Toy Story 5

 

Cuando Pixar estrenó Toy Story en 1995 faltaban nueve años para el nacimiento de Facebook y doce para la creación del primer iPhone. Todo ha cambiado mucho desde entonces, empezando por la propia compañía de animación, que ahora pertenece a Disney. Si algo nos ha enseñado esta maravillosa saga de películas sobre juguetes que hablan y cobran vida en cuando los humanos dejaban de mirarlos es que la melancolía no sirve de nada y que no tiene sentido añorar tiempos pasados, porque la vida es cambio y, antes o después, todos los niños dejan de prestar atención a los juguetes que adoraron cuando eran pequeños. Es ley de vida y nada se puede hacer al respecto. Con todo, resulta inevitable no sentir cierta añoranza por esos tiempos en los que los niños se miraban a los ojos y no necesitaban pantallas para entretenerse. Precisamente a eso apela la quinta entrega de Toy Story.

En esta nueva película, que posiblemente no será la última, a tenor de lo bien que está funcionando el taquilla, los juguetes que conocemos de entregas anterior están con Bonnie, una niña que tiene problemas para hacer amigos. Con tan buena voluntad como mal juicio, sus padres deciden comprarle una Lilypad, una tablet adictiva que ofrece toda clase de juegos y la posibilidad de chatear con otras niñas en un mundo virtual. La niña cae rendida a los encantos del cacharro, hasta el punto de que reniega de sus juguetes de toda la vida, no porque le hayan dejado de gustar, sino porque lo guay y lo socialmente aceptado es pasarse la vida entera mirando la pantallita de la Lilypad. 

Por supuesto, Jessie, Buzz Lighyear, Woody y compañía se movilizarán para intentar evitar la muerte de los juguetes de toda la vida y la invasión de las pantallas. Tantos años y tantas películas después, no es fácil mantener la esencia de la saga estrella de Pixar, pero esta quinta entrega, dirigida por Andrew Stanton, lo consigue. De nuevo, como sucede siempre con las películas de Pixar, un estudio que revolucionó y reinventó la animación, hay distintas capas de lectura, y conviven escenas y tramas de acción pura para entretener a los más pequeños (y también a ese niño interior que todos lleva la dentro, para qué engañarnos) y hasta una trama amorosa con otras historias que aciertan a describir bien a nuestra sociedad.

Siempre con el tono amable y divertido de estas películas, el filme muestra con bastante claridad el nivel de adicción a las pantallas que encontramos en nuestro día a día. Adultos pegados al móvil y a los ordenadores, niños que ya no juegan en la calle ni entre ellos si no es con una pantalla en medio, juegos de toda la vida alentados por la imaginación infantil en serio peligro de extinción. No se trata de ser catastrofistas ni tampoco de caer en empeños imposibles que conduzcan a la melancolía, porque ya sabemos que el mundo es el que es, pero gusta que una película tan grande, de un estudio tan potente lance un mensaje así en este momento, por más que seguro que no faltarán videojuegos o demás entretenimientos tecnológicos asociados a Toy Story, o por más que el mensaje no deje de matizarse al final. Ahí queda para quien quiera entenderlo. 

Dos de los grandes aciertos de la película son las escenas en las que se recrea el juego de Bonnie, porque representa con mucha belleza el valor de la imaginación infantil, esa que anestesian las pantallas, y también el hecho de que la tablet Lilypad también hable y perciba lo que siente la niña, porque eso da pie a una de las mejores escenas de la película, cuando el cacharro comprende los efectos devastadores que tiene en la salud mental de la niña. Recuerda a la evolución de las redes sociales desde su creación: empezaron como una buena idea, conexiones humanas y entretenimiento, buenas intenciones, pero no tardaron en llegar sus efectos secundarios, esos que ahora llevan a algunos gobiernos en todo el mundo a intentar prohibirlas para los menores de 16 años. 

Toy Story 5 habla de la amistad, del paso del tiempo, de la importancia de disfrutar de la niñez sin prisas, de la necesidad de alimentar la imaginación y de los riesgos de las pantallas para los pequeños, pero que también se puede trasladar a los mayores. Muchas veces, los propios niños son los primeros que perciben con nitidez que esas pantallitas aíslan a los adultos de lo verdaderamente importante, sus juegos, el tiempo compartido. Pixar, que tantas veces nos ha divertido y emocionado al tiempo que nos ha hecho pensar, lo ha vuelto a hacer, con otra película que parece perfecta para los adultos nostálgicos de aquella primera entrega de la saga y también para los niños que, ya de vacaciones, se enfrentan a un verano largo en el que las pantallas no deberían ser su principal entretenimiento. 

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