Ex machina

No eres tú, soy yo. Esta quizá sea la excusa preferida, la frase hecha más socorrida cuando se trata de justificar una ruptura, de romper una relación. Así podría definir mis impresiones sobre Ex machina, la ópera prima del director británico Alex Garland. ¿Es una mala película? No. ¿Carece de interés su trama, el conflicto que plantea? En absoluto. ¿Son acaso malos los diálogos, las interpretaciones? No lo creo. ¿Entonces? Simplemente me falta algo. Y ese algo que me falta está más en mí y en mis gustos como espectador que en la película. Así de simple. Es el tipo de películas, el género de la ciencia ficción, el que me cuesta digerir, digamos. La pregunta pertinente en este caso sería, claro, ¿entonces por qué vas a ver una película de ciencia ficción? Esa ya es otra historia. En todo caso, simplificando mucho, Interstellar me despertó el interés por el género de ciencia ficción y Ex machina me ha devuelto todos las reticencias sobre el mismo que tenía antes. E insistió, seguramente no es ella, soy yo. 

El punto de partida de la película es muy atractivo, sin duda. El desarrollo de las nuevas tecnologías y los avances científicos hacen cada vez menos inverosímil el clásico tema de la ciencia ficción sobre la inteligencia artificial y el desarrollo de máquinas o robots que lleguen a poseer cualidades (buenas y malas) de los seres humanos. No he visto demasiadas películas de este género, por lo antes comentado, y puede sonar por tanto incongruente, pero creo que en ese sentido Ex machina no es en absoluto original. ¿Cuántos millones de veces se ha planteado en el cine la posibilidad de que un robot tenga emociones, piense y actúe como un humano? Aunque sólo sea por los tráilers de cintas que no he visto, unas cuantas. Pero eso tampoco es tan grave. Importa más el modo en el que se plantea este dilema, y no se puede negar que Ex machina consigue mantener al espectador en vela, realmente intrigado, hasta el final de la película. Está muy bien rodada, es bonita de ver y, pese a mis recelos sobre las películas de robots, reconozco que es sugerente el discurrir que sigue la historia. 

Un programador informático que trabajada en la empresa de un gran gurú de Internet que desarrolló un buscador hace años gana un premio para pasar una semana con él en una cabaña ultramoderna en medio de la montaña. El joven, interpretado por Domhnall Gleeson descubre al llegar a ese extraño hogar donde vive su ricachón e insoportable jefe (la interpretación de Oscar Isaac es, para mí, lo mejor de la película) que ha sido elegido para ser la parte humana del test de Turing al que se va a someter a un robot. El jefe de esa empresa de Internet, un tipo alcohólico, engreído, prepotente, egocéntrico, antisocial y bastante odioso, ha creado un robot con apariencia femenina. Ava, se llama. El joven será el encargado de dilucidar si el robot es capaz de superar el test de Turing. El clásico tema de la inteligencia artificial, ya digo. 

La trama cuenta con dos puntos fuertes, desde mi punto de vista, más allá de las muy vistas ya reflexiones sobre hasta dónde pueden llegar las máquinas creadas por el ser humano, el poder de los robots en el futuro, esa imagen mil veces presentada en el cine de unas máquinas inteligentes que dominan al ser humano... Todo eso, lo reconozco, me cansa, me satura, me interesa lo justo. Pero, de la mano de este muy convencional y nada original argumento, hay dos aspectos, ya digo, que sí me resultan muy interesantes. El primero, el lugar de dónde el engreído programador que juega a ser dios ha utilizado como software de su creación: los datos de las búsquedas de los usuarios de teléfonos móviles. Es sugerente, mucho, ese planteamiento sobre el valor de tantos datos que compartimos en Internet. Nada es gratis, eso es evidente, y en las redes sociales y buscadores pagamos, con creces, compartiendo ingentes cantidades de información sobre nuestros gustos que las empresas almacenan y que, comercialmente, valen mucho. Aquí se va un paso más allá en lo que, para mí, es de largo lo más atractivo del filme. 

El otro aspecto que mantiene la intriga y la tensión del espectador es el componente erótico, de tonteo, que surge en la relación entre le joven conejillo de indias encargado de pasar el test de Turing a un atractivo robot llamado Ava. Deja interesantes diálogos la película sobre el coqueteo entre ambos, sobre la programación del robot, sobre el enamoramiento, el engaño, la necesidad de sentirse querido... Ese juego, con el que disfruta, insensible y odioso, el creador de Ava, es otro de los componentes más sólidos del filme. En ocasiones se hace algo lenta la película, que deja algunas escenas francamente prescindibles (un bochornoso baile). La historia avanza con el joven afortunado en el sorteo indagando sobre la creación de su jefe, descubriendo lo que se esconde detrás del proyecto. El final, del que nada desvelaré, me pareció potente, aunque me resultó algo previsible. En resumen, no es una mala película y seguro que los amantes de la ciencia ficción sabrán disfrutarla mucho más que yo. 

Comentarios

Javier Escolar ha dicho que…
Coincido en casi todo (excelentes interpretaciones, interesante enfoque del amor en creaciones de inteligencia artificial, etc.), menos en dos cosas: a mí sí me gustó y ¡apoyo la escena del baile!
Alberto Roa ha dicho que…
Lo de que te gustara, lo puedo entender. No me parece una mala película. La escena del baile, uff, ya es otra historia. Gracias por comentar.