Nueve meses después del accidente de Adamuz, en el que murieron 46 personas, España vuelve a estar en shock por una catástrofe ferroviaria en la misma línea. Ayer a las 8:53 de la mañana, un tren AVE chocó con un Iryo a la altura de la localidad toledana de Urda. Según las últimas informaciones oficiales, el accidente ha dejado 69 fallecidos y cientos de heridos, algunos de ellos graves. Lo ocurrido ha dejado al país, en luto oficial hasta el sábado, en un estado de tristeza profunda. Hay muchas preguntas y exigencias pertinentes, porque necesitamos conocer el porqué de lo ocurrido, pero por encima de todo, hoy en día, pesa el shock en el que todos nos encontramos.
Suena a frase hecha, y lo es, pero una vez más se ha demostrado que estas tragedias sacan lo mejor de la mayoría de las personas, por más que siempre haya una minoría ruidosa que se dedique a difundir bulos, generar confusión o propagar el odio. Pasajeros que ayudaron a heridos tras el choque, vecinos de Urda que acudieron a ayudar en cuanto supieron del accidente, personal sanitario, bomberos, guardias civiles, policías, miles de personas que colapsaron los centros de donación de sangre en todo el país, periodistas que informaron con rigor y sensibilidad de lo ocurrido… En medio de la devastadora tragedia, los informativos se llenaron ayer de historias anónimas de personas que hicieron lo que pudieron para ayudar. Y así es la mayoría de la gente. Sin duda. En casos así, todo lo que no sea pensar en cómo intentar ayudar a las víctimas, en cómo echar una mano, es estorbar. O aportamos o nos apartamos.
Por supuesto, la prioridad de las autoridades debe ser atender a las personas afectadas, cuidar a los heridos y acelerar lo máximo posible la identificación de los fallecidos. Hay familias que aún no tienen una confirmación oficial sobre el estado de sus seres queridos. Es imposible imaginar ese dolor. Los teléfonos sonando, la falta de noticias, la angustia constante. Espeluzna sólo imaginarlo.
Este accidente ha impactado a toda la sociedad por lo dramático de lo ocurrido y porque en esos trenes podíamos ir cualquiera. Nos reconocemos en las historias que vamos conociendo de las víctimas. Algunos iban en el tren por viajes de trabajo, otros disfrutaban de unos días de vacaciones o regresaban a casa para estar con la familia. Había personas de todas las edades y nacionalidades, gente de toda clase y condición que cogió un tren por la mañana y no llegó a su destino. Personas que leían aprovechando el viaje en tren, o que se habían conectado ya el portátil para trabajar desde leí. Personas que se tomaban algo en la cafetería o cerraban los ojos para descansar un poco antes de llegar a destino. Viajeros felices y tristes, esperanzados y temerosos, en un momento alegre o en otro complejo, con unos pensamientos ilusionantes o no. Personas como cualquiera de nosotros que se despertaron ese día sin saber que sería el último de sus vidas.
Al igual que sucedió con el accidente ferroviario de Adamuz, es imprescindible y urgente que se abra una investigación independiente que dilucide lo ocurrido. Según las primeras informaciones, todo hace indicar que estamos ante una sucesión de errores. El primero, sin el cual nada de esto habría ocurrido, es el fallo en el sistema informático de seguridad LZB, que es el que impide los errores humanos y puede incluso detener de forma automática un tren si va camino de embestir otro. Se ha contado que fue un fallo informático, pero no se ha explicado, y es imperioso conocerlo, por qué pasó exactamente y también desde cuándo existía ese problema en ese tramo, porque algunas informaciones periodísticas que citan a maquinistas hablaban ayer de que los fallos del sistema LZB empezaron el día anterior del accidente.
Cuando se pasó a control manual tras el fallo del sistema informático, hay también dudas sobre el seguimiento del protocolo y sobre las aparentemente erráticas órdenes que se dieron desde el centro de control a los maquinistas de los dos trenes siniestrados. Según los audios filtrados ayer (filtración interesada, naturalmente), al maquinista del AVE se le dio el mensaje de que podía retomar la marcha con velocidad normal y no con marcha a la vista (40 kilómetros por hora), como al parecer es preceptivo en este tipo de casos. Pero es que además, cuando un maquinista de otro tren corrigió al control diciéndoles justo eso, que el protocolo indica una velocidad más lenta cuando no funciona el sistema informático de seguridad, nadie desde el control trasladó esa información a los maquinistas de los trenes. Además, al parecer, cuando la maquinista de Iryo contó que no podía arrancar y que estaba detenida, desde el control, el mismo que dio al maquinista del AVE la orden de reemprender la marcha a la velocidad normal en ese mismo sentido y en esa misma vía, se le dijo que arrancara cuando pudiera y nadie se percató de lo que iba a ocurrir. Fueron 17 minutos con muchas oportunidades para evitar lo que se avecinaba, una sucesión de varios errores, precedida por el fallo inicial de la caída del sistema informático, que no está convenientemente bien explicado.
