Un concierto de Año Nuevo memorable

 

En El imperio musical de los Strauss, el muy recomendable reportaje de Documentos de Radio Nacional dedicado a esta familia muy presente cada uno de enero en el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, se explica que su música nació con una clara vocación popular y se componía expresamente para bailar. Precisamente con esa voluntad festiva y alegre ha conectado como pocos directores en los últimos años el canadiense Yannick Nézet-Séguin, que ha cautivado hoy en su estreno al frente del concierto más famoso del mundo. 

El director principal de la Orquesta de Filadelfia y de la Metropolitan Opera de Nueva York ha convencido a los expertos y ha transmitido una pasión desbordante. Con un programa renovado que incluía cinco piezas nuevas y con una energía descomunal, ha dirigió a la orquesta vienesa de forma muy impetuosa y atrevida. También es renovador en las formas, no tiene la apariencia del clásico director de música clásica. Ha dirigido el concierto con anillos, pendiente y las uñas pintadas, y con un muy elegante vestido de Louis Vuitton diseñado por su esposo, el violista Pierre Tourville. 

El director canadiense también ha tenido varios guiños que rompen la formalidad habitual de esta cita y con los que ha conectado con la vocación popular y alegre de las piezas interpretadas desde su origen, aunque después se apropiarán de ellas los aristócratas. Su energía y su expresión facial, sonriendo en todo momento, casi dando saltos en algún instante, disfrutando de cada nota, con una pasión desbordada y contagiosa, han dado un aire renovador al concierto. Aunque ha sido su debut en la cita de año nuevo, lleva quince años dirigiendo a la Filarmónica de Viena en distintas ocasiones y se percibe la compenetración con la orquesta. 

En su felicitación apeló a la paz y a la amabilidad en un discurso en francés e inglés. También llamó a aceptar y celebrar las diferencias. Para los que no lo conocíamos ha sido una auténtica sensación. Maravilloso. Todos los años el concierto es especial, pero el de este 2026 no ha sido un concierto más. 

El comienzo de un nuevo año tiene siempre algo de nuevo capítulo de un libro vital y millones de personas en todo el mundo lo abrimos disfrutando de la música clásica frente al televisor. Hoy, bajo la dirección del enérgico y admirable director canadiense, se ha escrito una página especial de la historia del concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena en la Sala Dorada del Musikverein y, con ella, de la historia de todos los fieles a esta cita ineludible de cada uno de enero, que siempre nos fascina, este año más aún que otros. 

El concierto más famoso del mundo, que comenzó en 1939 como un acto de propaganda de los nazis, es hoy sinónimo de buenos deseos, paz y armonía. Y eso es algo especialmente valioso en este contexto de conflictos internacionales, bulos y discursos de odio; más aún teniendo en cuenta el origen belicista de algunas de las más célebres piezas interpretadas en el concierto más famoso del mundo, hoy con un significado puramente festivo. Año tras año, el concierto celebra los valses y las polcas de los Strauss, tres generaciones de compositores que fueron estrellas del rock en su época y que, tanto tiempo después, siguen siendo recordados puntualmente cada primer día de enero. 

En aquel reportaje de radio que citaba antes, y que es imperdible, insisto, me encantó una de las críticas de prensa de la época, que describía la música de los Strauss como “bonita, archialegre y revoltosa”. Sigue siendo una descripción precisa de las obras de Johann Strauss padre, Johann Strauss hijo, Josef y Eduard Strauss que, como siempre, centran buena parte del programa del concierto de inicio a fin. 

Esta vez el recital empezó con la genial y enérgica obertura a la opereta Índigo y los cuarenta ladrones, de Johann Strauss hijo, y concluyó, ya fuera de programa, como propina, con En el bello Danubio Azul, de Johann Strauss hijo, y la celebérrima Marcha Radetzky, del padre. Esta última, dedicada al mariscal austriaco Joseph Wenzel Radetzky después de que sofocara una revuelta en el norte de Italia, dividió en parte a padre e hijo, porque Johan Strauss hijo tenía simpatías con las ideas liberales y revolucionarias, aunque terminó abrazando posturas más conservadoras. Cada año es una fiesta, pero éste más que nunca gracias a la genialidad del director canadiense, que pasó buena parte de la pieza entre el público, dirigiendo sus palmas. 

