Gente a cenar

 

Un nuevo libro de Nora Ephron con relatos inéditos en español es siempre un acontecimiento, incluso aunque sea algo menos brillante que los anteriores. Me deslumbraron No me gusta mi cuello y No me acuerdo de nada, por la frescura, el ingenio, la ligereza inteligente y la libérrima diversidad de temas tratados por la autora. Y, aunque sin llegar a esos niveles, también me ha gustado el más reciente Gente a cenar, editado por Libros del Asteroide con traducción de Catalina Martínez Muñoz, igual que las anteriores obras. 

Echo en falta las famosas listas de Nora Ephron, aunque los relatos incluidos en este libro incluyen muchas de sus señas de identidad, con referencias a la comida y con un tono ligero y chispeante, como si la autora nos estuviera contando lo que escribe cara a cara en una sobremesa de un restaurante

Muchos de los artículos se refieren al periodismo y al trabajo de la autora como articulista. Quizá el mejor de todos sea el último, Revisión y vida, en el que entrelaza su profesión con su vida, la narración de sus artículos con su día a día. Siempre es fascinante leer a una autora que admiramos escribir sobre su propio estilo. Cuenta que el comienzo del texto es fundamental y que, a partir de ahí, escribe y reescribe una y otra vez. “Las introducciones de mis artículos son sustancialmente mejores que los finales, aunque me gusta creer que esto no lo nota nadie más que yo”, afirma. También escribe que encontró un tono informal y coloquial, pero que “esto no era lo difícil: lo difícil, una vez encontrada mi voz, era el esfuerzo que tenía que hacer cada mes para no dar la impresión de que me repetía. A estas alturas del artículo no os sorprenderá saber que en mi vida ocurría lo mismo”.

En Cuando te nombran persona del año, escrito el año que la revista Time eligió al internauta (“Tú”) como personaje del año, plantea desde su inteligencia irreverente una muy brillante reflexión sobre las redes sociales y el fin de la intimidad: “Dios me libre de que algún dato mío no llegue a conocimiento de absolutamente todo el mundo”, escribe medio en broma, medio en serio. En Garganta Profunda cuenta lo mucho que le costó guardar el secreto de que Mark Felt fue la fuente de la investigación del Watergate (ella estuvo casada con Carl Bernstein) y en Las fotos de Boston defiende que los medios publiquen imágenes duras, incluso de muerte. 

En un tono más irónico, en La fea de la orgía, escribe: “trabajar de periodista es exactamente lo mismo que ser la fea de la orgía. Siempre me da la sensación de estar en un evento increíble, donde todos se lo están pasando en grande mientras yo me quedo al margen tomando notas de todo”. Después da una clave de su tono tan personal  (“lo que a mí me permite distanciarme de lo que escribo es, sospecho, un sentido del absurdo que me impide tomarme muchas cosas demasiado en serio”) y cita lo que le escuchó decir a un compañero, que tal vez sólo entienda del todo quien haya vivido la incomparable experiencia de trabajar en una redacción de periódico, y que define a la perfección lo que es la vocación periodística: no se me ocurre ningún otro sitio en en que hubiera preferido estar el día que asesinaron al presidente”

Por supuesto, la comida no puede faltar. En Gente a cenar, da en cierta forma instrucciones para triunfar a recibir a gente a cenar en casa. A su manera, por supuesto. “Soy una firme partidaria de comprar cosas ricas en tiendas de confianza y, o bien reconocer que son compradas (porque si a la gente le gusta te va a respetar muchísimo por el mero hecho de saber dónde encontrarlas) o, por supuesto, decir que las has hecho tú”, cuenta. Eleva a los altares culinarios el sándwich de pastrami caliente de Langer’s, en Los Ángeles, y el desayuno del hotel Wynn en Las Vegas.  Cuando muráis y vayáis al cielo no esperéis encontrar un buffet tan delicioso como el del Wynn”, escribe. 

En el artículo sobre un fin de semana en las Vegas en el que ensalza ese buffet de desayuno, la autora también relata la increíble historia de un Picasso que el dueño del hotel acababa de vender por 139 millones,  Le rêve. Es una de esas historias que sólo le podían pasar a ella y que, desde luego, nadie cuenta con más gracia que Nora Ephron, cuyo estilo coloquial parece sencillo, sin serlo en absoluto. De ella queremos leerlo todo, hasta la lista de la compra, así que ojalá haya por ahí más artículos que rescatar. 



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