Contó Gisèle Pelicot en la entrevista que concedió hace unos meses a La grande librairie, el programa de libros de referencia de la televisión francesa, que escribiendo el libro que publicó hace meses sobre su vida constató la importancia de las palabras, de contarse, de encontrar el modo de reflexionar sobre lo vivido. Tras terminar de leer la otra, totalmente conmovido, es aún mayor la admiración y la gratitud que siento por esta extraordinaria mujer. Impresiona Et la joie de vivre, el libro editado por Flammarion en Francia y por Lumen en España, traducido como Un himno a la vida, que ha escrito junto a la novelista Judith Perrignon.
Es admirable su decisión de que el juicio contra su marido y los que la violaron no fuera a puerta cerrada, para que la vergüenza cambiara de bando, pese al enorme desgaste emocional que eso suponía para ella. Igual de admirable es que haya decidido escribir este libro, que tiene el inmenso valor del testimonio de una mujer que, muy a su pesar, se ha convertido en un referente de la dignidad y la justa lucha feminista, y del que habló en entrevistas serenas, reflexivas y emotivas con varios medios, como la citada antes.
La simple existencia de este libro, que Gisèle Pelicot haya decidido escribirlo, es valioso por sí mismo, tiene una enorme importancia. Pero es que además de ese valor intrínseco que tiene la obra, se trata de un libro sobresaliente, de indudable calidad, que conmueve e impacta al lector. Es uno de los libros que más me han sobrecogido e impresionado en mucho tiempo. Termino su lectura con una admiración aún mayor por esta mujer que tiene una arrolladora pulsión de vida, que se niega a ser reducida a la categoría de víctima, que muestra la generosidad de contar su historia para reflexionar sobre el machismo y la cultura de la violación, que tristemente sigue presente en nuestra sociedad, y que cuenta con una honestidad desarmante cómo su vida se detuvo en seco cuando fue informada de las violaciones reiteradas que había sufrido a mano de cincuenta hombres y de su propio marido y padre de sus tres hijos, por la sumisión química a la que él mismo la sometía y que le provocaba agotamiento, mareos y serios problemas de amnesia.
Desde las primeras páginas, en las que la autora explica cómo fue informada de golpe de las atrocidades que su marido planeó y propició que ella sufriera durante años, Pelicot deja claro que abordará su historia con un estilo directo, sin concesiones, con honestidad. Cuenta cómo descubrir aquel horror alteró su relación con sus hijos David, Caroline y Florian. También que quiso estar sola, que no se reconocía en el retrato de ella que hacía la gente a su alrededor o que después hicieron los medios de comunicación. Tan terrorífica es su historia que la primera reacción de una psicóloga es no creerla, hasta que ella le pide que busque las noticias sobre el caso en internet.
Como bien afirma la autora, estamos hechos de nuestros recuerdos. “Si me arrancaban los últimos cincuenta años de mi vida significa que yo no había existido, que yo estaba muerta”, escribe. Por eso, intenta no renunciar a los recuerdos de su vida junto a su marido, cuando descubre que era un depredador sexual. Afirma que eran percibidos como una pareja modelo, que su hija decía de ellos que eran unos eternos adolescentes. Gisèle Pelicot intenta salvar de la quema algunos de esos recuerdos familiares, pese a lo inimaginable del daño causado por su marido. Se pregunta si existió alguna vez el hombre con el que creía haber compartido la vida, y relata cómo el psiquiatra que lo trató contó en el juicio que pueden coexistir en una misma persona dos personalidades opuestas, por lo que algo de esa ternura, de esos recuerdos felices que ella atesora, podrían no ser una farsa.
La autora también relata su pasado y el de su marido. Su infancia, marcada por la muerte de su madre cuando ella tenía nueve años. Las páginas dedicadas a ella son de las más emotivas del libro. Toma du sonrisa y vitalidad como testamento, casi como una deuda eterna con su madre. Años después también perdió a su hermano. Esas dos muertes le hacen desear por encima de todo formar una familia, dar ella el amor que recibió en casa y que le negó la segunda mujer de su padre. Por su parte, la infancia de su marido y agresor estuvo condicionada por la severidad y violencia de su padre, Denis Pelicot.
El libro está lleno de pasajes que impactan, como cuando la autora cuenta que llevó ropa a la cárcel a su marido y violador cuando llevo el invierno, porque teme que pase frío, o cuando le contó que habían vuelto a ser abuelos. No oculta las fricciones con sus hijos, en especial, con su hija, que teme haber sido también violada por su padre. Pese a todo, Gisèle Pelicot, como sugiere el título de la obra, se aferra a la vida, al amor. Conoce a Jean-Loup, su nueva pareja. Mira hacia adelante. Vive con serenidad y no pierde su sonrisa. Afirma ya casi al final del libro que sabe que esa actitud confiada puede ser su peor enemigo, pero que si renuncia al amor habrá triunfado el vacío contra el que lleva luchando toda su vida, desde que perdió a su madre.
Otro gran pasaje del libro es en el que relata cómo decidió que el juicio no sería a puerta cerrada, como había pedido en un primer momento. Antes de empezar el proceso, tras reflexionar un día dando un paseo, decide que sea abierto, porque la vergüenza debe cambiar de bando. Y eso lo cambia todo. Los acusados y muchas de sus defensas no se lo perdonan, porque eso implica ponerles caras. El seguimiento mediático es enorme en todo el mundo. Sus palabras resuenan e inspiran. Cuenta que todos los días hay mujeres en la puerta del juzgado que la aplauden y agradecen su valentía, y que recibía cartas a diario.
Es de una honestidad fascinante la forma en la que cuenta cómo fue tomando consciencia de que su caso, esta historia atroz, ya no le pertenecía del todo sólo a ella, que el juicio fue a sus acusados y a la cultura de la violación. Afirma que cuando en mayo del 68 muchas mujeres luchaban por la libertad y la igualdad, ella seguía con cierta distancia su movimiento, se reconoce hija de su tiempo y sabe que puede decepcionar a algunas militantes feministas. Pero lo cierto es que da un paso adelante de admirable valentía y se convierte en un icono, en un referente de dignidad. Ahora, en cierta forma cierra el peor momento de su vida con este impactante Et la joie de vivre, cuenta su vida, agranda aún más la admiración que millones de personas en todo el mundo sentimos por ella y también invita con las palabras justas y con un relato de mucho valor histórico, testimonial y también literario a reflexionar sobre el patriarcado, la cultura de la violación y todo lo que aún queda por avanzar en la igualdad real y efectiva de hombres y mujeres. Es un libro sobresaliente.

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