A sus 79 años, Steven Spielberg sigue siendo un extraordinario contador de historias. No es que sorprenda a estas alturas, claro, pero no deja de ser digna de elogio su forma de entender el cine, siempre al servicio del espectador y su disfrute. El director de muchas de las más recordadas películas de las últimas décadas, maestro del cine de aventuras, artesano del entretenimiento, estrena ahora El día de la revelación, con la que demuestra que sigue en plena forma y en la que vuelve a uno de sus temas clásicos, el de los extraterrestres. Pero el tema es un poco lo de menos, porque lo importante en el cine de Spielberg, lo verdaderamente irrenunciable, es mantener enganchado al espectador de inicio a fin. Y una vez más lo consigue con creces.
No es su mejor película, porque eso son palabras mayores en tan extensa y brillante filmografía, pero sus casi dos horas y media se pasan volando y, por momentos, siento la misma sensación de diversión casi infantil que cuando vi hace ya unos cuantos años sus más clásicas películas de aventuras. El ritmo trepidante de inicio a fin, algunos planos sorprendentes, el humanismo y la emoción a la hora de retratar a sus personajes y la intriga magistralmente dosificada vuelven a estar ahí. Spielberg en estado puro.
Aunque es una tarea ardua, conviene llegar al cine con la menor información posible sobre la película. Eso también intentaré yo en esta crítica, desvelar lo justo, porque en algunas críticas les falta poco menos que contar la escena final. Con El día de la revelación pasa como con cualquier gran película de acción y aventuras, porque en el fondo eso es por encima de todo, que es deseable dejarse sorprender y no conocer demasiados detalles sobre la historia. Cuanto menos se sepa de ella antes, mejor. Hay que entregarse a la película, confiar en Spielberg y su maestría largamente acreditada, ponerse en sus manos y disfrutar como cuando de niños vimos ET, Parque Jurásico o las distintas aventuras de Indiana Jones.
Así que a modo de sinopsis bastará decir que los protagonistas de la historia son un matemático superdotado que trabaja en una empresa privada que lleva décadas ocultando un secreto a la opinión pública, a quien da vida con su solvencia habitual Josh O’Connor, y una presentadora del tiempo en la televisión de Kansas que aspira a presentar los informativos y que, sin esperarlo, tendrá una relación más estrecha de lo que le gustaría con la trama central de la película, a la que interpreta una magnífica Emily Blunt. A su lado, entre otros, Colin Firth como el mandamás de esa empresa privada con influencia sobre las autoridades y aviesas intenciones, Eve Hewson como la asombrada novia del personaje de O’Connor, Wyatt Russell como la también desbordada pareja de la presentadora del tiempo, Colman Domingo como el cabecilla de quienes quieren desvelar el secreto y Elizabeth Marvel como la madre superiora de un convento. Un elenco impecable puesto al servicio de una película cuyo ritmo no decae en ningún momento.
En lo formal, en el ritmo, la forma de ir contando detalles sobre ese gran secreto, la interpretación de los actores, el guion, las escenas de acción pura magistralmente rodadas, la intriga hasta el final y, en fin, la maestría de Spielberg como contador de historias, la película no tiene pega alguna. Consigue exactamente lo que se propone, Spielberg vuelve a hacer con el espectador lo que le da la gana, que resulta que es entretenerlo, que pasemos un rato boquiabiertos en la butaca de cine y nos olvidemos un poco de todo. En la película aparece como telón de fondo una algo confusa situación geopolítica extrema, de crisis, tensión bélica y temores generalizados, que no difiere demasiado de cualquier informativo que podamos ver hoy en día, así que la propia historia funciona como entretenimiento que nos permita alejarnos de ese ruido, aunque sólo sea un rato.
Luego está el fondo, la historia contada. Y aquí sí tengo algún reparo, no sé si diría reparo, quizá es una palabra demasiado gruesa. En general, el tema de la vida extraterrestre me interesa poco tirando a nada. Pero me resulta del todo indiferente, porque me encantan las buenas historias bien contadas, y en eso Spielberg sigue siendo el rey. Imagino que habrá quien vea la película buscando pruebas de la existencia de vida extraterrestre, quien prefiera acercarse a ella casi más como un documental que como una película de ficción, quien decida que, en vez de simplemente entretenerse, el filme reafirmará sus ideas preconcebidas sobre los aliens y demás. Perfecto, que les aproveche. No es mi caso.
Tal vez por eso, por el interés reducido que siento por todo esto de los extraterrestres, a lo largo de la película a veces pienso que una revelación como la que sugiere el filme quizá no provocaría en la sociedad ese efecto tan gigantesco como el que se ve en la pantalla. Veo todo un poco demasiado pomposo y solemne. Me chirrían también algunos de los pensamientos inmediatos que acuden a la mente de algunos personajes cuando descubren el secreto, como uno relacionado con las creencias religiosas, y creo igualmente que el retrato del funcionamiento de los medios de comunicación que hace la película está un tanto alejado de la realidad. Pero todo ello son minucias, detalles sin la menor importancia si los pongo en la balanza ante las dos horas y media de diversión que Spielberg nos vuelve a regalar rozando ya sus 80 años. Larga vida al rey.

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