Cualquier tentación de intentar culpar de lo ocurrido a un único trabajador del centro de control se parecerá demasiado al impresentable modo de proceder que llegó tras el accidente de tren de Angrois, en el que murieron 80 personas, y del que se quiso culpar en exclusiva al maquinista. Si el sistema está montado de tal forma que la vida de cientos de personas en pleno siglo XXI depende del fallo o despiste de un trabajador, entonces el sistema no funciona y debe ser revisado. La investigación aclarará lo ocurrido y conoceremos los detalles que aún se nos escapan. Pueden ocurrir varios fallos a la vez y ninguno de ellos. Del mismo modo que el evidente deterioro y el insuficiente mantenimiento de las vías de alta velocidad en España desde hace muchos años es una realidad, pero está por verse qué relación directa tiene con este accidente en concreto, sin que eso anule su gravedad.
Este accidente llega a poco más de un mes de las elecciones generales, por lo que los partidos políticos disimulan cómo pueden los cálculos electorales y la reduccionista mirada partidista a lo ocurrido. Me da pena quien ayer al enterarse de un accidente grave de tren pensara en sus posibles implicaciones de cara a la cita del 29-N en lugar de pensar en las víctimas y en sus familias. Porque si algo nos recuerdan, trágicamente, catástrofes como la de ayer, es que lo humano va siempre primero. O así debería ir. Claro que hay que exigir responsabilidades, por supuesto que necesitamos saber qué ocurrido y naturalmente que un país como España no puede permitirse tener dos accidentes tan graves con apenas nueve meses de diferencia. Pero eso, exigir que se investigue y se invierta cuanto sea necesario en la seguridad, que se haga todo lo posible para evitar que algo así pueda ocurrir, debe ser compatible con no actuar como carroñeros en busca de beneficio electoral.
La alta velocidad ha tenido desde su nacimiento en 1992 algo de legítimo orgullo nacional en España. Fue un símbolo del salto a la modernidad del país, con esa primera línea Madrid-Sevilla, para conectar la capital con la Expo de aquel año mágico, también el de los Juegos Olímpicos de Barcelona. La alta velocidad ha sido marca España, nunca exenta de debates sobre lo acertado o no de relegar a los trenes regionales y de media distancia para invertir más y más en nuevas líneas de alta velocidad. Estas dos tragedias, la de Adamuz y la de Urda, obligan a replantarse todo el modelo, a repensar cada decisión, cada detalle, cada milímetro del trazado. Y es, además del terrible dolor por la pérdida de vidas humanas, un golpe enorme a la propia autoestima nacional, al orgullo y la imagen de país moderno en el que los trenes salían y llegaban a su hora y, por supuesto, lo hacían con total seguridad. La perfección de que nada funciona, ni siquiera lo que hace años era motivo de orgullo, es devastadora para cualquier país.
Este accidente ocurrió, según todos los indicios de los que disponemos ahora, por una sucesión de errores que deberán ser investigados. Es exigible que se informe a la población con absoluta transparencia y que nadie actúe con un fin distinto al de aclarar lo sucedido para que no vuelva a pasar. Por lo que conocemos hasta ahora, es un accidente que podría haberse evitado.
Lo ocurrido ayer, que nos ha dejado a todos en estado de shock, nos recuerda también algo que intentamos olvidar: lo tremendamente frágiles y vulnerables que somos, lo caprichoso que es la existencia humana. Hoy estamos vivos, sanos, llenos de planes y esperanzas, y al instante, no. Vivimos sin ser conscientes de ello. Montamos en el Metro cada mañana, o conducimos en coche o tomamos un autobús. Paseamos por la calle, cogemos ascensores, tropezamos en escaleras, acudimos a zonas que registran seísmos… El dolor causado por tragedias como ésta procede también, en parte, del cruel recordatorio de lo frágiles que somos, de cuán precario es ese equilibrio de todo lo que damos por hecho. Y quizá eso debería llevarnos también a intentar darle importancia sólo a aquello que lo tiene, a ser amables y empáticos, como lo fueron tantas personas generosas que desde que supieron del accidente ayudaron en lo que pudieron. La vida es caprichosa y frágil. Por desgracia, un trágico accidente que debe ser investigado hasta las últimas consecuencias acabó con 69 vidas en una localidad toledana que desde ayer, 28 de octubre de 2026, pasará a ser sinónimo en la memoria colectiva de una tragedia ferroviaria espantosa y también de una oleada admirable de solidaridad.

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