No sé qué andaba yo haciendo en 2011, cuando se estrenó Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio, de Steven Spielberg, pero se me escapó la película, pese a ser un tintinófilo confeso. Leo que la película se estrenó en 3D, que nunca me convenció del todo y siempre me pareció un sacacuartos con poca gracia y que casi nunca aportaba nada. Entiendo ahora algunas escenas de las películas con persecuciones y toda clase de objetos cayendo uno detrás de otro. El caso es que no vi la película en 2011, pero tampoco la había visto hasta ahora. Afortunadamente, en uno de sus periódicos anuncios de Filmin de las películas que llegan al catálogo de la plataforma me percaté al fin de que existía esta película y de que no la había visto aún.
Tintín, ese intrépido reportero ideado por Hergé, y Spielberg, el director por excelencia del cine de aventuras, son una combinación ganadora. No existía la posibilidad de que esta película no me enamorara y, en efecto, quince años después, me ha encantado. Partía ya con mucha predisposición, porque mi infancia anduvo entre tebeos de Tintín y la serie televisiva que recreaba sus aventuras, mi preferida entonces. Así que volver a ver a Tintín en acción ya era un sí de manual. Si además al frente está Spielberg, garantía de entretenimiento, las posibilidades de que el filme me decepcionara eran escasísimas.
Ya sólo los créditos de apertura de la película son una delicia, realmente extraordinarios. La animación, deslumbrante, se pone al servicio de la historia, con esos personajes clásicos de los tebeos de Tintín, desde su perro inseparable Milú hasta el capitán Haddock, pasando por los detectives algo catastróficos que en España se llamaron Hernández y Fernández. Por supuesto, la película es un festín para los nostálgicos de los personajes de Hergé, pero su gran mérito es que revitaliza a Tintín y logra (o logró hace quince años, ya digo) llegar a otros públicos.
Tintín, o más concretamente Hergé, cuenta con una enorme legión de seguidores, entre los que me encuentro, pero también ha despertado no pocos debates y polémicas. Por ejemplo, por la mirada eurocéntrica, cuando no directamente racista, de su autor. También se ha hablado mucho sobre las posibles afinidades del autor con el nazismo. Y, en efecto, hay ciertas formas de retratar algunos países a los que viaja Tintín que han envejecido tirando a mal, pero eso no anula todos los méritos de estas historias de aventuras que a tantos nos han fascinado durante décadas.
En estos tiempos nuestros cuesta a veces separar el grano de la paja, aceptar que los tiempos cambian, afortunadamente, y que hay diálogos, escenas o enfoques que hoy en día chirrían, con razón, pero que eso no anula en absoluto todo lo que sí tienen esas historias ideadas por Hergé. El espíritu aventurero de Tintín, sus idas y venidas, sus viajes, la adrenalina disparada. Todo eso, que es lo que resulta hipnótico en los tebeos, queda perfectamente retratado en la película de Spielberg que al fin, sólo quince años después, he podido ver, y gracias a la que me han entrado unas ganas tremendas de volver a leer los tebeos de Tintín e incluso de rescatar algún capítulo de la serie que tanto me maravilló en mi infancia y que, por lo que veo, está disponible en Prime Video.

Comentarios