De Lleida a Vielha

 

Los viajes dentro de los viajes, es decir, los trayectos de un destino a otro, son mucho más que simples desplazamientos. A veces, son lo mejor del viaje. Frente a la ventanilla del bus o del tren asoman paisajes asombrosos que permiten descubrir estampas memorables. Sin planificar nada, sin tener que reservar, sin agobios ni prisas. Ahí están, libres y gratuitos para quien quiera contemplarlos. Basta con asomarse a la ventanilla y dejarse sorprender. Estos días he disfrutado mucho en Lleida y viví uno de esos inolvidables viajes dentro de un viaje, el trayecto en bus desde Lleida a Vielha, que uno no tiene prisa alguna en que termine


En el valle de Arán nos esperaban paisajes de esos que diríamos de postal, de cuento, de película. Se suele decir eso porque su belleza es tan abrumadora que no parece real, pero lo cierto es que es al revés, claro, no hay postal, cuento o película que puedan recrear esos paisajes, que puedan hacerle justicia. Se comprueba al hacer fotos o vídeos para intentar en vano llevarse un pedacito del increíble valle de Arán. Tampoco ningún texto como éste es capaz de describir con palabras lo que la exuberante naturaleza nos ofrece en este rincón de Cataluña muy cercano a la frontera con Francia. 

En ese precioso viaje en bus, de unas dos horas y media, hay varios viajeros recurrentes, que hacen el viaje por rutina, tal vez a diario, desde luego, con frecuencia, y que parecen estar acostumbrados a lo que ofrece el paisaje ahí fuera. Supongo que a todo se habitúa uno, incluso a la belleza apabullante. Yo no puedo dejar de mirar hipnotizado. Ya desde que salimos de Lleida, me gusta ver cómo va cambiando poco a poco el paisaje frente a la ventanilla. Primero, con olivos, viñas y muchos árboles feutales. Después, con castillos e iglesias de distintas localidades, allá en lo alto


Las llanuras al comienzo del trayecto dan paso poco a poco a las montañas, que van ganando altura. También cambia la vegetación alrededor. El paisaje va siendo cada vez más exuberante, más asombroso. Y, de pronto, una gigantesca y bellísima extensión de agua. Echo mano de Google Maps para ponerle nombre. Es el embalse de Escales, que cuenta con una extensión de ocho kilómetros se sitúa en la frontera entre Aragón y Cataluña, concretamente, entre Sopeira y Pont de Suert.

Impresionan su extensión y su belleza, que contemplo embobado frente a la ventanilla mientras el bus recorre una carretera serpenteante que añade emoción al momento. Cuando parece que vas a perderlo de vista, de pronto, sigue ahí. Y sigue. Y sigue. Leo que el pantano se construyó en 1955 para producir energía hidroeléctrica, que su su capacidad es de 152,3 hectómetros cúbicos de agua y que ahora está en torno a la 135, es decir, en torno al 88%. Es una imagen bellísima. 


Antes de llegar a Vielha, hay otro embalse, el de Baserca, más pequeño, pero también preciso. Para entonces, alrededor el paisaje ya es el impresionante decorado natural que nos acompañará durante toda nuestra estancia en el valle de Arán. Belleza y armonía allá donde mires. Caballos y algunos rebaños pastando en el valle. Hasta donde alcanza la vista, toda la gama imaginable de verdes en los árboles, pinos, hayas, abetos. Algún tono ocre ya, que anticipa el otoño. Y también cabañas de montaña y pueblitos aquí y allá. 


Había oído que el Valle de Arán era un paraíso natural, pero no estaba preparado para tanta belleza. Es de los lugares más impresionantes que he visto en mi vida. Hay muchas rutas que se pueden hacer a pie o en bici. No faltan los caminos que recorrer, para contemplar el apabullante paisaje desde distintos ángulos. Por ejemplo, desde el Parador de Vielha, que es un alojamiento privilegiado, hay una ruta que te lleva a dos pequeñas localidades, Casau y Gausac, camino de Vielha, la capital del Valle de Arán, y también hay caminitos que se bifurcan


Estas tres localidades comparten una admirable armonía, sin un solo edificio que desentone. Por Vielha, bellísima, pasan dos ríos: el Garona y el Nere. Este último atraviesa el centro de la ciudad antes de confluir con el Garona. Como sucede a lo largo de todo el viaje, lo mejor es mirar alrededor con los ojos bien abiertos, intentar impregnarse de la belleza que nos rodea. 



Visitamos la iglesia de San Miquel, que es de estilo románico tardío y cuyas mayores joyas son el retablo y el Cristo de Mijaran, una escultura que no se conserva entera y que se cree que formaba parte de un descendimiento. Un panel informático cuenta que es una de las piezas más valoradas de la escultura románica catalana. 


El paisaje alrededor, al lado de los Pirineos, abruma por su exuberancia y porque nos recuerda nuestra pequeñez. Invita al silencio, a la contemplación, a las rutas en las que los cantos de los pájaros, tus pasos y tu respiración entrecortada por el esfuerzo sean el único sonido ambiente. 


Los quesos locales, exquisitos todos los que probamos, y algún plato típico, como la òlha aranesa, un cocido de montaña, esperan para reponer fuerzas tras las rutas. 



En Lleida, adonde regresamos cuando terminaron estos días de ensueño, recorriendo de vuelta ese maravilloso viaje en bus, lo que más me gustó fue la Seu Vella, la catedral antigua de la ciudad. Todos los monumentos son en cierta forma una cápsula del tiempo, porque cuentan su historia, pero éste, en cierta forma, más, ya que la catedral, construida en el siglo XIII con estilo románico, fue abandonada y dejó de ejercer sus funciones en 1707, cuando durante la guerra de la Sucesión se convirtió en un cuartel militar. 



Está bien conservada, no se puede hablar de abandono, aunque parece que sí paso por épocas de descuido, pero se sienten esos tres siglos en los que la catedral no ha albergado ceremonia religiosa alguna. Hay una sensación como de tiempo detenido. Un vídeo explicativo cuenta la historia de aquella guerra que llevó a cambiar por completo la función de esta catedral, que se contempla desde cualquier punto de Lleida, ya que está situada en la cima conocida, precisamente, como Turó de la Seu Vella. 

Por cierto, se puede subir en un ascensor, si se quieren evitar las cuestas. Las vistas de la ciudad, con el río Segre atravesándola, valen la pena. Subimos al atardecer y disfrutamos de una bellísima puesta de sol que es el broche perfecto a esta crónica sobre las vacaciones septembrinas de este año. Ya queda menos para las del siguiente.  

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