La fiesta del fin del mundo

 

Ya desde su título, La fiesta del fin del mundo, es muy sugerente el libro de Natalia Castro Picón, último Premio Anagrama de Ensayo. Su subtítulo deja más claro el singular enfoque de la obra: Apocalipsis cultural en el período entre crisis (España 2008-2023). En efecto, la sucesión de crisis (económica, climática, pandémica…) y el auge de las representaciones apocalípticas en libros, series y películas han sido una realidad en los últimos años en nuestro país (y no sólo). No parece una casualidad que en este tiempo tan agitado se haya imaginado más que nunca en la ficción el fin del mundo, ese que, según la expresión muy extendida, es más fácil de imaginar que el fin del capitalismo. A ello se dedica a estudiar esta obra que tiene la virtud innegable de invitar a la reflexión y de no dejar indiferente al lector, esté más o menos de acuerdo con sus afirmaciones. 

Por mi parte, yo venía de leer Contra el pesimismo, así que casi parecía natural dar el salto a esta obra sobre las representaciones apocalípticas. De un extremo a otro y tiro porque me toca. Qué mejor que leer dos ensayos tan diametralmente opuestos para sacar conclusiones de ambos.  

La autora afirma que hay dos formas de afrontar el apocalipsis: la culturalmente productiva y la psicopatológica. Ella apuesta por la primera, ya que defiende lo que llama el pesimismo organizado y la alegría de vivir, pero lamenta que es la segunda la más extendida en las representaciones apocalípticas hoy en día. Asegura que se confunde el fin del mundo con el fin de un mundo y señala directamente al capitalismo. En su opinión, ante la crisis del sistema en el que vivimos, las ficciones que muestran escenas del fin del mundo se encargan más de convencernos de que debemos apuntalar al actual sistema que de intentar imaginar alguna alternativa. 

Cuando la autora habla de imaginarios y representaciones del apocalipsis lo hace desde una mirada amplia. “Hay quienes advierten de que la obsesión con el fin del mundo de los últimos tiempos es en realidad la manifestación de otra crisis mucho más mundana pero igualmente profunda: la de la identidad occidental, nacionalista, masculina y blanca”, leemos en un pasaje del libro. En otro habla del imperante fundamentalismo del libro mercado y de un nuevo sentido común que Mark Fisher denomina “realismo capitalista”, y que viene a decir que no hay alternativa posible. “El juego es el siguiente: el sentido común capitalista disimula su propia crisis de legitimidad narrando la posibilidad de su final como un espectáculo aterrador, y en esto nos pone ante una encrucijada: o ponemos todo nuestro empeño en sostener un sistema disfuncional, o solo nos quedará arrojarnos al caos y el sálvese quien pueda”, afirma. 

La autora recorre en distintos capítulos crisis y situaciones reales que vincula con escenarios apocalípticos como el surrealista proyecto de Eurovegas en medio de la crisis de 2008, la segregación social apoyada en un fuerte componente aspiracional de los nuevos barrios de la periferia, las protestas del 15-M, la pandemia de COVID-19 o hasta el ordenamiento urbano de Madrid, con pocos espacios para sentarse si no es una terraza, por ejemplo, o con plazas sin sombras ni apenas vegetación. 

El libro se centra mucha en las representaciones culturales del apocalipsis, por lo que sirve también como guía de lectura. Menciona un buen puñado de obras apetitosas. Entre otras, apunto: Las palmeras, de Jimena Sabadú, una novela publicada solo unos días antes de que se desatara la pandemia de Covid-19 en la que España sufre una epidemia zombi a la que se conoce como “el brote”; Tsunami, de Albert Pijuan, centrado en el devastador tsunami del océano Índico de 2004; la novela gráfica El fuego, de David Rubín; o Lugar seguro, de Isaac Rosa,  cuyo protagonista abraza “la universalización del dogma del egoísmo y la noción de que el ser humano tiene una inclinación natural a competir, acaparar y buscar su interés personal”, y que simboliza el “realismo capitalista, ese sentido común ideológicamente construido para salvaguardar el sistema con el pretexto de que no se le puede encontrar una alternativa verdaderamente funcional”.

El libro se cierra con un epílogo dedicado a la dama de Valencia en el que la autora comparte sus dudas sobre si escribir o no de una tragedia aún tan reciente en el momento en el que escribe la obra. Decide hacerlo para resaltar la reacción cívica y solidaria de tantas y tantas personas que contradice a esa mirada fatalista que, según denuncia, impera en las representaciones apocalípticas. Igual que en la pandemia hubo muestras innumerables de solidaridad entre vecinos o igual que (esto ya no está recogido en el libro, porque pasó después de su publicación) la inmensa mayoría de la gente tuvo un comportamiento ejemplar en el apagón que dejó durante horas sin electricidad a España el año pasado. Porque, como sostener este ensayo tan sugerente, quizá es en ese instante en el que creemos vivir el fin del mundo cuando surja, después de todo, la oportunidad de cambiar las cosas. 


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