Luna Miguel escribe en Incensurable, su último libro, que odia a aquellas personas que afirman eso de que llegan tarde a este o aquel libro. “A los libros se llega cuando se tiene que llegar. A los libros se está siempre llegando”, escribe. Recordé esa frase al leer el librito editado hace ya unos cuantos años por el diario Público que reúne varias crónicas de Miguel Hernández de la Guerra Civil española. Un poeta en el frente es el subtítulo de este libro, ya que el genial escritor combatió en el bando republicano en defensa del gobierno legítimo español tras el golpe de estado franquista.
El libro, que compré en una feria del libro antiguo, incluye un prólogo de Luis García Montero en el que afirma que se debe entender el contexto en el que Miguel Hernández escribió estas crónicas. Porque en algunos de esos textos, el poeta es muy duro, muy contundente. Tiene rabia y ansias de venganza. Escribe García Montero en ese prólogo que prefiere al Miguel Hernández poeta que escribió esos versos tan recordados: “Tristes guerras / si no es de amor la empresa. / Tristes. Tristes”.
Las crónicas de Miguel Hernández durante la guerra, pues, no son periodismo. Es militante, combate en la guerra, escribe desde la trinchera. Él mismo reconoce en varios de los textos que escribe propaganda. No es, para entendernos, el Chaves Nogales de A sangre y fuego, que escribió de sí mismo que “había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por otros". Aquí Miguel Hernández escribe desde una posición determinada que no oculta en ningún momento. Es un muy interesante testimonio, en el que, entre arengas y llamamientos a la acción contra el fascismo, hay también pepitas de lirismo y buena literatura.
La guerra marcó la vida de Miguel Hernández, que tan bien cuenta el musical Para la libertad. La condena del Consejo de Guerra contra él que terminó llevándolo a la cárcel y, finalmente, enfermo de tuberculosis en prisión, a la muerte, se basó, en buena medida, en el hecho de que publicó “numerosas poesías y crónicas, y folletos de propaganda revolucionaria”.
Hernández publicó m muy joven poemas en El Pueblo de Orihuela y mantuvo siempre una intensa relación con la prensa. Quiso incluso estudiar en la escuela de periodismo y también fue crítico literario. Publicó varios poemas en los periódicos de guerra y llegó a ser director del Altavoz del frente, institución creada por el Partido Comunista que distribuyó durante la guerra folletos, manifiestos y periódicos, o que recitaba poemas a los soldados enviados al frente.
Los pasajes más duros de estas crónicas, ya digo, me interesan menos. Pide abnegación en la lucha contra el fascismo: “si falta pan, comeremos lo que haya sin pan y sin protestas mientras lo haya”. Llega a escribir, por ejemplo, que “el que cree que la victoria es cosa de los demás y no suya debe recibir el duro castigo que se da a los fascistas”. Lo que más me interesa es cómo la literatura se abre paso. Por ejemplo, cuando en Primeros días de un combatiente escribe que me avergonzaba confesar que no decía manejar un fusil. O cuando hace retratos de sus compañeros en el frente. De compañeros y compañeras, mejor dicho. De Rosario, una joven de 18 años que perdió la mano derecha por culpa de una bomba y a la que dedicó un poema, escribe que “es más útil con la sola mano que le queda que muchos hombres con dos y con fusil”.
En Compañera de nuestros días, se muestra abiertsmenre feminista (“mi madre ha sido, es, una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina”). En El hijo del pobre muestra su conciencia de clase y denuncia las faltas de oportunidades de los más humildes. En El hogar destruido, estremece la descripción de una compañera que ve su casa reducida a escombros por culpa de un bombardeo. Hay un pasaje muy conmovedor en el que cuenta la historia de un hombre y sus hijos, que combaten juntos en la guerra. Un día, poco después de uno de los hijos haya fallecido en combate, reciben una carta de la madre en la que ella les dice: “por el periódico sé los héroes que habéis salido de mi casa, pero yo estaría más contento con teneros en ella, aunque no dejo de estar orgullosa”.
La ideología comunista de Miguel Hernández queda también clara en el deslumbramiento que muestra cuando escribe tras volver de un viaje a la Unión Soviética. “El comunismo es convivencia, relación fraternal de los hombres en sus trabajos y en sus luchas. El fascismo dice al hombre: la vida eres tú sólo; todo debe ser para ti”, escribió. No llegó a vivir para ver los crímenes cometidos por los mandatarios de la URSS. Murió en prisión el 28 de marzo de 1942.
Lo más bello de este librito, que tiene pasajes muy duros, es que en medio del horror, siempre termina apareciendo la literatura: “la poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir”, leemos. También se refiere al asesinato de Lorca (“él solo era una nación de poesía”), que siente como el mayor impulso para volver a las trincheras y combatir a los rebeldes franquistas. Malditas guerras. Malditas y tristes guerras siempre.

Comentarios