Iguazú

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Si el paraíso existe debe de ser algo muy parecido a las cataratas de Iguazú. Cuando uno, después de visitar glaciares imponentes como el Perito Moreno o el Upsala, se cree a salvo de la fascinación por monumentos naturales, llega a Iguazú, en medio de la selva subtropical, y cae rendido a los pies de semejante espectáculo, hasta el punto de que le cuesta horrores decidirse (como si fuera necesario) entre la imponente imagen de esos gigantescos bloques de hielo en el sur de Argentina y esas cascadas naturales salvajes en el norte (y en parte de Brasil). Es algo indescriptible. Solemos abusar de aquello de "no se pueden describir, hay que verlo". Pero creo que nunca antes como con las cataratas de Iguazú he sentido de un modo tan vivo eso. Es imposible relatarlo, no se puede contar, si acaso, sólo transmitir, con palabras, vídeos o fotografías, una imagen aproximada. 


El número total de saltos es variable. Depende de la época del año y de la cantidad de agua, entre otros factores. Así que nos quedaremos con la cifra, siempre aproximada, de 275. Hay, pues, muchas cataratas, de distintas alturas. El 80% se encuentran del lado argentino, mientras que el 20% restante están en el estado brasileño de Paraná. Para pasar del lado argentino al btrasileño es necesario cruzar el Puente Internacional Tancredo Neves, que fue el primer presidente brasileño elegido democráticamente tras una dictadura militar de dos décadas. No llegó a ejercer el poder, murió antes de ello, pero se le recuerda en este puente que une Puerto Iguazú, localidad argentina de unos 75.000 habitantes, con Foz do Iguaçu, ya en Brasil, con unas 250.000 personas. Y, al fondo, se ve la desembocadura del río Iguazú en el río Paraná, que está ya en Paraguay, así que en ese punto se aprecia un triángulo con tres países. Los laterales del puente están pintados a cuatro colores: azul y blanco en el lado argentino, por los colores de su bandera, y amarillo y verde en el brasileño, por la tonalidad de su enseña nacional.

Lo más espectacular de esta zona del mundo es, claro, la posibilidad de contemplar las majestuosas e imponentes cataratas de Iguazú. Pero, ya desde que el avión aterriza en el aeropuerto de Puerto Iguazú, se observa que se está entrando en un territorio selvático, con su flora y fauna particulares. Sueltos por la selva andan, entre otros, pumas y jaguars (yaguareté, como se les conoce allí). Por el parque de las cataratas, al acecho de la comida de los visitantes, marchan los coatíes, una especie de mapaches. También hay monos, aunque estos se dejan ver menos. Y una cantidad ingente de distintos tipos de mariposas. La flora también es propia de la selva, uno se extasía ante tanta vegetación. Es entrar en otro mundo. con la firme recompensa de disfrutar de las cataratas de Iguazú, elegidas como una de las siete maravillas naturales del mundo. 

En el lado argentino, el más extenso, donde más se camina, hay sendas por la selva y, a cada rincón, donde menos lo esperas, te encuentras con un nuevo salto, con un nuevo espectáculo de la naturaleza, con otro regalo apasionante a los sentidos. En el lado brasileño, mucho más pequeño, desde el principio se consigue una vista panorámica, con las cataratas más concentradas, más en línea recta, digamos, frente al visitante. Una visión de grupo mayor, aunque sólo se vea, claro, una parte de los cientos de saltos de agua. Son dos visitas complementarias. Quienes ven primero las cataratas desde el lado brasileño lo consideran más espectacular y los que hacen el sentido inverso, primero excursión a la parte argentina, aún extasiados, atrapados por la experiencia del día anterior, opinan que lo más imponente es lo que se contempla desde Argentina. Ambos ángulos son impresionantes. 

Probablemente el lugar más conocido, por ser el más espectacular, de las cataratas de Iguazú es la Garganta del Diablo. Es lógico. Por un lado, ahí los saltos de agua son desde 80 metros, una distancia enorme que le da a las distintas cataratas que se observan en ese punto una fuerza descomunal (el vídeo con el que se abre el artículo está grabado desde allí). Y, por otro lado, es el lugar donde más se puede acercar al visitante a las cataratas, si descontamos algún otro salto menor que se observa desde más cerca. Uno sale empapado de la Garganta del Diablo, por la bruma que expulsan esos saltos de agua. Si además sopla el viento en la dirección del mirador, el baño es completo. Pero vale la pena. Es uno de esos sitios donde uno piensa que se pasaría horas y horas sin dejar de sorprenderse y maravillarse por ese paisaje idílico, a pesar de la asfixiante humedad y del calor intenso. 

Desde el lado argentino, se accede a la Garganta del Diablo a través de un tren ecológico. Bueno, no exactamente. Se accede a las inmediaciones de este punto en el tren, porque después hay un paseo de más de un kilómetro que permite hacerse una idea de la extensión descomunal del río Iguazú, ya que todo ese trecho se hace en puentes y pasarelas sobre distintas lenguas del río. No parece tener fin, más y más agua. De ahí que las cataratas de Iguazú sean las más caudalosas del mundo. Es el lugar con más biodiversidad del país. Se observan distintas especies animales en esta selva subtropical paranaense, también conocida en Argentina como selva misionera, porque está en la región de Misiones. 

El nombre de Iguazú procede del idioma guaraní, uno de los más antiguos del mundo, y significa agua grande. Esta lengua indígena captó ayer la imponente majestuosidad del río que forma estas cataratas. Es mucho más reciente el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad del Parque Nacional de Iguazú (1984) y del Parque Nacional do Iguaçu (1986). La exuberancia de la naturaleza, el sonido del agua al caer, su potencia, la formación del arcoiris, la vegetación subtropical y la sucesión de vistas, a cual más maravillosa, de las cataratas hacen de este lugar un espacio único en el mundo. Sin duda, lo más espectacular que he visto en mi vida (junto a los glaciares Perito Moreno y compañía). 

Como colofón a un viaje de ensueño, en el vuelo de vuelta (en realidad, el vuelo entre Iguazú y Buenos Aires), el piloto anunció nada más despegar que sobrevolaríamos las cataratas. Una última visión del paraíso. Un broche dorado a este viaje mágico

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Mañana: Bocados argentinos. 

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