L’homme qui lisait des livres

 

Siempre que viajo a París es visita obligada la maravillosa Shakespeare and Company, frente a Notre Dame, al otro lado del Sena. Aunque es una librería especializada en literatura en inglés, también cuenta con un bien apartado de libros en francés y, entre ellos, la última vez que visité esa librería hace unos meses me deslumbró L’homme qui lisait des livres, de Rachid Benzine, editado por Julliard, y que ha editado recientemente en España Salamandra con el título de El librero de Gaza. Sentí un flechazo por su bellísima portada, con una ilustración que, según cuenta el autor, se inspira en un librero de Rabat, y me atrajo también su temática, la historia de un librero que abre su pequeña librería en Gaza y pasa el día entre libros como forma de resistencia en medio del caos. 

El libro estaba en el siempre creciente cajón de las lecturas pendientes hasta que, hace unas semanas, el Instituto Francés de Madrid organizó un encuentro con su autor. Tras escucharlo, adelantó posiciones y se puso como el primer libro en la lista. Contó en aquella charla Benzine de su decisión de escribir una novela en lugar de un ensayo, porque entiende que es la mejor forma de llegar al lector. También habló de la deshumanización y la desmemoria que rodea el conflicto palestino-israelí, y de cómo la voz palestina apenas se escucha en Francia y en Europa en general. Incluso, se silencia, con restricciones a la libertad de manifestación en no pocos países que tildan de antisemitismo cualquier crítica a las atrocidades del gobierno israelí. Los libros no pueden detener las bombas, pero sí pueden combatir el olvido, afirmó el autor. Su obra, tan chiquita como encantadora, es una bella defensa del poder de la lectura a pesar de todo

El libro alterna la segunda con la primera persona. El narrador habla a un fotógrafo en Gaza que quiere tomar una instantánea de un anciano que lee a las puertas de la librería que regenta. Éste, Nabil, el gran protagonista de la obra, le dice que posará para él encantado, pero que si no quiere que le cuente su historia. Pasa entonces a narrar en primera persona su vida y, con ella, la historia del pueblo palestino, que no empezó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamas perpetró los execrables atentados terroristas contra Israel que dieron paso a la salvaje operación militar del gobierno de Netanyahu en la franja de Gaza.

El protagonista de la obra lo ha perdido todo, vive rodeado de la desesperanza, la rabia y el dolor de un pueblo pisoteado, pero no deja de leer y releer los libros que han sido más importantes en su vida. Lo hace en silencio, sin molestar a nadie, sin pretender que con eso vaya a poner punto final al horror que lo rodea, pero con voluntad de seguir rodeándose de lecturas e historias, de todos los tiempos y todos los países, de relatos universales. Cada capítulo lleva el título de uno de esos libros que le han marcado. Hamlet, Si esto es un hombre, El libro de Job, Cien años de soledad o El incendio Mohammed Dib. Con todos ellos, procedentes de distintas tradiciones culturales y distintos tiempos, se siente identificado, porque eso es lo que consigue la literatura. 

Nabil, hijo de madre musulmana y de padre cristiano, cuenta la huida de sus padres por la Nakba, su infancia en un campo de refugiados, el proceso de desencanto y radicalización de su hermano, su enamoramiento, la forma en la que las sucesivas guerras e intifadas condicionan su vida, la falta de libertades, el daño del conflicto en su vida cotidiana. Es un libro chiquito en el que la defensa del poder de la literatura ocupa casi más espacio que la historia palestina, pero no hay gran acontecimiento de las últimas décadas que no se mencione, que no afecte al día a día de Nabil y los suyos. 

Hay pasajes bellísimos que reflexiona sobre la vida de los palestinos. Por ejemplo, éste en el que expresa cómo es su vida: “Y pese a todo sigue la vida. Un teatro de miseria y de locura, un baile grotesco en el que los vivos no están del todo vivos, pero tampoco muertos todavía. Caminan entre las ruinas como fantasmas, con el aire de los que lo han visto todo, lo han perdido todo y no esperan nada, sólo el final. Pero continúa. Y hay que vivir esperando”.  O este otro, impactante, sobre cómo han crecido generaciones de palestinos e israelíes, con el odio imperando: Caos, humillación, destrucción. En toda su vida, muchos palestinos no habrán conocido otro trato. Y también toda su vida, muchos israelíes sólo han representado a los palestinos como terroristas”.

El libro, muy centrado en Gaza y en la vida del pueblo palestino, conecta con los lectores por lo que tiene de universal. Porque allí las personas también se enamoran, tienen amigos, suelos, anhelos, quieren a sus hijos. Por eso, la historia también es universal. Y ese es su gran acierto, además de su exquisita sensibilidad. Así, por ejemplo, el librero protagonista de la obra siente el duelo por la pérdida de series queridos (“tal vez no se ha ido. Tal vez sólo se ha convertido en este vacío en torno a mí, este contorno invisible que da forma a mi cotidianidad”) o echa en falta a sus padres (“menudo invisibles, vivos o muertos, tus padres te acompañan en cada instante de tu existencia”). 

L’homme qui lisait des livres (El librero de Gaza en España) es un libro encantador que combate el olvido del pueblo palestino y defiende la lectura y la belleza como formas de resistencia a pesar de todo. Tal vez para contradecir de forma brillante esta frase que el autor pone en boca del protagonista: “es más fácil hablar de los horrores del mundo que de la belleza de las cosas, ¿no crees?”. 

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