y amigos, y contra los injustos rechazos que aún sufren demasiada gente. Orgullo por todas las personas hijas de otro tiempo y otra educación a las que el amor abre la mente. Orgullo por nuevos modelos de masculinidad, por la batalla hermana del feminismo. Orgullo por la empatía que aporta pertenecer a una minoría, por lo mucho que ayuda a ponerse en la piel del otro. Orgullo por una educación más inclusiva e igualitaria, que poco a poco se va abriendo camino, con muy prometedoras leyes en varias regiones. Orgullo por tantas personas que dedican tiempo y esfuerzo a luchar por la igualdad, dejándose parte de su vida en mejorar las de otros. Orgullo para lograr que algún día no se disfracen de amistad tantas relaciones de amor por miedo al rechazo. Orgullo por cómo la diversidad afectiva sexual se va abriendo hueco, aunque sea muy lentamente, en el cine y la televisión, construyendo referentes necesarios. Orgullo por todas esas familias de dos padres o dos madres, que demuestran a diario que los niños necesitan amor, no una composición familiar determinada. Definitivamente, orgullo es la palabra, sí. ¡Feliz Orgullo! 

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