Hablando de renovación, la Filarmónica de Viena ha seguido avanzando en la presencia femenina. El año pasado se interpretó Ferdinandus Waltz de Constance Geiger, la primera pieza compuesta por una mujer en más de ocho décadas de este concierto. Este año, poquito a poquito, la orquesta ha dado un paso más y ha interpretado dos piezas de sendas compositoras, Florence Price y Josephine Weinlich. Esta última fundó en el siglo XIX una orquesta íntegramente por mujeres. Por su parte, Price, de la que se ha interpretado el precioso Vals del arcoíris, fue la primera mujer afroamericana reconocida como compositora sinfónica. Compuso más de 300 obras, pero tras su muerte en 1953 cayó en el olvido. Recuperar sus creaciones ha sido un empeño personal de Nézet-Séguin. 

La segunda pieza del concierto fue el precioso vals Cuentos del Danubio, de Carl Michael Ziehrer, con ese comienzo pausado, delicadísimo, que desemboca poco a poco en una melodía cadenciosa y, a ratos, con ritmo más agitado, emulando el variable fluir del río. Le siguió otra novedad, el maravilloso y muy animado galoppe Malapou, de Joseph Lanner, en el que la filarmónica se animó hasta a hacer coros, algo poco frecuente en este concierto y que supuso otro soplo de aire fresco. Se repitió en varias piezas más. Tras la polka rápida Brausteufelchen, de Eduard Strauss, y Fledermaus de Johann Strauss hijo llegó el bellísimo galope El Carnaval de París, de Johann Strauss padre, tan entretenido y animado como sugiere la fiesta que inspiró al compositor, y con el que se cerró en alto la primera parte del concierto.

Como siempre, en el intermedio pudimos ver un pequeño documental, en este caso, El encanto del arte: 250 años de la colección Albertinadirigido por Alex Wieser, centrado en la bellísima y heterogénea pinacoteca vienesa que combina modernidad y tradición. 

Tras el documental llegaron la obertura de la opereta La bella Galatea, de Franz von Suppè, y la citada polka mazurca Canciones de sirenas, de Josephine Weinlich. Después fue el turno de Dignidad de las Mujeres, de Josef Strauss, otra declaración de intenciones desde su título, para una orquesta que hasta hace tres décadas no empezó a contar con mujeres en sus filas y que sólo el año pasado interpretó por primera vez una pieza compuesta por una mujer en su concierto de Año Nuevo. De momento, ninguna mujer ha dirigido hasta ahora el recital del uno de enero de la orquesta vienesa. Y tampoco será en 2027, ya que hoy se ha anunciado que el concierto lo dirigirá el próximo año el director ruso Tugan Sokhiev. 

Como es habitual, el ballet nacional de Viena ha acompañado dos piezas (la Polca del diplomático y el vals Rosas del Sur) con sendas coreografías grabadas previamente en el Hofburg de Viena y en el Museo de Artes Aplicadas (MAK), en su imponente biblioteca y en otras de sus majestuosas salas. Fueron dos platos fuertes de la segunda parte del concierto, junto al estupendo galope ferroviario Københavns Jernbane-Damp, de Hans Christian Lumbye, con silbatos y todo tipo de instrumentos que convirtieron la Sala Dorada del Musikverein en una estación de tren. La traca final del concierto antes de las propinas habituales, por supuesto, llegó con tres piezas de los Strauss: la citada Rosas del Sur y Marcha Egipcia, de Johann Strauss hijo, y Palmas de la paz, de Josef Strauss. Y al final, claro, las ineludibles En el bello Danubio Azul y la Marcha Radetzky, en la que en director sorprendió apareciendo entre el público en el patio de butacas, dirigiendo los clásicos aplausos. Un momentazo inolvidable. 

Un año más, en España, en TVE, un Martín Llade impecable ha aportado sus conocimientos, su gracia y su vocación didáctica a la retransmisión del concierto, que ha contado igualmente con una decoración floral maravillosa y con una realización televisiva exquisita. 

Con la crónica de hoy, llevamos ya trece años resumiendo en el blog las impresiones del concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Ojalá sean muchos más años empezando un nuevo capítulo con la armonía y la belleza de los valses y las polcas. Y ojalá también afrontar el 2026 con la misma energía y vitalidad que ha transmitido hoy Yannick Nézet-Séguin sobre el escenario. 

Estas son las crónicas anteriores: 


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