12 años del 11-M

A esta hora ya había pasado todo. Las explosiones. El estallido del fanatismo atacando a una ciudad abierta. La incomprensión del terror en unos trenes cargados de trabajadores y estudiantes que nunca llegaron a su destino. Ya había pasado todo y, sin embargo, lo peor estaba por venir. A esta hora ya habíamos escuchado las noticias en la radio. Informaciones confusas. Inquietantes. Aún era imposible sospechar tamaña masacre, semejante desgarro emocional. Fue el primer gran atentado yihadista en Europa. Fue un antes y un después en la historia de España. Fue la sinrazón más espantosa sesgando vidas indiscriminadamente. Fue 11 de marzo en Madrid. 11 de marzo de 2004. Hoy se cumplen 12 años de la más dolorosa tragedia colectiva en la historia reciente de España. 

Fueron horas de pánico y son años de dolor. El calendario marca 11 de marzo y es imposible recordar. Es obligado recordar, diríamos. No olvidar a las 193 vidas humanas arrebatadas por el fanatismo criminal de quienes ven como enemigo a exterminar a todo aquel que no comparte su radical visión de la vida, de la religión. A los cientos de heridos. Imposible no rememorar el horror ante las primeras imágenes. La oleada de solidaridad que inundó a Madrid. Nunca se percibe tanto lo bueno de la condición humana como en las tragedias donde se debe dar lo mejor de uno. Se desbordaron los centros sanitarios de personas que acudieron en masa  a donar sangre. Los taxistas se echaron a la calle para ayudar a desplazar heridos. Los vecinos próximos a los puntos cero del dolor acudieron con mantas para sanar el frío del miedo a los supervivientes. 

Fue una respuesta social ejemplar. Las informaciones que se iban tornando más y más inquietantes. La llegada de las ambulancias. El recuento de víctimas mortales. Sumando dramas. Vidas rotas. Familias destrozadas. Relojes que se quedaron clavados en aquella maldita hora de aquel inolvidable día. Cuánta incomprensión. Cuánto dolor. Cuántas lágrimas. Cuánto miedo. Por los asesinatos indiscriminados. Porque el ser humano no es capaz de concebir semejante matanza. Antes y después otras ciudades sufrieron el azote del fanatismo. En Europa y, sobre todo, fuera de Europa. Y todas las muertes dejan el mismo desgarro, idéntico dolor, los mismos llantos. Pero mentiríamos si dijéramos que el hecho de que ese brutal atentado sucediera en Madrid, nuestra Madrid, no nos impactó de un modo especial. 

Aún hoy duele. Todavía hoy será duro pasar por Atocha un 11 de marzo. Punto de paso, centro neurálgico  de una ciudad viva, alegre, abierta y tolerante. De una ciudad que enmudeció hace 12 años. Las caras tristes. La rabia. Nunca vimos a la vitalista y risueña Madrid tan callada. Nunca tan dolida. El silencio, la estupefacción, dieron paso a los gritos de repulsa por los atentados. Aquella manifestación masiva tras los atentados. Lloraba Madrid. Se rompió el cielo, ahogando los gritos aterrados y dolidos de los manifestantes. Una riada de solidaridad y protestas que una minoría decidió manipular. Llegó entonces lo que hoy es bochornoso recuerdo. El intento de engaño del gobierno de entonces, que interpretó que culpar a ETA del atentado le daba réditos electorales. Y los excesos de una parte de la oposición criminalizando a aquel ejecutivo. Fue un lapso de tiempo breve el de la solidaridad y la unidad. España volvió rápido a ser fiel a sí misma. La división. El cainismo. El sectarismo. Eso, hoy, preferimos no recordarlo. Y sí celebrar que los actos de recuerdo de las víctimas serán más unidos que nunca. Porque, sí, esto también se politizó. 

Hoy es un día de recuerdo, para estar al lado de las víctimas y recordar lo mejor de aquellos días, que fueron las múltiples muestras de solidaridad en Madrid. 12 años llevamos escribiendo cada 11 de marzo. Y seguimos con la sensación de que las palabras se quedan cortas para expresar las emociones de aquel día, el desgarro al recordar a nuestros muertos y heridos. 

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