No soy un gran lector de cómic; aunque me gustan, estoy lejos de ser un experto en el noveno arte, pero admiro a Paco Roca, uno de los autores españoles contemporáneos de novela gráfica más reconocidos. Entre otras cosas, porque algunas de sus obras han sido adaptadas al cine o la televisión, como Arrugas, La casa o El tesoro del Cisne negro, que Alejandro Amenabar convirtió en la serie de La fortuna.
Ahora he leído el extraordinario Regreso al Edén, un cómic formidable en el que el autor toma como punto de partida una foto familiar tomada el año 1946 en una playa de Valencia para contar una bellísima y tierna historia de memoria familiar en la posguerra española. El cómic tiene un fuerte componente autobiográfico, ya que en autor ahonda en la historia de sus abuelos y sobre todo de su madre, pero, como sucede siempre con las historias íntimas bien contadas, termina siendo el retrato de una época dura para las familias humildes.
Decía que muchas de las obras de Paco Roca han terminado siendo llevadas al cine y no me extraña, porque sus cómics sobresalen en fondo y forma. Sus viñetas invitan a contemplar cada detalle, a maravillarse por sus atrevidas soluciones formales, por su explosión de ingenio. Es un cómic precioso, sí, pero la historia es también muy poderosa. Por el modo en el que el autor escarba en la historia de esa foto que con tanto cariño guardó su madre durante décadas, por cómo desglosa las historias de todas las personas que aparecen ahí, mirando a la cámara, en un día de playa.
El cómic refleja también la dura situación de las familias españolas medias en aquel tiempo, en especial de las mujeres. Es la historia de la familia del autor, pero es en realidad la historia de tantas y tantas familias españolas que pasaron por penurias, que tuvieron que acudir al estraperlo para comprar alimentos básicos y que, cuando podían, de cuando en cuando, soñaban con otras vidas en el cine o escuchando la radio.
Como ocurre en otras obras del autor, la memoria ocupa un espacio central en Regreso al Edén. Cuando se habla de memoria histórica, ese concepto tan deliberadamente devaluado por una parte de la sociedad, hay quien interesadamente intenta presentarlo como una cuestión de politiqueo. Pero no es eso. Nunca lo fue. Nunca debió serlo. Hablamos de familias, de historias personales, de hijos que no han enterrado a sus padres, de silencios ante desgarros y dramas demasiado dolorosos para ser recordados en el hogar, de miedo a hablar de lo vivido. De un pasado que moldea y condiciona las vidas de los que llegan después.
Quizá lo que más me gusta de esta extraordinario cómic es el propio concepto del edén que emplea aquí con sensibilidad y sabiduría el autor. Porque no es sinónimo de un momento feliz y radiante, como de película, sino más bien de un instante que al menos representaba una ilusión. Y, a veces, un estado pasado de ilusión, de emoción, de expectativa, de esperanza ante el dígito, queda plasmado de por vida en un trozo de papel, en una fotografía que acompaña durante décadas, siempre muy cerquita, a una mujer. En este caso, además, una mujer cuyo hijo, mucho tiempo después, construye un precioso cómic que emociona y conmueve, y que nos recuerda la importancia de la memoria.

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