En la historia de la literatura hay muchos autores de un solo libro. Algunos, por decisión propia, porque sienten que ya han contado todo lo que debían contar, porque consideran que han escrito ya el libro que sólo ellos podían publicar. Otros, quizá los más, son autores de una sola obra por condiciones externas como el rechazo de la industria editorial o incluso por el bloqueo ante la presión de publicar un segundo libro después de hacer triunfado con su primera obra publicada. Alston Anderson triunfó con la publicación del libro de relatos Galán en 1959, pero ni la crítica ni los lectores acogieron bien su única novela, All God’s Children, lo que provocó que no volviera a publicar nada más y no se supiera nada de él hasta su muerte en 2008.
Tras leer Galán, editado por Trotalibros con traducción y prólogo de Enrique Maldonado Roldán, pienso que es muy triste que Anderson no escribiera, o al menos no publicada, ninguna otra obra, porque es la suya una voz poderosa, que capta las vivencias y la forma de hablar de la comunidad afroamericana en el siglo XX en Estados Unidos. Como cuenta su traductor en el prólogo de la obra, sus relatos son en cierta forma jazz escrito. También explica en ese interesante texto previo al libro las decisiones que tuvo que tomar en la traducción de la obra, para mantener la esencia de la singularidad de su estilo y su lenguaje, sin caer en simplificaciones ni ridiculizaciones.
Es triste que Anderson no siguiera escribiendo, o publicando, porque supongo es imposible saber si él siguió escribiendo sólo para él, pero al menos queda el consuelo de que podemos seguir leyéndolo y también la impresión de que el autor concentró en esos relatos buena parte de su historia personal. Nacido en Panamá en 1924, hijo de padres jamaicanos, sirvió al ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y después estudió en la Universidad de Carolina del Norte. Todo eso está en Galán, que puede ser visto como un libro de relatos, pero también en cierta forma como una novela fragmentada, ya que muchos de ellos comparten personajes. La segregación racial está en el centro de muchas de estas historias.
Me ha gustado especialmente Días de internado en Carolina del Norte, para mí, el mejor relato de la obra, en el que es fácil imaginar también rasgos autobiógrafos de la propia vivencia del autor. “Era la primera vez en toda mi vida que un blanco me llevaba en coche a algún sitio y era raro”, nos cuenta el narrador sobre un viaje en taxi nada más llegar allí para estudiar en la universidad. El narrador finge que es de Nueva York para no contar que es de Alabama y se encuentra con una discriminación racial por todas partes, incluidos carteles de “sólo para blancos” en muchos comercios y estatuas que honran a soldados confederados en las calles.
Otros tres relatos que destaco son Un delicado amor, Camarada y La danza de los infieles. El primero de ellos, extraordinario, nos cuenta el encuentro de una mujer sentada frente a un hombre en un tren, con pasajes bellísimos como éste: “tú ya sabes cómo es cuando vas sentada en un tren con alguien que va en el asiento de enfrente: los dos miráis por la ventanilla y vuestros dos reflejos pueden verse el uno al otro, eso parece, así que puedes mirar a los ojos a la otra persona a través del cristal de la ventanilla”.
En Camarada, un soldado estadounidense en la II Guerra Mundial se encariña con un perro extraviado, mientras que en La danza de los infieles el jazz toma cuerpo y se cuenta la relación entre dos hombres que comparten una pasión común por esta música (“era como mirar a alguien y pensar por un segundo que te estás viendo a ti mismo”).
Con los relatos se aprende mucho de la vida de las personas afroamericanas del siglo pasado en Estados Unidos, de sus tradiciones y formas de vida. Por ejemplo, Las docenas debe su nombre a un juego de carácter verbal propio de las comunidades afroamericanas en el que compiten dos participantes, generalmente en presencia de público, un antecesor de las batalla de gallos del rap. Significando se refiere a la costumbre de significar, entendido como la búsqueda de dobles sentidos, también parte de la tradición oral afroamericana. Mientras, El viejo Maypeck cuenta la historia de un señor que es hijo de un hombre blanco, que era primo hermano de su amo. Los negros empezaron a llamarlo Maypeck en los años de la Reconstrucción, los posteriores al fin de la Guerra de Secesión (1861-1865), en la que se tomaron medidas para la abolición efectiva de la esclavitud y para la reintegración de los derrotados Estados confederados.
Alston Anderson muestra también una mirada muy avanzada para su época sobre la situación de la mujer. En Un grito, narra un aborto desde la perspectiva del padre, perdidamente enamorado de su pareja (“estaba tan guapa que podría haberle rezado”). El relato Piénsatelo, que es un prodigio formal, se presenta como un diálogo de dos hombres hablando de una mujer; uno de ellos, más bien machista y cosificador, otro que se pregunta qué sentirían si fueran una mujer en un mundo así de machista.
Completan el libro relatos costumbristas como Partida de damas, donde se muestra el día a día de una familia trabajadora; Grande, Suzie Q, Plato especial del día o Talismán, cuyo título se refiere a un tipo de tabaco. El relato que cierra la obra es El que ama, que resulta el broche perfecto a la obra, con el sermón de despedida del hermano Jessup, un sacerdote que cuelga los hábitos, y que concentra la visión del autor sobre la discriminación racial. “Me gusta creer que llegará un día en el que los hombres no serán blancos ni negros ni azules, sino que yo seré yo y tú serás tú, un día en el que no haya ninguna guerra más porque no habrá ninguna necesidad de guerra”. Se escribo hace varias décadas, pero sigue siendo tristemente muy vigente, sigue siendo un deseo, un sueño aún no cumplido.

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